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MUEVE LA AGUJA · Nov 19, 2024

*011 — La lógica del detective

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Xavi Puig · MUEVE LA AGUJA

«Los rasgos del intelecto estimados como analíticos son en sí mismos poco susceptibles de análisis. Sólo los apreciamos en sus resultados. Sabemos de ellos, entre otras cosas, que para quien los posee en abundancia son fuente del más placentero entretenimiento. Tal como el hombre fuerte se regocija de su fuerza física y disfruta con aquellos ejercicios que requieren el empleo de sus músculos, al analista le complace esa actividad espiritual que consiste en desentrañar. Obtiene placer incluso con las actividades más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Gusta de los enigmas, las adivinanzas, los jeroglíficos, y al solucionar cada uno de ellos muestra un grado de perspicacia que al entendimiento corriente le resulta sobrenatural. Sus resultados, fruto del mismísimo espíritu o esencia del método, tienen de hecho todo el aire de una intuición.»Edgar Alan Poe, Los crímenes de la calle Morgue1

La investigación es una constante a lo largo del proceso estratégico. Lejos de ser una fase concreta —como se suele presentar; normalmente al inicio—, la investigación se extiende tanto como tiempo nos tome el ejercicio estratégico que estemos llevando a cabo.

La razón es bien sencilla: por mucho tiempo que invirtamos en conocer, la toma de decisiones siempre se dará en situación de incertidumbre, dado que es imposible despejar todas las incógnitas alrededor de una cuestión2.

La posición de «información perfecta» no existe; es simplemente una quimera. Más aún cuando ni siquiera nadie nos asegura que lo que sabemos ya —más bien, lo que creemos saber—, seguirá siendo del mismo modo en el futuro.

Ello nos lleva a una situación permanente de conocimiento provisorio. ¿Cómo debemos actuar ante tal escenario? ¿De qué modo podemos tomar buenas decisiones sabiendo que todo conocimiento es provisional?

Normalmente se habla de dos vías de razonamiento lógico para llegar a la verdad. Ambas —como tantas otras cosas—, definidas por Aristóteles hace 2500 años.

Por un lado tenemos la deducción, cuyo proceso consiste en generar una conclusión sobre un caso particular a partir de una teoría o regla general (de arriba a abajo). Por otro lado, tenemos la inducción, donde el proceso es exactamente el inverso: a partir de un conjunto de casos particulares (sobre los que hemos identificado un patrón común) emitimos una conclusión general (de abajo a arriba). Veamos un ejemplo.

Ejemplo de esquema deductivo
- Regla: Las personas que hacen deporte están sanas.
- Observación: Pedro hace mucho deporte.
- Conclusión: Pedro está muy sano.
Ejemplo de esquema inductivo
- Observación: Pedro hace deporte y está sano.
- Observación 2: Aurora también hace deporte y está sana.
-Conclusión (que se convierte en regla): Las personas que hacen deporte están sanas.

En resumidas cuentas, en la deducción tratamos de encajar los hechos observados a una teoría ya existente (particularización), mientras que en la inducción tratamos de hacer justo lo contrario: generar una teoría a través de los hechos observados (generalización).

Sin embargo, ambos modelos trabajan con una forma de investigar completamente lineal. En ambos casos se entiende la investigación como un proceso secuencial, con un inicio y un fin marcado, donde la conclusión solo se alcanza al final de la investigación porque, hasta entonces, nuestra tarea es simplemente observar. Pero, ¿qué hacemos en tiempos donde no tenemos tiempo, en tiempos donde necesitamos tomar decisiones de forma rápida? Es aquí cuando entra en juego la tercera vía de razonamiento.

Aunque es mucho menos conocido que los anteriores, este tercer modo de razonamiento también fue bosquejada por Aristóteles.

Si el razonamiento deductivo particulariza, y el inductivo generaliza, ¿qué hace exactamente el abductivo? Como ahora veremos, la abducción es una suerte de razonamiento inductivo, solo que incorporando la mirada «ágil»3.

La diferencia fundamental con los otros dos tipos de razonamiento reside en el planteamiento: mientras que los procesos deductivo e inductivo parten de una premisa de conocimiento definitivo —y por tanto, asumen que el proceso se desarrolla de forma secuencial—, el abductivo parte de una premisa de conocimiento provisional. Veamos un ejemplo en la misma línea que los anteriores.

Ejemplo de esquema abductivo
- Observación 1:Parece que Pedro, Aurora y Gerardo hacen deporte y están sanos.
- Hipótesis provisional: Lo más probable es que hacer deporte te haga estar sano.
- Observación 2: Carlos también hace deporte, pero tiene sobrepeso y el año pasado tuvo un problema cardíaco.
- Conclusión (o hipótesis provisional evolucionada): Lo más probable es que el deporte te haga estar más sano, pero tampoco es infalible. Especialmente si se tiene alguna patología previa.

Como se puede apreciar, el método abductivo es un proceso de acercamiento progresivo a la verdad. En lugar de intentar llegar a la verdad en un único paso —como en las otras dos vías—, en la abducción lo hacemos a partir de pequeños avances.

En este tercer modo de razonamiento, la hipótesis cobra una importancia crucial, ya que se convierte en la principal herramienta de trabajo para acercarnos progresivamente al conocimiento. Al mismo tiempo que observamos, estamos conjeturando (inventando) cuál es la hipótesis más probable. No importa que esta explicación se pruebe errónea más adelante; contamos con ello. La hipótesis irá, por tanto, mutando tantas veces como nueva información emerja.

Razonar abductivamente es realizar inferencias con observación limitada. Se trata de responder constantemente a la pregunta: ¿Qué creemos que puede ser con lo que sabemos?

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El «test del pato» es un ejemplo típico de cómo se construye conocimiento a partir de la observación progresiva de casos particulares.

El razonamiento abductivo nos aporta principalmente dos ventajas. Por un lado, nos hace enfocar la observación de un modo más activo: en lugar de investigar pasivamente como en la deducción y la inducción (donde se separa claramente la fase de observación de la fase de conclusión), aquí estamos tratando de dar sentido a la realidad (sensemaking) desde el mismo momento en el que empezamos a observar.

Esta forma de hacer es, según el filósofo pragmatista C. S. Peirce, el modus operandi propio del detective: ¿Qué hace el detective sino conjeturar e imaginar qué pudo suceder desde el mismo momento que empieza a recolectar pistas? El detective no espera a reunir todas las evidencias, si no que, al mismo tiempo que empieza a recolectar datos, empieza a generar explicaciones plausibles, escogiendo de todas ellas, siempre la explicación más satisfactoria acorde a los datos disponibles4.

En este proceso, la creatividad y la intuición juegan un papel clave, pues son las encargadas de rellenar los gaps informativos que permiten generar esas hipótesis prematuras («la abducción es la operación lógica por la que surgen hipótesis novedosas»)5.

Enfrentarnos a la realidad, a la observación, tratando de dar sentido desde el inicio nos hace adoptar una mentalidad más perspicaz y perceptiva. Principalmente, porque la investigación pasa a convertirse en una suerte de juego: el de comprobar si estamos en lo cierto con lo que sabemos por el momento.

La segunda gran aportación del razonamiento abductivo es la constatación de que nuestro conocimiento siempre será provisorio; porque ni podemos conocer toda la realidad que rodea una cuestión, ni tenemos los recursos necesarios para ello (si es que eso fuera acaso posible).

El razonamiento abductivo es simplemente la respuesta adaptativa a la aceptación de tal realidad: «como sé que nunca podré saber definitivamente, voy a intentar saber poco a poco, y además, asumiré que en cualquier momento lo que pensaba que sabía va a cambiar».

A mi parecer, ese desapego por la hipótesis juega a favor de la calidad final de la investigación: nos hace estar más predispuestos a cambiar nuestro punto de vista ante nuevas evidencias. Es una posición de humildad epistemológica.

Huelga decir que, con esta mentalidad, la investigación realmente nunca termina porque siempre podremos encontrar nuevas observaciones que invaliden nuestras hipótesis. Y si no, que se lo digan a Hume y a su problema de la inducción6.

Existe un famoso aforismo que dice que «en teoría, no hay diferencia entre teoría y práctica. Pero en la práctica, sí la hay». Lo mismo sucede con las investigaciones: planificamos el plan de investigación perfecto, pero luego la práctica es una cosa bien distinta. Los apriorismos casi nunca funcionan; esencialmente porque son de naturaleza platónica, ideal.

En este sentido, el razonamiento abductivo es una forma más realista y pragmática de navegar en el caos, porque lejos de contar con el plan perfecto, partimos de la idea de que tal perfección no existe, y sin embargo, aún así, podemos trabajar funcionalmente desde el minuto uno de una investigación. No importa que esas hipótesis prematuras (que hemos tenido que completar mediante intuición y creatividad) se desvelen inciertas más adelante; porque a medida que avancemos, iremos construyendo de nuevas, más refinadas y plausibles según la nueva información disponible.

Observar con el objetivo de construir hipótesis prematuras es, simple y llanamente, un modo más incisivo y rápido de trabajar. No esperemos a conocer, sino que conocemos generando.

Esta particularidad nos otorga mayor libertad de movimiento, porque de algún modo, estamos permanentemente preparados para interrumpir la investigación de forma satisfactoria: siempre contamos con la mejor conclusión posible a la luz de los datos. De hecho, cuando más brilla esta aproximación es en entornos de urgencia y alta complejidad. ¡Imagina investigar secuencialmente (deducción/inducción) cuando tienes mil frentes abiertos y precisamente lo que no tienes es tiempo! En estos contextos, inferir con observación limitada se vuelve una obligación.

A todo lo dicho anteriormente habría que añadirle la noción de «coste de oportunidad». La aproximación abductiva nos hace estar preparados para reubicar los recursos de investigación al espacio más crítico. Un ejemplo habitual es cuando en una investigación hemos alcanzado el estadio de «saturación informativa» antes de lo previsto. ¿Por qué seguir investigando apegados a un plan teórico cuando podemos dedicar esos mismos recursos a dilucidar otras cuestiones más criticas? La abducción nos da la libertad para pivotar en todo momento hacia la acción más necesaria.

Por todo ello, propongo investigar como si fuéramos detectives. Así seremos más rápidos, así estaremos más preparados. Porque debemos recordar que en todo plan aparecen imprevistos. Convirtamos pues la incertidumbre en un juego: el juego del detective.

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Este cuento es considerado el primer relato de detectives de la historia (1841). En él, Edgar Allan Poe nos introduce a C. Auguste Dupin, un ciudadano de a pie que utiliza su gran capacidad de análisis para resolver los enigmas más complicados. Hasta el punto que, en posteriores entregas, la policía acabará recurriendo a su ayuda cuando se encuentra con casos irresolubles. El personaje de Dupin fue la gran inspiración que tuvo Arthur Conan Doyle para crear el detective más famoso de todos los tiempos: Sherlock Holmes (1887).

2

Precisamente por ese motivo siempre he defendido que las decisiones estratégicas son intuición, pues exigen en última instancia un «salto de fe».

3

A este respecto, Stuart Mill consideraba el razonamiento abductivo no como un tercer tipo de razonamiento lógico, sino más bien como un subtipo dentro del razonamiento inductivo. Lo denominaba «razonamiento inductivo incompleto».

4

De hecho, el razonamiento abductivo también se conoce como «inferencia a la mejor explicación» precisamente por esta forma de proceder.

5

En la aproximación abductiva, observar e imaginar (dos actividades aparentemente antitéticas) suceden al mismo tiempo. Pues, a falta de más información, nos vemos obligados a rellenar los «huecos» mediante creatividad. A este respecto, Umberto Eco distingue tres categorías de hipótesis según el nivel de «salto creativo». Sostiene que existen hipótesis sobrecodificadas, infracodificadas y creativas. Las «sobrecodificadas» vienen dadas casi de forma automática; las «infracondificadas» son aquellas que se seleccionan por su grado de probabilidad, de entre varias candidatas posibles; y por último las «creativas», en las que el conjeturador inventa directamente la regla que da explicación a los resultados de la observación.

6

El «problema de la inducción» radica en si un resultado obtenido mediante inducción está justificado epistemológicamente, es decir, si la inducción produce conocimiento verdadero. Para ello se suele recurrir al famoso caso del cisne negro. Hasta casi el año 1700 en las enciclopedias se describía este animal como un ave de plumaje blanco. Sin embargo, en las primeras exploraciones a Australia, ¡se descubrió que allí había cisnes negros! ¡Tantos años de teoría al garete! De pronto había que rehacer todas las enciclopedias. La moraleja de la anécdota es que todo conocimiento es provisional, ya que nadie nos asegura que descubramos un «cisne negro» sobre cualquiera de los conocimientos científicos que damos hoy por seguros.

Read the original on muevelaaguja.substack.com

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