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Acá escribe Nacho Merlo · Mar 20, 2026

Ahí podés comprar un Kalashnikov

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Nacho Merlo · Acá escribe Nacho Merlo

Para mí, que nací tan cerca del culo del mundo, que vivo rodeado de malas noticias, que supe surfear todas las olas de todas las crisis económicas desde que nací, hacer un viaje por Europa para recorrerla de mochilero se presentaba más fácil que el primer nivel del Arkanoid. Nada podía salir mal en ese primer viaje que armé para recorrer el continente viejo. Nada, excepto ser asesinado en medio de una tormenta de nieve en las afueras de Ámsterdam en manos de un narcotraficante colombiano.

***

Hay un recuerdo de esa noche congelada de enero que me sigue retumbando: la cara de Mikki, un taxista marroquí que, sin saberlo y por 45 euros, me salvó la vida. El bueno de Mikki, un africano que había escapado de un futuro mejor que todavía no llegaba, hablaba un inglés muy pobre y manejaba un Peugeot 307 negro con una lucecita roja en el techo. Esa lucecita roja con la palabra taxi escrita en letras negras fue la señal para empezar a agitar los brazos y gritar pidiendo ayuda.

***

La historia empieza algunas horas antes y en República Checa. La escala inmediata anterior a Holanda había sido Praga, la ciudad más blanca y medieval en la que había estado en toda mi vida. Con excepción del clima invernal —14 grados bajo cero—, mientras camino sus calles todo es perfecto: castillos con cúpulas salidas del trazo de un artista, catedrales medievales que solo existen en la imaginación, colores que contrastan con puentes llenos de nieve y turistas de todo el mundo que aprovechan la oferta de la capital checa, en donde el alcohol es barato, las drogas son accesibles y la prostitución es legal.

En Ruzyne, el aeropuerto de Praga, me topé con la primera mala: mi vuelo a Ámsterdam estaba demorado. Me acerqué a un grupo de turistas holandesas, de unos cuarenta años, con rastros de haber dormido poco en todo el fin de semana y les pregunté qué sabían de la demora. Se rieron un poco de mí y pareció que no les interesaba. Tiempo después entendí que todo era parte de su fin de semana de descontrol, y la demora no hacía más que prolongar el disfrute. Me senté en una butaca metálica y me puse a leer «Fiesta», un libro de Hemingway que había comprado en una mesa de saldos en Plaza Italia y llevaba en la mochila de mano.

Cuando la demora pasó la barrera de las dos horas, sentí que debía avisarle a Didier, el anfitrión de AirBnB que me esperaba en Ámsterdam. Yo había sido claro con él en todos los mails que cambiamos antes de viajar: «Voy a llegar a Ámsterdam en la tarde del domingo. ¿Vos podés venir a buscarme? Si no, necesito que me des indicaciones para poder llegar en bus», detallé. Odiaba usar la palabra bus, con lo lindo y cacofónicamente dulce que resulta decir colectivo. Pero cada vez que intenté referirme al transporte público como colectivo, generé una brecha comunicacional. Entonces bus.

Antes de llamar a Didier, busqué un correo electrónico suyo con indicaciones y lo leí pausado. Didier escribió:

Tu tomas el bus 300 direccion Bijlmer arena. Te quedas en la ultima parada. Atrabiesas la estacion .giras ala derecha caminas recto como 3 mimutos (direccion bijlmer plein) hasta q llegues a una plazoleta donde beas un KFC. Cuando llegues ala plazoleta giras ala derecha sin pasar la calle por abcauderpad, caminas recto otros 4 minutos (despues de pasar por abajo de un puente comensaras aver bloques de edificios a tu lado izquierdo. El cuarto es hogevecht. Caminas hasta el final de el edificio giras ala derecha. Y despues ala izquierda para q encuentres el numero 129 a. Mi tl es 0031634709532

Perdon por la demora

didier

Yo sentí tanta ternura al ver su mail nuevamente. Imaginaba al holandecito rubio con un diccionario Pequeño Larousse Ilustrado Holandés-Castellano / Castellano-Holandés, desmembrando palabra por palabra y sin entender cosas básicas como por qué se escribe «a la» y no «ala», y que además son dos cosas distintas. Pero puse lo mejor de mí y lo interpreté. Preferí llamarlo para alertarlo de mi demora.

Busqué un teléfono público amigable y me encontré con una caja metálica llena de consonantes con tildes y palabras indescifrablemente checas, por lo cual recurrí a la intuición. Coloqué algunas coronas en la ranura y marqué cada número de los que me dio Didier, rogando a dios que no apareciera la voz de una operadora hablando en holandés o en checo, porque ese sería el fin de la comunicación. Primer intento: fallido. Segundo intento, un tono de ocupado raro. Antes de desistir, probé otra vez y escuché el tono universal de llamada.

—Hola, ¿quién? —escucho al otro lado del tubo y me descoloco.

Es una voz en castellano con un acento que no reconozco del todo. En una fracción pienso que es un holandés que habla algo de castellano y siento un poco de alivio: será mucho más fácil explicarle mi demora.

—Hola, ¿Didier? Soy Ignacio. Tengo una reserva en tu departamento esta noche y el vuelo en el que viajo hacia Ámsterdam está demorado por tormentas de nieve. Estimo que voy a llegar cerca de la medianoche —recito con tono pausado como quien habla con un sordomudo y mueve exageradamente sus labios y usa palabras formales para no caer en los modismos locales del idioma.

—Es que no hay ningún problema —responde con muchísima lentitud—. Yo te espero, tranquilo. Buen viaje.

Y cuelga.

Vuelvo hacia Ro con el rostro desconfiado. Me pregunta qué pasó y le digo, sin prestar mucho detalle, que nada importante. Que me causó gracia que el holandés hablaba castellano, que tenía una voz rara, que parecía la del ratón amigo de Speedy González, un personaje de dibujito animado, a medio camino entre mexicano y santiagueño. Y nos reímos.

Demora superada, nos invitaron a abordar. Eran casi las diez de la noche y todo lo que se podía ver por los ventanales de Ruzyne era nieve y empleados que caminaban por las pistas de aterrizaje echando humo por la boca, frotando sus manos. Afuera había unos amenazantes 27 grados bajo cero. «El avión va a carretear sobre una capa de hielo», pienso. Me acuerdo de algunas lecciones de física cuando iba a la escuela técnica. Pienso en el efecto aquaplaning, que hace que las ruedas de los vehículos no puedan adherirse bien a la superficie y salgan disparados como flechas fuera del camino. Y si todo eso sale bien, si por fortuna o acción divina llegáramos a despegar como corresponde, si por milagro eso ocurre, aún restaría aterrizar en una pista nevada, con el enorme riesgo que eso implicaría. Acepto que será la última noche de mi vida y la miro a Ro a los ojos y le resalto cuánto la amo y lo feliz que soy haciendo este viaje juntos. Y le hago una confesión: «Qué cagada morirse en lo mejor».

Una vez que todos los pasajeros estamos adentro, empezamos a recibir las instrucciones por si llegar a visitar la catástrofe. Por primera vez en mi vida presto atención. Hoy es necesario hacerlo y memorizo todo. Dónde están las máscaras de oxígeno, qué hacer en caso de que naufraguemos. Busco incluso la salida de emergencia y pienso cuál será el vecino de avión con el cual forcejearía para salir primero. Lo identifico enseguida: un alemán grandote, muy lleno de granos, muy blanco y muy nerd. Lo imagino lento de reflejos y yo, que no soy ni estoy cerca de ser una luz, podría adelantarme cuando la evacuación sea necesaria, o bien sería tentador meterle la traba desde atrás si el me saca ventaja para que, una vez caído, pudiera pisotearle la espalda inmensa que tiene y salir antes que él.

La espera dentro del avión se hace eterna. Después de recibir todas las indicaciones, unas máquinas hidrantes se paran a cada lado del avión y comienzan a tirarle agüíta caliente o algo parecido. Las ventanas comienzan a desempañarse muy lentamente y se empieza a esparcir un olor espantoso por los pasillos del avión. «Es normal que sientan un olor molesto. Durará unos instantes», explican las azafatas en inglés. Me relajo y espero mi turno. No sé si voy a morirme al despegar o si —peor— será al aterrizar. Si tuviera que elegir ahora, prefiero morir en el despegue. Por ansioso, y porque me parece inútil sobrevivir el primer escollo para morir en el segundo. Es una injusticia inmensa.

Entonces el avión comienza las maniobras de rutina y gira sobre su propio eje para quedar de trompa a la pista que le asignaron. Pero me invade el pensamiento antes de despegar: el piloto de este vuelo bien podría ser uno de todos los praguenses borrachos que anoche me crucé en la ciudad a medianoche y ahí sí estoy completamente seguro de que esto va a salir mal. Me relajo. Más bien me resigno. Le doy la mano a Ro —una suerte de cábala que surgió en la primera vez que volamos juntos— y comienza el carreteo. Mucha velocidad, mucho ruido, muchos turistas que van charlando en voz muy alta y de repente, estamos en el aire. Despegamos. Sorteamos el primer obstáculo. No hubo tragedia ni nada de eso. Estamos en los cielos bohemios de Europa con destino a la ciudad donde también todo vale. Apoyo la cabeza en el respaldo y me relajo —realmente— por primera vez en muchas horas. Confío en que todo está bien al ver a tantos turistas reírse. Pienso que todos viajan muy seguido y que, si no están con el culo en las manos por las condiciones climáticas, es porque no pasará nada. Ellos serán mi termómetro de ahora en más y por el resto del viaje.

Cuando falta poco menos de media hora para aterrizar, el avión empieza a hacer un movimiento asqueroso. Qué cosa horrible todos los movimientos y ruidos del avión: son como las alarmas del cuerpo humano. No hay puntadas buenas, no hay dolores que indiquen que estamos sanos, no hay sangrados que pronostiquen bienestar. Lo mismo sucede en el avión: estamos ahí, quietitos y muertos de miedo y cada ruidito es una falla técnica, cada movimiento es la antesala de una caída libre, cada vez que suena la alarma de las azafatas es porque perdemos altura y vamos derecho al colapso.

El avión comienza a moverse como la bandeja de un mozo cuando está muy llena de platitos calientes. Un temblequeo leve de lado a lado y un ruido muy parecido al que hacen los cubiertos en esa misma bandeja de chapa. Taca taca taca taca taca. No me persigno porque no sé bien cómo funciona. Pero aprieto muy fuerte los labios. Para peor, los turistas hacen silencio en simultáneo y comprendo que vamos a caernos en cualquier momento. Pero el mal momento pasa y comenzamos a descender muy progresivamente.

Y de repente, estamos aterrizando. Tengo terror de que no podamos frenar. Me acuerdo del avión de Lapa, me imagino saliendo en vivo desde Ámsterdam hablando con Enrique Piñeyro en un noticiero, haciendo paralelismos. Pero nada de todo eso ocurre y siento que me salvé.

Pero no.

La salida del aeropuerto es sencilla. Hasta tiene sabor a poco. Apenas paso un control migratorio y sin sellar el pasaporte, agarro mi equipaje y estoy afuera. El primer recuerdo que tengo de Holanda es la nieve. Todo el tiempo que paso en la capital de los países bajos, tiene nieve. Cargadísimo, me acerco hasta un hombre al cual le pregunto si sabe dónde puedo tomar el bus 300. Es un poco más de medianoche y tengo pocas opciones para preguntar.

—Es ese que viene aquí —me indica en un inglés muy raro.

«Conozco ese acento de algún lado», pienso, y enseguida me doy cuenta: la mayoría de los malos de las películas de Hollywood tienen ese tono, a mitad de camino entre árabe y persa, casi siempre amenazando con hacer volar un edificio por los aires con una granada. Pero yo todavía no tengo prejuicios y confío en la gente por mera intuición, un arma de doble filo.

Cuando me quiero dar cuenta, la nieve ya está al otro lado del vidrio y estoy sentado exhausto en un asiento doble del bus 300. Ahora, recién ahora, me doy tiempo para contemplar, para sentir que estoy de paseo por uno de los países que siempre quise conocer, que camino por las calles que recorrieron Van Gogh o Ruud Gullit y me siento feliz.

Casi son las dos de la mañana. Voy recorriendo con la mirada y reconozco algunas señales y carteles: Philips, Heineken, Amstel. No sé si son fábricas o plantas comerciales, pero hay edificios gigantes con esas marcas al costado de la ruta. Y me voy alejando cada vez más del aeropuerto. No sé bien hacia dónde voy —no llevo mapas conmigo y el 4g aún no existe—, por lo que me dejo llevar por las indicaciones de Didier: bajar al final del recorrido.

Cuando llevo casi cuarenta minutos de viaje, se me ocurre preguntar cuánto falta. El chofer no habla una palabra de inglés y solo estamos Ro, el pequeño hombrecito con acento árabe y yo. Le pregunto nuevamente: «Es en pocos minutos», me indica. Y llegamos.

Al llegar a la parada final, le doy la mano a Ro y bajamos del bus. El lugar parece una estación de esas que hay en el interior del país o en esas localidades chiquitas de la costa, como Mar Azul u Ostende, donde todo cabe en unos pocos metros cuadrados. Pero no hay nadie ni nada. Unos tubos fluorescentes encendidos y un lugar donde atar bicicletas. Y muchísimo silencio. Hacía muchas horas que no escuchaba tanto silencio junto. Desconcertado, avanzo unos pasos hasta el pequeño árabe y le pregunto si puede ayudarme. Le leo las indicaciones de Didier y no logra entenderme bien. Hasta que menciono Hogevecht. Los ojos se le vuelven dos bolitas blancas y perfectas. Hace una mueca y, con un ademán, me invita a que lo acompañemos. Son las tres de la mañana de una noche invernal a más de una hora de viaje del aeropuerto de Ámsterdam. No tengo idea dónde estoy, pero sé que necesito acelarar y llegar al destino. Estoy empezando a desconfiar del hombrecito.

—Hassan —se presenta y me estrecha la mano, caminando con su bici a un costado.

Hacemos dos cuadras juntos en silencio. Ella quiere saber si está todo bien y yo no le suelto ningún dato.

—¿Ves ese edificio blanco que se asoma junto a la autopista? —pregunta Hassan— Ese es Hogevecht. Ahí van ustedes. Yo me voy aquí —se excusa señalando una bifurcación en medio de la nieve.

Y vuelve hacia mí para clavarme el puñal:

—Pide a Dios que nada te pase allí —sentencia.

Lo dice con convicción. Por algunos segundos me resulta imposible decodificar su mensaje: «¿Esto me está pasando en serio?», pienso. Y apretó muy fuerte la mano de Ro.

—¿¡Qué carajo pasa?! —pregunta impaciente.

Le miento:

—Nada, todo bien —y empiezo a llevarla de la mano como una bandera que flamea. Unos pasos más tarde me frena en seco. Quiere saber:

—La puta que te parió, ¡¿qué mierda pasa?! —retruca con más decisión.

—Pasa que este lugar es inseguro. Y que atrás nuestro viene un tipo encapuchado más alto que yo —detallo.

Y empezamos a caminar a toda velocidad, cada uno con una mochila enorme sobre sus hombros, un bolso mediano en una de las manos y una mochila pequeña sobre el pecho, todo sobre varias capas de abrigo.

Vuelvo la vista atrás. Es uno de esos negros holandeses que juegan en los mundiales de fútbol y son siempre nacidos en Surinam. No quiero pensar qué nos va a pasar: el tipo es enorme, podría matarnos de un cachetazo si quisiera. Pero cuando vuelvo a mirar, ya no está.

—¡Vamos! —le ordeno a Ro.

Y ahora sí: ya no hay lugar para la fe, la ilusión ni la confianza. Estamos encomendados a nadie, tenemos que correr para que no nos maten y nos dejen tirados en medio de este barrio en el que todos los edificios son idénticos. Recuerdo con miedo el famoso proverbio chino: «Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?». Sé que si muriéramos acá, nadie nos escucharía.

Caminamos rápido, estamos transpirando aunque la temperatura esté varios grados por debajo del cero. Llegamos a un portero eléctrico gigante, lleno de números y letras y no hay ningún departamento 129A. Puteo todo lo que sé putear. Los nervios me visitan otra vez. Miro a lo lejos y veo una torre más. Tiene que ser ahí. Corremos. Cada uno lleva más de treinta kilos de equipaje y varias hora sin dormir encima. Cuando estamos frente al portero, toco insistente el 129A. Cuatro timbrazos cortos y punzantes. Taca taca taca taca. Silencio, miedo, nerviosismo. Hasta que suena una chicharra.

***

La puerta del edificio de Didier se abre desde adentro. Un sonido anuncia que el portero eléctrico ha destrabado la cerradura y que, apenas empujando, estaremos del lado de adentro, seguros y cálidos, lejos de todo peligro y con un baño caliente a nuestro alcance. Que podremos tomar unos cuantos vasos de agua fría y que nos reiremos de todo lo que no fue en este día en que la catástrofe nos pisó las huellas desde temprano.

Empujo la puerta y entramos. Es un milagro. Hay una suerte de hall de hotel de ruta yankee de los años setenta con un único foco colgando del techo. Se escucha una voz desde algún piso más arriba: «Es por aquí, hermano». Subimos por la escalera, no vemos ascensor, no queremos preguntar. No queremos más sorpresas. Uno, dos, diez, cincuenta escalones y, finalmente, estamos dentro del departamento de Didier.

Nos recibe un hombre bajito, muy orejudo, con la piel algo oscura, pero no negra. Como alguien que trabaja al sol y tiene la piel curtida. Lleva un jogging gris que le queda largo, una remera blanca y está descalzo. La forma de sus dedos de los pies es más extraña que la de sus orejas. Nada me interesa más que dormir. Nos saludamos y comenzamos con la rutina. Dejo el equipaje arriba de una alfombra en el living. Está empapado por la nieve, advierto, pero no parece importarle. Nos ofrece un juego de llaves, la contraseña de internet y un mapa con actividades para hacer durante la semana. Y se va a dormir sin más. «No aclaré en la web de aer be ene be que soy de Colombia por todos los prejuicios que hay, ¿entienden?», detalló Didier. Y la verdad que no, no entendíamos. «Aprovechen», sugirió y se fue.

Camino algunos pasos. Noto que el departamento no se parece mucho a las fotos que vi al reservar. Pienso en una cita a ciegas: fuimos engañados por la mejor foto y ahora estamos enfrentando la realidad. Al desconcierto lo acompaña un olor picante indescriptible que no conocía ni sé explicar, pero que podría reconocer hasta el último de mis días.

Una vez en la habitación, nos miramos a los ojos y nos abrazamos con Ro. No es un abrazo presexual ni de amor idílico ni de festejo. Es un abrazo de dos personas que sobrevivieron, que no pueden hacer más que dar un último empujón para desvestirse y dormir algunas horas hasta que todo lo que vivieron haya quedado en la memoria.

Empiezo a desvestirme. Cuando me saco la segunda zapatilla ya son las cuatro y diez de la madrugada. Conectamos los teléfonos a la red wifi que nos pasó Didier y ella avisó que habíamos llegamos bien a Holanda. Yo iba a hacer lo mismo, pero se me dio por googlear el barrio en el que estábamos parando para poder decir, en voz alta y aliviada, «árabe hijo de mil putas», o algo por el estilo.

Pero no.

Iba a escribir Hogevecht y buscar, pero se me da por googlear el nombre de mi anfitrión. Leo algunos resultados y miro a los ojos a Ro:

—Tenemos que irnos. Ya.

El tercer sitio en la lista de los 10 primeros resultados corresponde a una noticia de un diario de Colombia titulada: «La lentitud desdibuja el proceso de justicia y paz». Es del 8 de enero de 2013, no han pasado ni quince días todavía, y da cuenta allí de que mi anfitrión, al cual apodan «MacGiver», está acusado de haber cometido asesinato en noviembre pasado. Se me desdibuja la cara. La guarida se convirtió en calvario. Tengo que estar fuera. Quiero atravesar el sendero desbordado de nieve, quiero sentir el miedo de afuera, porque este es peor.

Abro la ventana. Da a una autopista que parece una General Paz del futuro, por la que no pasa ningún auto. Ninguno. No hay nadie despierto en toda Holanda, intuyo. Estoy en un segundo piso. Le explico a mi mujer en 45 segundos las nociones básicas para escaparse de un lugar. Las aprendí viendo cine:

—Hay que rajar de acá. Bajá por la escalerita de incendio y atrás tuyo salgo yo.

Entramos en pánico. Ella me mira, quiere llorar, gritar y morirse, quizás en otro orden, pero me hace caso. Se vuelve a vestir, la ropa húmeda sobre la empapada, el efecto inverso al desnudo. Por suerte el ventanal es amplio. Deslizo suavemente una hoja de la ventana —doble vidrio, obligatorio por estas zonas— y ella sale. Asoma su cuerpo, está afuera. Le paso mi mochila, la suya, mi bolso de mano, el suyo; las mochilas pequeñas. Tenemos todo el equipaje afuera. Estamos temblando de frío, de terror y de ira. Paso mi metro ochenta y siete para el otro lado de la ventana y comenzamos a bajar en puntitas de pie. La necesidad de correr cuando no hay que hacer ruido se incrementa con cada paso. Es imposible no desear correr, pero lo evitamos. Nos miramos y cruzamos algunas ideas con la mirada: «¿Por qué mierda nos pasa esto? ¡Estamos a 17 mil kilómetros de casa! Si nos matan acá no se entera nadie», cosas que uno se dice con la mirada.

Hasta que, finalmente, llegamos al suelo. Caminamos por la nieve, tengo todo el cuerpo helado y ella me mira sin fuerzas. Retrocedo, le doy la mano y la ayudo a salir de un escalón de hielo. Me hubiese gustado sonreírle —pienso ahora—, pero estaba ocupado intentando que ninguno muera. Vamos por la autopista. A lo lejos hay luces. Podría ser una gomería, una panchería, un cabaret. Algo. Necesito que haya gente viva a la cual gritarle: «¡Sacame de acá, estoy parando en la casa de un asesino!». Pero no hay un alma, solo una estación de servicio de esas que uno se sirve solo: vas, te llevás la cantidad de nafta que quieras y pagás con tarjeta a una máquina. No hay playeros dormitando tapados con gorritas de Shell manchadas con aceite ni nada parecido.

A lo lejos para un coche. Parece un Peugeot. Se abre una puerta de atrás, baja una mujer corpulenta semi desnuda, una puta holandesa que camina rapidito entre el frío y los pasillitos angostos de Hogevecht. El auto, totalmente negro —pintura negra, vidrios negros—, empieza a encarar para nuestro lado. Tiene una luz rojiza en el techo con un letrero en idioma universal: Taxi. Lo llamo. Le grito, le chiflo, le hago gestos. Estoy desbordado. El auto, que se movía despacio, me hace una señal inequívoca de salvación: las luces de stop se encienden fuerte en la penumbra nevada de Holanda y empiezan a parpadear las balizas. Corremos hasta él. Le pregunto si me puede llevar al centro de la ciudad. No sé cuánto me va a salir el viaje, ni cuán lejos estoy. Nada me importa. Me dice que sí, que por 45 euros me puede llevar a un hotel en el centro de la ciudad. Empujo —literalmente— a Ro dentro del taxi, asiento trasero, mochila gigantesca a sus espaldas, jadeos y mucha nieve, y me subo adelante. Cierro la puerta y cuando la cerradura electrónica bloquea las cuatro puertas del Peugeot 307 siento que dios, alá o ambos, me desataron el nudo del cordón umbilical, me dieron la inyección a tiempo, cambiaron a rojo la luz del auto que iba a matarme en la esquina próxima, me queda una oportunidad nueva de hacer una vida nueva. Le pregunto al chofer cómo se llama: «Mikki», me dice mostrando una sonrisa blanquísima. Y agrega: «¿Te sigue alguien? ¿Te quieren matar?», en un inglés rústico y comprensible, con una naturaleza que me hace pensar que pueda ser cómplice. Pero elijo confiar. «Algo así, algo así», le explico mientras empiezo a recuperar el aliento. Y agrega: «Ahí puedes comprar un Kalashnikov si quiseras», y entonces, recién entonces, entiendo todo.

Read the original on nachomerlo.substack.com

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