Es 2011, trabajo en un banco y lo único que quiero es distraerme de esta realidad espantosa donde sello y firmo cosas, mientras hablo con gente gris y enojada que solamente piensa en guita las 24 horas del día.
Entonces alguien en la radio, creo que Pergolini, cuenta de qué se trata esto, una nueva red social en los albores del 4g. Me registro, somos pocos. Ahí está Paul McCartney, la cuenta oficial de los Beatles, dos o tres contactos más. Se ramifica: avanza, como todo lo malo, con una velocidad espantosa.
Cada tanto me olvido y paso meses enteros sin ver nada. Pero, si me acuerdo, vuelvo a entrar y lo busco: Peter Shilton. Nada, no hay resultados.
Si por casualidad se cumple un aniversario del Argentina-Inglaterra de México 86, lo busco. Peter Shilton: no se han encontrado resultados. Y así podría haber pasado la vida entera hasta que un día recibo un mail que lo cambia todo. Twitter es el remitente: me está buscando, es obvio. “Peter Shilton ahora está en Twitter”, dice la bandeja de entrada. Descuelgo el teléfono, no estoy para nadie. Entro con urgencia y lo busco. Ahí está:
@Peter_Shilton y una cara de arquero humillado que no se puede creer. Me río, soy un nene a punto de hacer una travesura. “¿Lo puteo?”, pienso. Mejor no. Le escribo:
Hi! We were waiting for you. I’m really happy to know you’re here, Peter!
Enviar.
Al rato, me llega un mail: es Peter Shilton, que le puso me gusta.
“Cagaste”, pienso.
Desde ese momento paso días y noches enteras pensando obsesivamente en Peter Shilton. Cierro los ojos y lo veo revolcado en suelo del Estadio Azteca mientras Diego escapa para el festejo. También lo veo patalear reclamando una mano inexistente —todos sabemos que fue la mano de Dios—. Por eso me propuse dedicar la vida entera a mantener vivo en su memoria el recuerdo de su tarde horrible, la que sirvió de revancha para los nuestros, la que hizo que Diego dejara de ser el mejor jugador de fútbol de la historia para pasar a ser un superhéore, creado a imagen y semenanjza de los propios.
Y podría haber seguido una vida entera, si no fuera porque un día Twitter agregó un botón que lo cambió todo. Desde esa tarde en que Peter y yo dejamos de comunicarnos, guardo entre mis trofeos, mis diplomas y mis recuerdos más importantes, el día que, por fin, supe que algo todo lo que le había dicho le había causado dolor.
Y me hizo un regalo hermoso.

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