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Próxima Tanda · Aug 14, 2026

El caballo de Nolan

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Mario Alegre Femenías · Próxima Tanda

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A face! 
          A fleet! 
                     A war! 
                               A man! 
                                           A thought! 
                                                            A trick!

Para tratarse de un cineasta que acostumbra a ser criticado -a veces, merecidamente- por sobrexplicar sus tramas o redactar diálogos muy rebuscados y poco naturales, las doce palabras con las que Christopher Nolan decide comenzar The Odyssey no podría ser un resumen más conciso -incluso, poético- de la Guerra de Troya, cuya profunda sombra cae sobre el filme, aunque esta no sea inmediatamente perceptible ante semejante espectáculo cinematográfico.

Desde su estreno el pasado 16 de julio, he visto la película cuatro veces en el cine, y la escena final -cuando Odiseo logra encordar su arco y aniquilar a los pretendientes- nunca falla en arrancar aplausos del público. El leitmotiv del toque de la cuerda que se escucha en varias ocasiones a lo largo de la surreal y melancólica banda sonora de Ludwig Göransson, funciona a la perfección para puntualizar ese emocionante instante. Es un momento triunfal en un estreno comercial, diseñado con ese preciso propósito: excitar a los espectadores a través de la satisfacción de ver al héroe cobrar venganza, y enviarlos de regreso a sus hogares contentos de que se hizo “justicia”.

Sospecho que de haberse dado esa misma reacción en su sala cuando la vio, esta debe haber sido tan solo una de las cosas que irritaron a la académica Emily Wilson, cuya hermosa traducción de La odisea lleva vendiéndose como pan caliente desde que The Odyssey llegó a los cines. El Odiseo de la obra original dista mucho del que escribió Nolan, al que -contrario a la primera línea de su traducción- Wilson describe como “an uncomplicated man”. Aunque brillantemente escrito, no coincido con mucho de lo que la distinguida clasicista tuvo que decir acerca del filme en su ensayo. Pienso que hay demasiados ataques personales tanto al director como a su filmografía que le restan a su argumento, pero su Odiseo ciertamente no es un tipo complicado. Los personajes de Nolan suelen ser bastante simples, y este es uno similar a otros en su canon cinematográfico, como “Cobb” en Inception y “Cooper” en Interstellar: un tipo que solo quiere regresar a casa… y ya.

Lo que Wilson quizá debería entender, es que si Matt Damon hubiese interpretado una versión más fiel a la del texto, el filme probablemente no estaría llenando a capacidad las proyecciones diarias en las salas IMAX de Puerto Rico y el resto del mundo. Y esto, al final del día, es un blockbuster veraniego con aspiraciones monetarias. El Odiseo de Homero es un hombre áspero, difícil de querer, arrogante, promiscuo y, sí, también muy ingenioso. Por cada momento de admiración, hay uno inmediatamente después que genera desprecio.

La cinta, por ejemplo, corta las relaciones carnales que tuvo durante años con Circe y Calipso, manteniéndolo casto por dos décadas, e inquebrantablemente fiel a su amor por Penélope. De igual manera, Nolan tampoco incluye la escena cuando “el héroe” manda a ejecutar a todas las esclavas de su hogar que se acostaron con los pretendientes, como si estas mujeres hubiesen tenido alguna opción al respecto. Dudo que estaríamos escuchando aplausos al final de la función de haber terminado así, aun cuando la matanza de las sirvientas se sugiere a través del personaje de “Melantho”, encarnado por Mia Goth, cuya muerte no vemos en pantalla.

The Odyssey no quiere repeler al espectador, y para no hacerlo, tiene que haber sacrificios. Esto a veces provoca una disonancia entre lo que la película quiere decir y la forma que lo expone en pantalla, un constante tirijala entre sus ambiciones artísticas y comerciales. Quiere estremecernos con la barbarie que se comete en Troya, mas no muestra en detalle las consecuencias de esos “diez años de ira que se vertieron sobre la ciudad en una sola noche”. El discurso de Matt Damon -muy bien redactado e interpretado- comunica verbalmente los efectos que su decisión tuvo en él, pero en términos de impacto visual, uno esperaría ver una secuencia tan gráfica como la invasión de Normandía en Saving Private Ryan. Nolan, sin embargo, mantiene la violencia mayormente sugerida y fuera de cámara. No tengo idea de por qué esta cinta es clasificada R.

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Lo mismo ocurre con la masacre de los pretendientes, también presentada de la manera más PG-13 posible, en una torpe secuencia de acción (el fuerte de Nolan jamás han sido las peleas) que se siente épica gracias a la música de Göransson. Se plasma como un momento de triunfo que en cierta forma contradice todo lo que Odiseo acaba de expresar acerca de la traición de la “Ley de Zeus”, que no es otra cosa que un sinónimo de Xenía, el antiguo concepto griego que define la más básica hospitalidad que se esperaba de un anfitrión hacia sus invitados. Xenía es una palabra derivada de xeno, que significa “extraño”. De aquí obtenemos “xenofobia”, el miedo a los extranjeros, ese mal social que forma parte de la médula de la adaptación de Nolan, con la que dice más acerca de nuestro presente que del antiguo pasado.

Dramáticamente, el desenlace no es muy disímil al de Dune: Part 2, cuando “Paul Atreides” gana el duelo, vence a sus opresores y declara el inicio de una guerra santa. Ambos son tragedias disfrazadas de victorias, y tienen que serlo para apelar a la masa.

Más allá de las grandes emociones y el fantástico escapismo que ofrece el filme, con sus asombrosas imágenes de corpulentos gigantes, monstruosas tormentas y majestuosos paisajes, detrás de su aparentemente heroica conclusión -así como de todos los memes que sus diálogos y secuencias han inspirado-, el largometraje denota un cambio en el cine de Nolan. Este no es el mismo director de Interstellar, esperanzado en la capacidad de la humanidad para encontrar un nuevo hogar tras destruir la Tierra, ni el que se dejó seducir por las historias de heroísmo de la Segunda Guerra Mundial en Dunkirk. El Nolan de The Odyssey es una extensión del Nolan de Oppenheimer, un hombre preocupado por el presente y comprensiblemente pesimista ante el futuro, como cualquier persona racional y empática de hoy día.

Y no hay mejor representación de este giro que la manera como enmarca su película a través del caballo de Troya.

En el imaginario colectivo, la percepción que tenemos del legendario equino es una de astucia, una brillante trampa para vencer al enemigo, mas verla como algo nocivo no es una idea original de Nolan. Es algo que el cineasta extrae de La Eneida, escrita por el poeta romano Virgilio unos 700 años después de La Odisea, aunque sí está sugerido en la obra de Homero, cuando Odiseo escucha un recuento de sus hazañas, y lo que su engaño provocó:

Odysseus was melting into tears;
his cheeks were wet with weeping, as a woman
weeps, as she falls to wrap her arms around
her husband, fallen fighting for his home
and children. She is watching as he gasps
and dies. She shrieks, a clear high wail, collapsing
upon his corpse. the men are right behind.
They hit her shoulders with their spears and lead her
to slavery, hard labor, and a life
of pain. Her face is marked with her despair.
In that same desperate way, Odysseus
was crying. No one noticed that his eyes
were wet with tears, except Alcinous,
who sat right next to him and heard his sobs.

La selección de la imagen del caballo como el alpha y el omega del largometraje cumple un doble propósito. Por un lado, sirve de punto de entrada a un sector más amplio del público, que si bien nunca han leído La Odisea, probablemente tengan alguna noción del caballo de Troya. Pero más importante aún, es el símbolo que guarda el mensaje que el director desea transmitir. Para el protagónico Odiseo -y, por ende, para Nolan-, la monumental figura de madera no representa una maña, ni mucho menos un triunfo, sino la mayor traición, el pecado original. El fin de la civilización en todos los sentidos de la palabra, como nombre, adjetivo, pero -sobre todo- como verbo.

La Odisea fue escrita durante un tiempo de prosperidad para los griegos, de gran desarrollo cultural e intelectual. La de Nolan llega en el extremo opuesto, cuando pareceríamos ir en picada como especie, incrédulos de la ciencia, cada vez más brutos, apáticos y supersticiosos, con menos gente leyendo, y demasiadas personas cediendo hasta las más básicas decisiones y pensamientos a una inteligencia artificial. Ni hablar de cómo el planeta climáticamente se está yendo a la mierda.

Más que un llamado a tomar acción y reflexionar sobre nuestra tétrica realidad, The Odyssey es una elegía. Sus últimas líneas son de lamento y resignación. Mucho se ha escrito acerca de la decisión de Nolan de eliminar prácticamente a todos los dioses del poema original -una que incluso a mí me chocó de primera instancia-, mas esta concuerda perfectamente con esta mirada más pesimista al futuro de la humanidad, uno en el que hasta los dioses nos han abandonado, y lo único que queda de ellos en un silencio ensordecedor.

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