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Mujeres & Compañía · Aug 14, 2026

El mundo en llamas

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Mujeres & Compañía · Mujeres & Compañía

Fue una semana de infierno. La vida convertida en fuego. Los bosques en llamas, el cielo anaranjado y miles de personas obligadas a dejar sus casas, sus animales, por causa de los incendios en España y Francia. Ese apocalipsis que llega cada verano a un lado y otro del Atlántico y recrea un miedo primitivo de ser devorados por el fuego. Incendios reducidos a las cifras del desastre. Doscientas mil hectáreas han ardido en España en lo que va del verano boreal. El doble de su promedio histórico. Francia vive una temporada de incendios igualmente inédita. Extensiones que son cuatro veces el tamaño de Paris devoradas por el fuego que obligó a evacuar pueblos enteros como si estuvieran en guerra y se hubieran lanzado veintitrés bombas atómicas por la energía liberada por el fuego. Una guerra con valientes y anónimos soldados, los bomberos.

En nuestro país, en lugar de tomar los incendios en Europa como advertencia para prepararnos para nuestro próximo verano que se anticipa igualmente a temperaturas extremas que propician los incendios, en el Senado se intentó modificar la ley del manejo del fuego. No para dotarla de más recursos sino para que las tierras quemadas puedan utilizarse para los negocios inmobiliarios. Sin que nos hagamos las preguntas que se imponen: “¿Por qué estallan las llamas de esta manera particular, en este momento particular? La pregunta que se hace la periodista y bombera certificada M.R. O’Connor en un larguísimo artículo en El New Yorker, “¿Por qué arde Europa?”

Por un lado, el calor extremo, por el otro, paradójicamente un periodo de lluvias intensas que propiciaron el crecimiento de hierba espesa en zonas que ya estaban cubiertas de maleza. “Se mezclan todos estos ingredientes en una coctelera, y el resultado son incendios masivos que superan con creces la capacidad de extinción de los equipos de bomberos”, la respuesta que le da Antonio Vera Mena, un bombero forestal español que trabaja en Andalucia. O Connor narró su propia experiencia de verse “bombardeada con las imágenes de los incendios: caballos corriendo por sus vidas a través de calles fantasmales llenas de humo; imágenes de drones de tierra carbonizada y casas en ruinas; y llamas devorando bosques mientras las sirenas aullaban a lo lejos” La realidad convertida en llamas, y la metáfora aterradora “el Apocalipsis”, a la que acudimos cuando los desastres, las fatalidades ocupan las pantallas. Ella se pregunta “¿Por qué los países que consideramos modernizados —aquellos que tienen dinero, ciencia y tecnología— son los que están siendo devastados?”. El cambio climático, los calores extremos, el aumento de los vientos, que a un lado y otro del Atlántico, modifica el clima de tal manera que hace que los incendios sean más potentes es lo que explica Stephen Pyne, otro ex bombero y hoy profesor en la universidad estatal, autor del libro “Undying Fire. A Fire History of Europe”, En ese libro “Fuego inmortal” recuerda que durante siglos los europeos utilizaron el fuego para cultivar pastos, granjas, bosques, jardines y huertos; la quema liberaba nutrientes, despejaba terreno y favorecía el crecimiento de las plantas deseadas. A esta práctica la denomina “horticultura pirológica”. Paisajes en mosaico que entrelazan campos, pastos y huertos, al ralear los árboles y las malezas reducen la posibilidad de incendios, pero en las últimas generaciones la agricultura industrializada, plantaciones de árboles que crecen rápido, y la “España vacía”, pueblos abandonados por las migraciones de los más jóvenes a las ciudades. Un éxodo masivo que se aceleró en los últimos cincuenta años. El mismo bombero de Andalucía observa que el empleo escasea en esas zonas rurales. “Tan solo en Europa desde la década del noventa se abandonaron unas trescientas millones de hectáreas”. Observa, también, en la medida que se abandona la agricultura tradicional disminuye la biodiversidad, los incendios forestales tienden a intensificarse.

El químico agrícola español en el mismo artículo de The New Yorker atiza las explicaciones: “un problema como este no se puede resolver fácilmente a corto plazo”.

En contra de lo que suponemos sobre los beneficios de la reforestación los expertos destruyen ese romanticismo de plantar árboles para cuidar del clima. Es lo que advirtió recientemente la revista Cambio. Si un paisaje ya ha sido moldeado por los humanos, el ideal de “naturaleza salvaje” no necesariamente tiene sentido en ese caso. “Varios ecosistemas de alto valor de biodiversidad, a menudo clasificados erróneamente como ‘prístinos’, se han moldeado a lo largo de milenios de uso humano, un contexto que rara vez se reconoce en los enfoques de reintroducción de especies silvestres“. Los arbustos invaden las áreas abiertas y los bosques se vuelven más densos. Aun cuando la legislación europea obliga a que las zonas degradadas al menos en un 20 por ciento en treinta años deben volver a su estado natural, el experto en gestión de incendios Alexander Held ve esas intenciones como “románticas”. Él defiende un modelo alternativo, “cercano a la naturaleza”, la gestión humana de los paisajes en base a sus procesos naturales. El equilibrio entre la tala y la caza ayuda a enfrentar con más eficacia los efectos del cambio climático, como la sequía, las tormentas y los incendios.

En España, el escritor Sergio del Molino con un libro esencial, “La España vacía” describió el éxodo masivo hacia las ciudades que está vaciando las zonas rurales que son algunos de los lugares que se han quemado en los últimos incendios. Es el caso de Ores, donde viven tan solo 70 personas, o Mierla con solo cuarenta pobladores. Terrenos abandonados cubiertos de malezas a los que se conoce como “el monte”. En España como en nuestro país, se combate el fuego cuando ya arrasa, en lugar de prevenirlo. Nadie lo dice mejor que el bombero llamado a apagarlo. “El énfasis en la extinción puede impedir que los residentes en las zonas afectadas se involucren en la prevención. Ahora, cuando la gente ve un incendio forestal, simplemente espera que los helicópteros y los camiones de bomberos solucionen el problema”, dice Aragues, que reside en California pero viaja todo el tiempo para ayudar a sofocar los incendios. En 2015 dejó su trabajo como bombero en España. Desde entonces se dedica a capacitar, donde sea, a las comunidades locales para que utilicen el fuego para gestionar su territorio. Las quemas controladas hacen menos probable las quemas incontrolables. No vemos otra solución a este problema que no sea desarrollar la capacidad local en la gestión del territorio y del fuego. Deberíamos aprender de otros lugares donde no contamos con sistemas más eficaces de extinción, afirma. Conmocionado por los incendios en su país, ha visto como el fuego destruyó el monumento conmemorativo a un compañero muerto en servicio, levantado en un bosque ahora quemado por las llamas. Sin embargo, como sucede con todos aquellos entrenados en sofocar sus miedos y aplacar los nuestros, no son apocalípticos. No lo es O’Connor que con su extenso reportaje me ayudó a encarar este texto. Ni Aragues, el bombero español que muestra el mensaje de texto que le envió desde España su tío bombero jubilado, “La Madre Naturaleza es más resistente. Creo que nos va a enseñar, como siempre, que hay otras maneras”.

Con menos esperanzas, el periodista canadiense John Vaillant que observa los estragos de los incendios en su país observa: “Los afectados por el fuego están ocupados gestionando su miedo, la condición ideal para el fascismo”.

Autor del libro “Los tiempos del fuego”, viene analizando desde hace diez años el poder devastador del fuego y los incendios a los que llama de sexta generación. Los incendios le sirven como potente metáfora de estos tiempos de consumo. “Tenemos mucho en común con el fuego en términos de apetito, de nuestra tendencia a extendernos por el territorio y, en las últimas décadas, a consumir todo lo posible. Eso es lo que hace el fuego. El hecho científico es que, al quemar combustibles fósiles sin límite, estamos creando las condiciones perfectas para que los incendios forestales ardan sin freno. También en nuestras ciudades y pueblos. Nuestro comportamiento, nuestra devoción casi sectaria por la combustión y los combustibles fósiles, crea las condiciones perfectas para que el fuego acabe imitándonos”.

Y POR CASA

En la misma semana en la que nuestras pantallas se llenaban de las imágenes dantescas del fuego por los incendios en España y Francia, la caída de un helicóptero en el Parque provincial Ischigualasto de San Juan provocó la muerte de siete personas entrenadas en combatir los incendios forestales. El accidente ocurrió mientras la aeronave, con destino final en la provincia de San Luis, intentaba contener el fuego en una zona de difícil acceso. Maximiliano Leombruni, piloto de helicópteros con experiencia en este tipo de misiones, remarcó la dificultad que implican estas operaciones. “Todos los que estamos en este ámbito sabemos que es un riesgo común en esta profesión y sobre todo en este tipo de operaciones”, expresó en Infobae. Operaciones que dependen totalmente de las aeronaves.

A la par, en el Senado se intentó modificar la ley de manejo del fuego para que a las tierras incendiadas se les permita otro uso, lo que se teme abriría las puertas a la especulación inmobiliaria.

Si los países a los que consideramos prósperos y modernos como Canadá, Francia y la misma España porque tienen dinero, y tecnología padecen estos incendios, ¿qué dejamos para nosotros que todo el debate público se reduce al dinero, los recortes y las motosierras que talan los árboles y se utiliza como metáfora de recortes en el Estado. Nadie duda de que el Estado debe evitar los gastos deficitarios, pero cuando las vidas y la naturaleza están amenazadas, no se trata de dejar todo en manos de los bomberos, esos seres casi invisibles ante la estima social.

A la par, azuza el fuego la negación del cambio climático, reducido a una cuestión ideológica.

La autora de la crónica de The New Yorker reconoce el pavor que provocan los incendios, por eso apela al crítico inglés Dorian Lynskey quien advierte que el derrotismo es contraproducente y no debe confundirse con la seriedad moral. “El propósito evolutivo del miedo es impulsarnos a un acto de autopreservación”, escribe Lynskey, “pero no se puede vivir en un estado constante de emergencia psíquica. Cuanto mayores son las consecuencias, menos sostenible es el miedo y más probable es que genere disociación o desesperanza”. De lo que se trata es el difícil pero imprescindible equilibrio de vivir entre la desesperanza y la confianza de que todo estará bien. Comprender por qué suceden los incendios sin sucumbir al miedo.

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