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Más50Más · May 15, 2026

'Ghosting' a un fantasma inquieto

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Imagen de iStock

Pasan los días y confirmas que no existes. Que tu muerte laboral ocurrió hace tres años. Que estuviste en tu propio sepelio, te lloraste y aún te habita el duelo. Eres un fantasma inquieto, un ánima en pena necesitada de alguna chispa que la reviva y la haga reencarnar en algún cuerpo sólido. No es grato ver cómo los gusanos de la indiferencia fagocitan hambrientos cada letra del currículum que has reescrito incontables veces, buscando el milagro de la resurrección.

Y conforme pasan los días, las semanas, los meses desolados, las postulaciones inciertas, las búsquedas imposibles, los “hoy vas a conseguir”, los placebos de autoayuda del tipo “algo bueno te está esperando”, los expertos serios o gurúes de medio pelo que te aleccionan “por ahí no es”, tu famélica cuenta bancaria entra en coma inducido. Te percatas de que no llegas a final de mes. Tiemblas con el olor del miedo al colapso inminente. Cuentas con los dedos de la mano; no te hace falta una calculadora para tasar la precariedad. Tomas de nuevo aquel cuchillo que llamaste necesidad para cortar delgadas capas de los ahorros que hace rato van mostrando el hueso.

No recuerdas aquel artículo que leíste sobre los beneficios del agradecimiento y de aceptar la ayuda. Pero no importa. Te estrujas como un trapo para soltar la vergüenza. Tú, que siempre lo evitaste, llamas a algunos -pocos- amigos, amigas, familiares, rogando un auxilio temporal para frenar antes del precipicio. No quieres contarles otra vez toda la historia, la dejas en el titular, lo suficientemente informativo para que se enteren del apremio.

Te has vuelto experto en estirar 100 euros cada semana haciendo un recorrido por tres, cuatro supermercados procurando el máximo ahorro. Analizas las ofertas y escrutas las etiquetas de los productos empaquetados para elegir el que contiene más. Eran otros tiempos cuando solo ibas al más cercano y ahí te abastecías de todo, sin detenerte en mirar la factura.

Te invitan a dar una charla sobre edadismo y mercado laboral a un grupo de profesionales de la comunicación. Lo aceptas. Hablas con propiedad de lo que sabes y enseñas las heridas y costras de tu piel laboral. En algún momento sientes -crees- que actúas bajo el síndrome del impostor: estoy contándole a esta gente cómo encontrar trabajo a esta edad, aunque yo no lo he conseguido. Genial.

Recibes una respuesta extraviada de alguna postulación en la que todo, todo, todo hacía match, o eso pensabas: titulación universitaria en periodismo, amplia experiencia en prensa escrita, conocimiento de CMS, capacidad para detectar temas de interés y definir enfoques, capacidad de edición de contenidos; experiencia, fuentes y conocimiento de la actualidad en Cataluña.

“Agradecemos tu interés y el tiempo que nos has dedicado durante el proceso de selección vinculado con la vacante de Coordinador/a Redacción. Te informamos de que, tras haber evaluado tu candidatura, consideramos que tu perfil no se ajusta plenamente a las necesidades de esta posición. Un cordial saludo, equipo de Recursos Humanos”.

Se sueltan como perros furiosos los “hijos de la gran puta”, los “qué cabrones”, los “váyanse a la mierda”. ¿Pero qué es lo que “no se ajusta plenamente”?, vuelves a preguntarte. Descartas y te quedas con la única baraja posible: la edad. El castigo de cumplir años. Recibes otra negativa de un trabajo que prometía hacerte salir del atolladero. “Todo indica que no vamos a poder”. Agradeces el buen intento de la exalumna preocupada por ficharte para su compañía. Tu compañera de vida, periodista y sénior, no lo lleva mucho mejor; acumula un rosario de rechazos, silencios y frustraciones, intentándolo todo.

Es casi imposible mantenerse centrado. Te corroe la duda, la maldita duda de qué habrás hecho mal. Te sientes perdido, de nuevo. Eres un francotirador, agarras el fusil y empiezas a disparar currículums a ciegas: apuntas a una panadería, a una inmobiliaria, a una tienda de animales. Vuelves a inscribirte en un portal como profesor de guitarra para niveles principiante e intermedio, y la aplicación te pide que te certifiques porque así tendrás más visibilidad y chance. Son 15 euros que ahora no tienes, y si los tuvieras tampoco los invertirías en un “quién sabe si alguien se interesa en la segunda posición del re mayor”.

Piensas en vender tu amada Harley Benton blanca, de hermoso y cálido sonido, ideal para dibujar líneas de jazz o blues. Recuerdas que pagaste unos 350 euros, nueva. ¿En cuánto la podrías ofrecer? Está ahí llevando polvo en su funda acolchada marrón. Te entra un nosequé desprenderte de ella. Preguntas en un grupo de músicos si hay algún interesado: recibes un par de mensajes (“déjame que mire por ahí”) en los que ni te preguntan por qué lo haces. Supones que ellos suponen lo que suponen.

Rabia, sí, hay rabia. La sientes reptar del hipotálamo hasta la indignación. Un amigo editor te comenta que tal vez deberías escribir un libro sobre este tema, que “hay dolor”, pero necesitas dar un paso más adelante. Buscas el libro La ira, del fallecido monje Thich Nhat Hanh. Recuerdas que lo vendiste en un remate de tu colección por 10 euros. “La ira es un evento mental; no define quién soy”, encuentras la cita en una búsqueda por internet. Haz una breve pausa de 3-5 respiraciones para aflojar la tensión, recomienda el maestro budista.

Entonces, tomas aire, cierras los ojos, lo sueltas por la boca.

Vuelves a respirar.

Una tercera vez.

Te lanzas a la calle con la misión de rendir los 100 euros que ha ganado tu compañera. Sabes que venden unos filetes de merluza ultracongelados que pueden dar hasta para tres comidas a la semana. Te consigues a la hija de unos viejos amigos, su marido y su pequeño hijo. Saludan con afecto. Él, rondando los 40, ingeniero, trabaja en una corporación internacional. Y emerge el tema.

“Está muy difícil lo del trabajo. Yo haré una formación profesional como electricista o fontanero para tener algo más que la pensión cuando me jubile. Siempre será una necesidad y tendrá demanda”, me confía. Te sorprende su capacidad de anticipación: está cavando una trinchera para futuros inciertos.

Regresas a casa y revisas en las páginas oficiales las ofertas de FP subvencionadas: hay decenas, desde inglés para negocios hasta coaching de fortalezas pasando por escaparatismo o conocimiento de los vinos de España. Necesitas la fórmula mágica que ayude al fantasma a cruzar las paredes de los algoritmos que te han castigado durante tres años. Recuerdas lo de las habilidades transferibles y buscas algo donde encajen mejor. Te inscribes para el curso de “Planificación de medios publicitarios”. Son 50 horas en línea. Te animas ligeramente.

Un bot te pregunta por WhatsApp tus datos completos, tu certificado de inscripción como demandante de empleo, tu registro de vida laboral. Le envías todos los recaudos. Esperas que se cierre la inscripción: “Estamos leyendo tu documento, por favor, espera unos segundos”, te contesta por el chat.

A los cinco minutos te llega el mensaje: “Lo sentimos. En este curso no hay plazas disponibles en este momento. ¿Te gustaría apuntarte al curso de experto en materiales refractarios y cerámica?”

Cierras el chat sin contestar.

Abres Spotify y elijes un tema al azar, por cansancio.

Suena:

“Oh qué será qué será
Que andan suspirando por las alcobas
Que andan susurrando en versos y trovas
Que andan escondiendo bajo las ropas…”

La inteligencia artificial ha empezado a jugar en ambos lados del tablero laboral, y los resultados son inquietantes. Mientras los candidatos pulen sus currícula con modelos de lenguaje (LLM), las empresas emplean esas mismas herramientas para cribarlos. Un reciente estudio elaborado por científicos de la Universidad de Cornell revela que esta dinámica ha engendrado un “sesgo de autopreferencia”: la tendencia sistemática de la IA a favorecer contenidos que se asemejan a su propia producción.

A través de un experimento de correspondencia a gran escala, los investigadores demostraron que los LLM eligen prioritariamente currículos generados por ellos mismos, incluso por encima de otros de igual calidad redactados por humanos o por modelos competidores. Los datos son contundentes: el sesgo contra la redacción humana oscila entre el 67% y el 82% en los principales modelos del mercado.

Esta “endogamia digital” altera drásticamente las oportunidades de empleo. Según las simulaciones realizadas en 24 profesiones, un aspirante que utiliza el mismo modelo que el evaluador tiene entre un 23% y un 60% más de probabilidades de ser preseleccionado que un candidato humano con idéntica cualificación. Esta brecha es especialmente mayor en sectores como las ventas y la contabilidad.

El equipo de Cornell subraya que este riesgo, hasta ahora ignorado, puede mitigarse en más de un 50% interviniendo en la capacidad de autorreconocimiento de los modelos. No obstante, el hallazgo obliga a un cambio de paradigma: la equidad algorítmica ya no solo debe vigilar las brechas demográficas, sino también los peligrosos sesgos que surgen cuando los sistemas de IA interactúan entre sí.

Merece la pena detenerse en las sugerencias que hacen los expertos en mercado laboral para tener mejores oportunidades de reengancharse al mercado laboral.

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Read the original on mas50mas.substack.com

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