«Ki mint veti ágyát, úgy alussza álmát.» (Cosechas lo que siembras)
Refrán húngaro
Mi viaje con el húngaro empezó en metro.
De camino a la escuela de intérpretes me gustaba cerrar los ojos en el vagón para poder absorber el sonido de las conversaciones. Una mañana, con los silbidos de la máquina se mezcló un diálogo risueño en un idioma con muchas «es» y mucho aire sobre la lengua; cantarín pero paradójicamente, plano.
Como los colores externos de la pareja de hablantes no daban pistas suficientes la curiosidad me pudo y acabé por preguntarle. «Es húngaro« respondió ella, halagada. «Suena precioso» dije yo.
Esa misma belleza me invadió mucho después en otro metro, esta vez el de Budapest—la refulgente— el día que la conocí.
El viaje se había convertido en aventura, o quizás, en destino.
El húngaro es un idioma urálico aglutinante —sin preposiciones y que «encola« sufijos a las raíces—que por extraño, asusta. Tanto que sus hablantes bromean diciendo que es «el único idioma que el diablo respeta».
«El idioma de la resiliencia terrenal» podríamos bautizarlo. A la romántica que vive en mí le gusta pensar que su precisa percepción tridimensional del mundo tipo GPS —sus 9 casos espaciales— proviene del milenio nómada que los magiares pasaron cruzando Europa acechado por enemigos hasta asentarse en Budapest.
Sin embargo, la ciencia afirma que su genética es resultado de una evolución hiperlógica: en un entorno cerrado de caza menor como son los bosques de los Urales, la orientación microespacial en cada claro o escondrijo, abierto o cerrado —árboles, cuevas, ríos o trampas— era clave para la supervivencia
De esa terrenalidad y pragmatismo emana una sabiduría popular que enseña que cada situación es el resultado exacto, físico y medible de tus acciones cotidianas.
Húngaro con Sziszi.
El regalo del húngaro es dotar al cerebro de una intuición geométrica y espacial hiperaguda. Hablarlo te obliga a escanear tu entorno físico y conceptual precisión milimétrica antes de abrir la boca.
El húngaro enseña a tu cerebro a categorizar mundos —reales, tangibles o imaginarios y creables— en redes de coordenadas y flujos de movimiento exactos.
Sigue adentrándote en otros tesoros lingüísticos del húngaro como su creativa verbificación de sustantivos, su lógica aplastante a la hora de arquitecturar palabras y sus laberínticas relaciones familiares.
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Boldog nyarat! ¡Feliz verano!
M.
Canaria · Políglota · Intérprete simultánea · Arquitecta de activos
Llevo años estudiando cómo una vida aparentemente dispersa puede convertirse en obra, riqueza y servicio. Eso es lo que exploro aquí cada semana, y lo que ayudo a hacer a otros en mi Cartografía de Activos.

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