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¡Gracias! Desde hacía dos meses, cada mañana empujaba la puerta y miraba la carretera. Primero al este, luego al oeste, pero la carretera permanecía silenciosa. Vomitando de tanto en tanto un caminante solitario. En los primeros días de la nueva era, La carretera se había visto ennegrecida de vehículos. Ruidosa. Después, el fluir se había cortado. Así era desde hacía casi dos meses. Y así sería. Lo sabía bien. Y sería para siempre. Las ocho.
Vio a alguien venir y aumentar de tamaño entre las altas hierbas que salpicaban el resquebrajado cemento. En sus ropas sucias, en sus párpados casi cerrados y en su rostro sosegado flotaba un aire de nada sirve para nada o de ¿para qué? Sus ojos.
Estaban seguramente cerrados interiormente. Se limitaban a una vaga pantalla descolorida. Marrón o azul o blanca. No habría podido decirlo. Por ella pasaba el viento, el mar y los reflejos de las olas del agua.
Marchaba escrupulosamente por en medio de la carretera, con las rodillas un poco dobladas. Sus labios se habían helado en torno a un silbar ausente. Sus zapatos hacían un ruidito regular y cansino que, durante kilómetros y kilómetros, durante días y noches, no había disminuido ni una sola vez.
Recordaba en sí mismo a las máquinas. A su paso, las gentes cerraban los ojos y corrían las cortinas. Pero ella, ella lo vio venir. Ella miraba siempre, fascinada, a aquellos que pasaban a lo largo de los caminos abandonados. Peregrinos sin santuarios. Los ojos vacíos y brillantes como piedras mágicas y el paso incierto.
Y las máquinas que consumían los últimos restos de los tiempos antiguos. No hizo ningún gesto cuando él se detuvo ante ella. El sol, la tierra y las estrellas se detuvieron con él. Y el viento, las nubes y las hojas de los arbustos, todo.
Los ojos se clavaron en ella y la sacudieron. Atravesó la mitad de la calle mientras ella buscaba su mirada. ¿Aún vivía un poco? ¿Sabía lo que le aguardaba al final de la ruta? No, nada. El mismo vacío del que huía.
¿No sentía deseos de detenerse y entrar en su casa? Pero no. No encontró nada. Sus pupilas se abrían como pozos. Sintió su olor a carretera, a cuero y a sudor. Y supo que no era más que esto cuando él se halló muy cerca y abrió la boca.

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