Hubo un minuto en la Antártida donde mi corazón se olvidó de latir.
Estaba solo. El equipo médico estaba a varios minutos de mí. Mi cuerpo había decidido apagarse sin avisarme. Yo solo lo escuchaba.
Hoy te quiero contar lo que aprendí en ese minuto. No por épica. Por utilidad.
Tu cuerpo se rinde mucho antes que tú. Y a veces tu único trabajo es seguir decidiendo cuando ya no puedes.
La diferencia más importante que entendí esa noche es esta: lo que vi como “un minuto” no era un minuto. Eran doce decisiones consecutivas separadas por cinco segundos cada una.
Decidir respirar. Decidir mover la mano. Decidir no cerrar los ojos. Decidir abrir la boca para tragar aire. Decidir sostener la mirada en un punto. Doce veces. Una cada cinco segundos.
Cuando lo cuentas como “un minuto”, parece que aguantaste. Cuando lo cuentas como doce decisiones, entiendes lo que en realidad hiciste.
No vas a estar en menos cuarenta grados —en serio espero que no—. Probablemente tampoco vas a tener que decidir respirar.
Solo que sí vas a estar en momentos donde tu cuerpo, tu cabeza o tu energía van a decidir apagarse antes que tú. Y vas a tener que tomar decisiones consecutivas, pequeñas, separadas por segundos, para no apagarte con ellos.
¿No me creer? Acá un par de situaciones que son más comunes para ti de lo que crees.
🍏 El cierre del trimestre cuando ya no queda gasolina. Decidir abrir el correo difícil. Decidir hacer la llamada. Decidir mandar el mensaje. Una cada vez.
🍏 La semana donde todo se derrumba a la vez. Decidir levantarte. Decidir vestirte. Decidir aparecer. Decidir hablar. Una cada vez.
🍏 La conversación dura que no sabes cómo terminar. Decidir no callarte. Decidir respirar antes de responder. Decidir mirar a los ojos. Una cada vez.
🍏 El año donde tu cuerpo dice que no puede más. Decidir comer. Decidir dormir. Decidir pedir ayuda. Decidir no romperte. Una cada vez.
¿Lo ves?
La mayoría no se rinde. Eso aprendí en la Antártida.
La mayoría deja de decidir.
Rendirse es una decisión activa. Dices “no puedo más” y sales. Es duro, es honesto, y a veces es lo correcto.
Dejar de decidir es otra cosa. Es seguir ahí, sentado, presente, solo que sin mover nada. Tu cuerpo está, tu cabeza no. Esperas. Esperas que alguien te saque. Que algo cambie. Que el tiempo lo resuelva.
Quien se rinde sale. Quien deja de decidir, se queda muriendo lento dentro de su propia vida.
No entrenas en el momento de la decisión. Entrenas antes.
🍏 Decisiones pre-tomadas para los días difíciles. Si hoy tomas la decisión de cómo vas a responder cuando un cliente clave cancele, mañana no te paralizas cuando pase.
🍏 Reducir el tamaño de la decisión. No decidas “resolver el trimestre”. Decide “abrir este correo en los próximos diez segundos”. El cerebro decide en bloques pequeños.
🍏 Tener a alguien con quien recuerdes decidir. No alguien que decida por ti. Alguien que plantee “ahora te toca tomar la siguiente decisión”. El equipo médico en mi expedición hizo eso conmigo cuando finalmente llegué a ese punto.
🍏 Aceptar que vas a fallar en algunas de las doce. Yo no respiré perfecto cada cinco segundos en la Antártida. Fallé varias veces. La diferencia no fue acertar todas. Fue volver a la siguiente cuando fallaba una.
Si estás en un momento donde sientes que no puedes más, probablemente no es cierto.
Probablemente puedes tomar una decisión. La siguiente. Solo esa.
Y luego otra. Y luego otra.
Créeme:
No tienes que aguantar el minuto. Tienes que tomar las próximas doce decisiones.
Te mando un abrazo desde Ciudad de México,
Millán
El próximo jueves 25 de junio, a las 18:00 (CDMX) daré una sesión GRATIS donde te enseñaré a atreverte para arrancar, de una vez por todas, con ese proyecto con el que te emocionas. Quitarte esa sensación de estancamiento es un gran negocio en tu vida, porque no es tan bonita que digamos. Lo sé porque yo estuve allí unos cuantos años, hasta que descubrí la forma de salir. Hoy lo sé, lo aplico y me hace ilusión poder sumarte.
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