Hay una pregunta que casi ningún papá o mamá se hace hasta que ya tiene un hijo en los brazos.
¿Qué pasa con la educación de tus hijos si tú no estás mañana?
Si eres papá o mamá, y esa pregunta ya se te ha cruzado alguna madrugada, este artículo es para ti.
Te confieso algo: yo nunca en mi vida había pensado en seguros. Ni de vida, ni de educación, ni de nada. Cero. El tema no existía para mí.
Hasta que nació mi primer hijo.
Ahí la vida cambia por completo. Hay un antes y un después.
Recuerdo que mí nunca me ha dió miedo viajar en avión. Pero hoy, cuando viajo con Caro, mi esposa, siento algo raro. No es miedo a volar.
Es el miedo de pensar: ¿y si me pasa algo? ¿Qué va a pasar con la vida de mis hijos?
Ese pensamiento no se va. Y con tres hijos pequeños en la casa, cada vez pesa más.
Por eso con Caro nos tomamos en serio algo que antes ni siquiera estaba en nuestro radar: cómo aseguramos, así sea una parte, el futuro de nuestros hijos si nosotros llegamos a faltar. Y en particular, el tema que más nos quita el sueño: su educación.
Soy un convencido absoluto de que la educación transforma una vida (por eso me dedico a enseñar todos lo días de mi vida). Y si hay algo que le quisiera dejar a mis hijos, es la posibilidad de educarse bien, sin que el dinero sea una barrera.
Así que nos pusimos a buscar. Probamos, descartamos, volvimos a probar. Terminamos quedándonos con un solo camino, el que finalmente nos dejó dormir tranquilos. Pero para llegar ahí, tuvimos que recorrer y descartar otros tres primero.
Quiero que los conozcas todos, en el mismo orden en que nosotros los recorrimos. Porque la respuesta correcta no es la misma para todos los papás y todas las mamás.
Antes de empezar, esto no es una recomendación de inversión ni financiera. No te voy a nombrar ninguna marca, ninguna entidad, ningún producto puntual de los que evaluamos. Esto es el mapa que nosotros recorrimos, para que tú recorras el tuyo con la cabeza fría.
Cuando alguien dice “seguro educativo”, en realidad puede estar hablando de cosas muy distintas. Y ahí está la primera trampa.
Hay pólizas de destinación específica: te garantizan la plata, pero solo para pagar estudios, y muchas veces solo bajo ciertas condiciones.
Hay productos de ahorro programado que funcionan, además, como seguro de vida: te cubren si faltas, pero el dinero queda libre para lo que tu hijo decida hacer con él.
Hay quien prefiere simplemente invertir por su cuenta, sin ningún seguro de por medio.
Y hay quien prefiere comprar un activo físico, como un inmueble, y dejarlo ahí, creciendo, para el día en que su hijo lo necesite.
Cuatro caminos. Cuatro lógicas distintas.
Algo muy importante: no estamos buscando la rentabilidad más alta. Estamos buscando certeza. Son cosas distintas, y mezclarlas es el error más común que veo entre nuestros estudiantes.
Como buenos financieros, empezamos por el camino más obvio de los cuatro: el que promete el mejor retorno.
La idea es simple: abres un fondo, inviertes en algo como un ETF indexado, por ejemplo, y ahorras de manera sostenida durante los 12, 13 o 15 años que le faltan a tu hijo para entrar a la universidad.
Si uno compara rentabilidades, esta alternativa le gana a casi todas las demás. Ningún seguro te va a rentar lo que un buen fondo de inversión en el largo plazo. Eso hay que decirlo con toda claridad.
Pero aquí vienen dos problemas grandes.
El primero es la incertidumbre. ¿Qué pasa si a los 5, a los 7, a los 10 años de estar ahorrando, tú ya no estás? Nadie completa ese plan por ti. El fondo se queda a la mitad del camino.
El segundo es la disciplina. Y aquí te voy a hacer otra confesión: no conozco al primer ser humano en este planeta que haya invertido religiosamente, mes a mes, durante 15 años seguidos, sin tocar ni un peso de ese fondo.
Porque la vida pasa. Llega un imprevisto económico a los 6 años, a los 8 años, y ahí está esa plata, tentándote, así estuviera destinada sagradamente para la educación de tus hijos.
¿Para quién es esta alternativa? Para el papá o la mamá que ya tiene un seguro de vida por aparte que resuelve el escenario de “y si yo falto”, y que además tiene una disciplina de inversión probada, no supuesta.
¿Para quién no es? Para quien necesita que el plan se complete solo, sin depender de su propia constancia futura.
Nosotros no teníamos esa certeza sobre nuestra propia disciplina a 15 años. Así que la descartamos, y miramos hacia el otro extremo: en vez de apostarle al mercado, ¿qué tal blindarlo con algo físico, algo que uno pudiera tocar?
Si eres colombiano, seguramente creciste escuchando la misma frase que yo escuché toda mi vida: el ladrillo no falla.
En Colombia y Latinoamérica nada nos da más seguridad que nuestro propio apartamento o nuestra propia casa.
Aquí no hay ETF, no hay volatilidad de mercado, no hay una pantalla que sube y baja y te saca canas verdes. Hay un apartamento. Algo que uno puede ir a ver, a tocar, a mostrarles a los hijos y decirles “esto es suyo”.
Con Caro consideramos esta ruta muy en serio: comprar un inmueble, uno por cada hijo, y dejar que ese activo se valorice durante 13, 14, 15 años. Cuando llegue el momento de la universidad, se vende, y con eso se paga la educación.
Y tiene una ventaja real frente al camino anterior: la disciplina no depende solo de tu voluntad. Cuando uno compra apalancado en deuda, el banco te obliga a pagar la cuota todos los meses, sin falta. Y aquí sí conozco a miles de personas que pagan su crédito hipotecario como algo sagrado, lo último que dejan de pagar.
Pero aparecen los mismos fantasmas de siempre, con una versión distinta.
¿Qué pasa si a Caro y a mí nos pasa algo, y ya no estamos para seguir pagando esa deuda? ¿Quién la asume?
Y hay otro riesgo, más silencioso: la liquidez. ¿Y si llega el momento en que tu hijo necesita pagar la matrícula, y ese inmueble todavía no se ha podido vender, o no se valorizó como esperabas? Ahí te quedas con un activo, pero sin la plata en la mano justo cuando la necesitas.
¿Para quién es esta alternativa? Para quien ya tiene experiencia comprando y administrando inmuebles, tolera bien la incertidumbre de mercado, y tiene capacidad de apalancamiento sin comprometer el resto de su patrimonio.
¿Para quién no es? Para quien necesita una fecha y un monto exactos garantizados, o para quien no quiere depender de vender un activo justo en el momento en que más plata necesita.
El ladrillo tampoco nos dio la certeza que buscábamos. Así que dejamos el mundo de las inversiones por completo, y fuimos a mirar el producto que, en teoría, está diseñado exactamente para este propósito: un seguro para la educación.
Esta es la que la mayoría se imagina cuando piensa en “seguro para la educación de mis hijos”.
Haces un aporte mensual o total durante un tiempo determinado, y cuando tu hijo se gradúa del colegio, te pagan la universidad. La incertidumbre de mercado desaparece: el monto está garantizado.
Pero aquí hay algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo: yo, genuinamente, creo que la educación va a cambiar, y mucho. Yo no tengo la certeza de que mis hijos vayan a estudiar cuatro años en una universidad tradicional, como lo hice yo.
Y muchos seguros educativos te amarran las manos. Te dicen: “le pagamos la universidad, pero solo en Colombia”. O solo ciertas instituciones. Y si tu hijo termina queriendo estudiar en otro país, o decide que su camino no es la universidad tradicional sino emprender, ese seguro se te queda corto.
¿Para quién es esta alternativa? Para el papá o la mamá que ya tiene claro que quiere financiar puntualmente una carrera universitaria tradicional, y que valora la certeza del monto por encima de la flexibilidad de uso.
¿Para quién no es? Para quien no quiere atarse hoy a un destino específico, sabiendo lo incierto que es predecir cómo se va a ver la educación de aquí a 12 o 15 años.
Tres caminos recorridos, tres caminos descartados. Uno por incertidumbre, otro por liquidez, este por las manos atadas. Fue justo ahí, después de tachar los tres, cuando encontramos el cuarto camino. El que terminamos escogiendo.
Si yo no estoy mañana, ¿mis hijos van a tener un colchón asegurado?
Esa pregunta, y no la rentabilidad, fue la que finalmente nos hizo elegir.
El cuarto camino combina un ahorro programado en el tiempo con un componente de seguro de vida, y el dinero queda de libre destinación. No amarrado a “solo universidad”.
Y aquí está lo que de verdad nos convenció, y quiero explicártelo bien, porque es la parte que más se presta a confusión.
Este camino funciona así: durante el plazo pactado, tú pagas una cuota mensual. Ese dinero se va acumulando como un ahorro programado.
En el mejor de los casos, el que todos deseamos, tú llegas vivo al final del plazo. Ahí, todo lo que ahorraste está disponible, y es de tu hijo, para que haga con eso lo que él decida: estudiar, emprender, lo que sea.
Pero en el peor de los casos, toco madera para que nunca pase, si a Caro o a mí nos llega a pasar algo antes de terminar de pagar todas las cuotas, el seguro responde. Y responde por el monto completo que se pactó desde el principio, así apenas hayamos alcanzado a pagar una fracción de esas cuotas.
Es decir: salgan las cosas bien o salgan mal, el monto para tu hijo queda garantizado de una forma o de otra. O llega porque lo ahorraste tú, o llega porque respondió el seguro. Eso fue lo que a Caro y a mí nos dio la tranquilidad que estábamos buscando.
Y aquí quiero ser muy honesto contigo, como siempre lo soy: financieramente hablando, este no es el producto de mayor rentabilidad de los cuatro. Ni cerca. Si comparas el retorno potencial contra un fondo indexado, pierde por mucho margen.
Pero aquí no estábamos buscando rentabilidad. Estábamos buscando resolver una sola pregunta: la misma con la que abrí este artículo..
Y si todo sale bien, y Dios quiera que así sea, y yo sigo aquí dentro de 15 o 20 años, esa plata no se pierde. Simplemente queda disponible, de libre destinación, para lo que decidamos hacer con ella en ese momento.
Warren Buffett lleva años repitiendo una idea que resume muy bien este punto: él quiere dejarles a sus hijos lo suficiente para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que no tengan que hacer nada. Este camino, para mí, va justo en esa línea: no es hacerlos ricos, es darles una base.
¿Para quién es esta alternativa? Para el papá o la mamá que prioriza la certeza y la libertad de uso por encima del retorno, y que quiere resolver primero el escenario de “y si yo no estoy” antes de pensar en optimizar rentabilidad.
¿Para quién no es? Para quien busca maximizar el crecimiento de su plata, o para quien ya tiene ese escenario de ausencia cubierto por otro lado.
Cuatro caminos recorridos. Y si algo aprendimos en el camino, es que la pregunta nunca fue cuál rentaba más.
Antes de decidir, hazte estas preguntas:
¿Qué es lo que más me quita el sueño, la rentabilidad o la certeza?
¿Ya tengo resuelto, por otro lado, qué pasa con mis hijos si yo falto mañana?
¿Qué tan seguro estoy de que mi hijo va a seguir un camino educativo tradicional?
¿Tengo, de verdad, la disciplina para sostener una inversión sin tocarla durante 12 o 15 años, o solo creo que la tengo?
Y aquí quiero ser honesto sobre algo más: estas fueron las alternativas que nosotros evaluamos, no necesariamente las únicas que existen. Puede haber otros caminos. Y sobre todo, estos caminos se pueden combinar.
De hecho, eso es lo que hacemos hoy con Caro. Tenemos el seguro de vida con ahorro programado del que te hablé, pero al mismo tiempo seguimos invirtiendo mes a mes en el largo plazo, por fuera de ese seguro. Y no sería raro que, más adelante, le sumemos también un inmueble a la mezcla.
Ninguna de las cuatro alternativas que te conté es mala. Todas tienen sus pros y sus contras, y ya los viste uno por uno. Lo que sí es un error es copiar la decisión de otra familia sin mirar la tuya. Así que evalúa tu situación antes de escoger un camino.
En este tipo de decisiones no importa cuál alternativa rinde más en una hoja de cálculo. Importa cuál te funciona a ti. Si encuentras un sistema, una alternativa, que te dé tranquilidad a ti y a tu familia, ese es el camino correcto, aunque en Excel se vea peor que las otras tres. Esto va más allá de una hoja de cálculo.
Hoy, cuando vuelo con Caro, ese miedo con el que abrí este artículo sigue ahí. No se ha ido, y creo que nunca se va a ir del todo. Pero por lo menos ya sé que, si algo pasa, esa pregunta específica ya tiene respuesta.
La educación de tus hijos es solo una de las decisiones que vas a tener que tomar como papá o mamá. Vienen más: cómo organizas tu patrimonio, qué pasa con todo eso si tú faltas, cómo hacer un plan de sucesión patrimonial, cómo no perder lo que tanto nos ha costados construir, cómo armas un plan que de verdad se ajuste a tu situación, cómo hacer una planeación tributaria correcta, y no a una fórmula genérica.
Si estas dudas resuenan contigo, dentro de Mis Propias Finanzas creamos el Método de Creación de Riqueza (MCR) para precisamente ayudarte con este tipo de decisiones.
No es para todo el mundo. Es un servicio de acompañamiento personalizado para familias que ya tienen un buen nivel de ingresos, que ya tienen ahorros construidos, y que necesitan orientación real para tomar este tipo de decisiones: la educación de sus hijos, la sucesión de su patrimonio, cómo organizar y administrar lo que ya construyeron.
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¡A seguir aprendiendo!

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