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Nocturnidad y alevosía · Aug 16, 2026

David Vann y la religión del dolor

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Milo J. Krmpotic · Nocturnidad y alevosía

De vez en cuando le mando un correo a David Vann, preguntándole qué es de su vida, y me lo devuelve desde su velero, anclado en algún lugar del Pacífico. España recibió de brazos abiertos sus primeras seis novelas, pero ha dado la espalda a las cuatro siguientes (de hecho, las dos últimas solo han aparecido en francés). Goat Mountain (Penguin Random House), allá por 2014, fue la penúltima que le leímos por aquí, y este artículo apareció en Qué Leer.

Aquel que más o menos haya seguido la fulgurante (y cada vez más claustrofóbica) carrera de David Vann se llevará una sorpresa con este Goat Mountain: a diferencia de los títulos precedentes, el cadáver aparece en ella a las primeras de cambio, apenas inaugurada la acción. ¿Va a representar tal novedad algún tipo de relajación en las maneras del escritor de Alaska? Pues no, más bien todo lo contrario: imaginen, simplemente, los atroces desencuentros familiares de las novelas anteriores, su reverberación amplificada en la naturaleza circundante, y añádanle el peso constante de ese cuerpo lleno de moscas (más tarde gusanos) que los protagonistas arrastran montaña arriba y montaña abajo, cuelgan de un garfio, abandonan y recuperan... Una losa de la que, en definitiva, no podrán escapar durante algo más de doscientas páginas, cada uno de sus capítulos una nueva pasada de cincel sobre la psique del lector camino de agujerearla definitivamente en su mezcla de atavismo asesino, coartada religiosa y sangre ajena que llama a verter la del linaje propio.

En el otoño de 1978, un muchacho de 11 años se apresta a a vivir un rito de paso: matar su primer venado durante las jornadas de caza que los suyos (padre, abuelo y un amigo de la familia llamado Tom) tradicionalmente realizan en su propiedad de la Goat Mountain del título. Serán tres días acampando al raso, en contacto con una naturaleza tan bella como terrible, realizando salidas con la pick-up, el chaval oteando en busca de cornamentas desde la caja posterior de la furgoneta. Pero el plan se viene abajo a las primeras de cambio: nada más traspasar la verja descubren, en lo alto de la montaña, la presencia de un furtivo. Y, mientras lo observa a través de la mira del potente rifle paterno, el protagonista, sin saber muy muy bien por qué, como respondiendo a un instinto primario y, por tanto, ajeno a cualquier posicionamiento moral o añadido cultural, se descubre apretando el gatillo.

La carne maltratada
La bala destroza el pecho del desconocido y su asesino se desdobla, Por un lado tenemos al niño que no experimenta remordimiento alguno, su tibia mente incapaz de comprender la magnitud del crimen que ha cometido. Por otro, encontramos al narrador, versión adulta de de ese yo empeñada en interpretar la situación (y, por tanto, de algún modo explicarla) a partir de las historias de la Biblia, desde Caín dando muerte a Abel hasta el vía crucis de Cristo. Y, entre ambos, un desencuentro familiar que no hará más que crecer: frente a un padre del Nuevo Testamento, dolido con el hijo pero ansioso por perdonarle y dispuesto a cualquier sacrificio mientras intenta dar con una salida a la situación, el abuelo esgrime la ley del talión, se erige en una suerte de tótem brutal que exige un castigo acorde a esa falta a fin de recuperar un orden natural que a la postre se revelará inexistente, tal y como viene a señalar ese prodigio de de nihilismo que es la última línea de la novela.

Estamos hablando, pues, de personajes claramente arquetípicos, que se conducen menos desde la lógica que respondiendo a las categorías que el autor les ha adjudicado de antemano. Así, Goat Mountain se transforma en un drama teatral antes que en una novela al uso (circunstancia a la que no es ajena la influencia que en ella tiene la tragedia griega), una obra que prima las acotaciones acerca del escenario (las tonalidades que cada fase lumínica del día extrae de rocas y vegetación, el murmullo del agua en su circulación arroyo abajo, la textura de la pinaza o el olor que emana de cada tipo de árbol) frente a unos diálogos tirando a anecdóticos. Buena parte de la acción desafía el más elemental sentido común, pero así es la vida, parece gritarnos Vann al oído oído en su faceta más desnuda y absurda. Del polvo venimos y en polvo nos convertiremos.

Pero, entre una cosa y la otra, claro, nos hemos encarnado en este extraño (por maravilloso a la par que desolado) mundo. Donde el tejido duele, tal y como la sangre tiende a brotar. Una vez más, Vann somete a sus personajes a las más variadas penurias físicas: verdugones en la piel a causa de la avena venenosa, golpes, ahogamientos, un tenedor que se hunde en carne viva y sin cocinar, músculos sometidos a un esfuerzo titánico, balazos dispuestos a atravesarlos... Pero, junto al cadáver desacralizado y (por ello) constantemente profanado, quien se vuelve a llevar la peor parte, simbolismo obliga, es un animal. Y, porque ya no nos encontramos en Alaska y los salmones brillan por su ausencia, aquí es un ciervo el que se ve ve sometido
a una larguísima, involuntaria pero aun así detallada con pelos y señales, sesión de tortura de la que ni siquiera la muerte habrá de liberarlo. Junto al evidente ejercicio de crueldad que representa, Vann nos pone cara a cara con los aspectos más orgánicos de nuestro ser... mientras le hunde un cuchillo en la carne y nos empapa con la espesa calidez del líquido carmesí que bajo ella corría.

Una familia trágica
Como es sabido, todo ello Vann lo regurgita desde un posicionamiento (llámenlo coartada, si gustan) autobiográfico. Sukkwan Island, su memorable ópera prima (editada aquí individualmente, pero integrada en Estados Unidos dentro de la colección de textos Legend of a Suicide), apareció como una variación sobre las circunstancias que condujeron a su padre a quitarse la vida en esa isla de Alaska (y allí ya existía un cadáver que se veía arrastrado naturaleza a través). A continuación, Caribou Island se dispersó en torno a varias historias paralelas camino de descubrir su verdadera intención: narrar cómo la madre de la segunda mujer de su padre había asesinado a su marido para después suicidarse. Tierra le sirvió para saldar cuentas con la mala relación que le une a su propia progenitora, aquí escenificada en una propiedad californiana, bajo un sol de justicia, con un enfrentamiento que parte de lo psicológico-emotivo y desemboca en una violencia física ejercida a través de los elementos. Y Goat Mountain, en cuanto ampliación del primer relato que jamás escribió (Buck Fever, se titulaba), al escarbar en la relación con su padre a través del recuerdo de las partidas de caza que compartieron en ese monte californiano, viene a cerrar el círculo. En sus propias palabras, desde el apartado de agradecimientos del libro: “Esta es la novela que quema los restos de lo que me empujó a escribir en primera instancia, las historias de mi violenta familia”. Leer a David Vann, evidentemente, no resulta una experiencia amable. Más allá de la dureza de los temas que viene tratando, su prosa se torna cada vez más exigente, transita de forma obsesiva ciertos caminos y no pondría la mano en el fuego acerca de la experiencia catártica que normalmente deberíamos abrazar al final de tan trágico proceso. Pero, masoquismos aparte, leer a David Vann implica asomarse a obras que dejan una huella duradera, de las que se sale transformado, que se integran en uno de los imaginarios más particulares (aunque desde su inscripción en una tradición milenaria) de la reciente narrativa norteamericana. Leer a David Vann representa, por así decirlo, en definitiva, un calvario fascinante, que nos oprime por las dificultades del acto en sí y no deja de crecer en nuestra memoria toda vez culminado este. Como escalar una cumbre que pudiera llamarse Goat Mountain, mismamente.

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Read the original on milojkrmpotic.substack.com

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