La fiesta que no fue
La vida en la sombra tenía el trabajo hecho. Habría hecho falta una salida de tono en las antípodas de la genialidad de Twin Peaks o del final de Los Soprano para que se cayera del notable general. Pero es que la pelota estaba ahí, a centímetros de la línea de gol, muerta, pidiendo a gritos que alguien la rematara no ya para certificar la victoria, sino para que la fiesta fuera completa. Y, quizá por buenismo (recordemos el final del capítulo cuarto), quizá por fidelidad a su fuente (que no deja de ser un libro de memorias basado en hechos reales), nos encontramos con un capítulo final tirando a neutro, demasiado complaciente, que no sumó ninguno de sus mejores momentos a la lista de hallazgos de la serie. Y eso que la cosa prometía en el prólogo, con ese salto de Londres a Berlín, con esa pequeña liberación para el personaje protagonista que es probar las drogas, con el tono muy físico de la relación de amistad que nos muestra (digno casi de DTF St Louis) y, sobre todo, con esas esposas en el banco que marcan un punto y aparte de simbolismo evidente pero interesante por flirtear con la secuencia onírica (que Dan esté colocado y que las veamos desde su punto de vista son justificaciones suficientes para esa breve irrupción de la fantasía).

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