Aterricé en Colombia una tarde de julio. Ansiosa por unas necesarias vacaciones y asustada por un dolor que desde hacía semanas no me dejaba en paz. Pasó apenas medio día y decidí ir a la emergencia, donde al fin encontré a un doctor que me prestó atención, valoró mi intuición y dictaminó lo que tenía. Con nueva medicación y algo de paz mental, fui a descansar después de más de 24 horas sin dormir y me levanté de la siesta con una idea fija en la mente: ir a la librería.
Tenía esa ilusión desde que había llegado y no había conseguido poner pie en ninguna. Bogotá, entre las tantas cosas que me gustan de ella, alberga mis librerías preferidas y mis libreros preferidos, especialmente los de Tornamesa, de Quinta Camacho.
De todos los lugares que podría llamar “mis rincones preferidos” en esa ciudad (viví ahí cuatro años, desde 2017 hasta 2021), este es uno de los más importantes. Quedaba a dos cuadras de mi casa y merodeaba por ahí con frecuencia.
A simple vista, la librería no tenía nada demasiado especial. Quiero decir, en mi época, no tenía sillones para leer, ni te ofrecían un tintico, ni el resto de las sorpresitas que ahora tienen algunas librerías para atraer a más gente. Aun así, a mí me gustaba ir a pasear por las estanterías, pasar mis dedos por los lomos de los libros que me susurraban al oído, perderme en el piso de arriba a descubrir novedades, quedarme ojeando los libros de gran formato en el rincón del fondo y, sobre todo, dedicar algunos instantes a hablar con los libreros.
Desde que fui por primera vez, me di cuenta de que Tornamesa tiene los mejores libreros que jamás haya conocido. Además de deambular, me gustaba ir con la mente desafiante a pedirles algo del estilo: “Estoy buscando una novela histórica escrita con algo de realismo mágico por una autora latinoamericana contemporánea desconocida”, y que, sin darse vuelta, estiraran el brazo y sacaran exactamente eso de la hilera de libros que tenían detrás. Algunos van a un museo y se regocijan proclamando “¡Qué maravilla el arte!”, y yo también. Pero para mí, esa habilidad también es arte.
Por todo eso, me fascinaba hacer mi versión freelance de “break con los de la oficina” en esta librería. Salía de casa y caminaba campante con mi bolsa de tela estilo chismosa y café en mano, orgullosa del plan que le dio vida a la doña mayor que desde hace rato ocupa un lugar sagrado dentro de mí.
En esta oportunidad, casi seis años después de venir a vivir a Roma, estuve apenas unos 30 minutos porque era el tiempo que tenía. A pesar de eso, los cinco libros que me llevé abrazados como una meditación que espera ser recitada en algún milagro de silencio que encuentre, me teletransportaron al momento en que caí en cuenta de que un libro no es solo un libro. Es muchas cosas más.
Pasé casi la totalidad de la pandemia en Bogotá. Yo amaba el apartamento donde vivíamos, pero no había contemplado que tendría que pasar meses encerrada ahí adentro. No teníamos espacio ni para sacar la cabeza por la ventana a tomar algo de aire, y toda la orientación de los espacios comunes daba hacia un cubículo verde minúsculo encerrado por torres de cemento.
En Colombia, el encierro fue durísimo. Pasamos meses adentro de casa y se nos permitió salir apenas al supermercado o a la farmacia. Durante un tiempo, la regla era que un día podían salir las personas con documentos terminados en par y otro día los impares. Eso no funcionó, así que pasaron a regular las salidas con un día para hombres y otro para mujeres. Una verdadera distopía moderna en vivo, en directo y en carne propia.
A pesar de todo, en medio de esta conmoción y claustrofobia, salió una flor de la rendija de los agobios acumulados. Después de años de abandonar la lectura casi completamente (mis años anteriores en Barcelona los pasé fatal y la adaptación a Colombia me costó sobremanera), conmovida por el llamado a las librerías a intentar salvarlas, comencé de nuevo a comprar y leer libros compulsivamente.
El delivery funcionaba bastante bien, más allá de la marea de protocolos que había que cumplir de manera rigurosa. Así que, semana a semana, fueron llegando a nuestra casa distintos títulos que reavivaron mi pasión por la lectura. Una que prometí no volver a abandonar más, por más difícil y triste que sea el momento que esté viviendo.
En cuanto se enteró de que había vuelto a leer, mi amigo Óscar me escribió: «Marie, tienes que leer Cómo maté a mi padre, de Sara Jaramillo». Como suelo hacer con las recomendaciones, lo anoté en una libretita y, en el siguiente pedido, llegó el libro de Sara. Es un libro corto, chiquito y verde, como una plantita de las que me gusta cuidar a mí, así que enseguida quise cuidar también de él.
Esa tarde, me quedé leyendo y llorando todo el día. Solté el libro solo para comer. Mientras leía, marcaba las frases con lápiz, doblaba las hojas que más me gustaban y comentaba con Andrés la maravilla que leía. “Esto es una obra de arte, Andrés. Tenés que leer esto” (y dale con el arte). A él no le gusta demasiado leer ficción (o autoficción, en este caso), por eso, cuando me topo con un libro de este calibre, le insisto: lo tenés que leer, lo tenés que leer… y así, hasta que lo lee.
Cómo maté a mi padre caló dentro de mí como ningún libro lo había hecho antes. Solo lo puedo comparar con el efecto que tuvo Pateando Lunas, de Roy Berocay, cuando me lo regaló mamá de Reyes en mi infancia y lo leí diez veces seguidas en el campo. La forma de narrar, esa mente maravillosa que yo intuía que había detrás de esas páginas y esa puerta abierta a indagar en la propia historia para aprender a crear desde un lugar intenso y profundo hicieron que la lectura convirtiera al libro en algo mucho más que su carácter de objeto. Cada página, cada detalle, tocaron una fibra desconocida dentro de mí y encendieron algo que estaba perdido, moribundo e irreconocible: mi fe para escribir.
Al terminarlo, tuve una visión tan vívida que me dejó inmóvil de cara al techo. Me vi escribiendo sin parar, escribiendo para otros, escribiendo para mí, escribiendo para sentir y para salvarme. Me vi escribiendo para poder vivir.
Por eso quiero a Sara con toda mi alma. No solo porque ahora sé con toda certeza que es el ser fabuloso que sospeché desde la primera hoja, sino también porque leerla inyectó sangre en mí donde no había. Porque, gracias a ella, comprendí dónde está la génesis de mis propias historias. Porque gracias a ella y a la obra de arte que es su libro, contemplé por primera vez la posibilidad de ser escritora.
Lo supe enseguida, como si leer fuera un acto de magia: eso era lo que yo quería hacer y así era como yo quería aprender a escribir.
Todo lo que no comprendía de lo que me estaba pasando, de repente tuvo sentido. Y gracias a eso, mi vida cambió, como si fuera poco, gracias a un libro.
Pero escribir uno mismo ya es otro cuento. La escritura de mi primer libro, Del Otro lado de la Montaña (Random House, 2018), navega en mis recuerdos como un espejismo de unos meses que no sé bien si fui yo quien los vivió. Si bien puedo describir brevemente el proceso que hice, no sé exactamente cómo lo hice. Estaba bajo una inmensa presión de tiempo y de la responsabilidad que me habían depositado una decena de familias que, de alguna manera, su duelo dependía de lo que yo pudiera hacer con mi cabeza y un teclado para contar su historia. Supongo que eso también afectó en algo mi memoria.
Además, mi falta de experiencia no la notaban tanto desde afuera, pero yo sí la notaba desde adentro. No supe lidiar bien con la editorial, ni comunicarme bien con el editor, ni ordenar ciertas cosas como debí. Me fui, torrente abajo, a ver cómo me iba, y hoy sé que no es la mejor manera de salir a explorar este mundillo editorial, pero fue la manera en que se me dio.
Recuerdo a la gente, con tono consternado, diciéndome: ¿Por qué te eligieron a ti? ¿Qué hiciste para que te confiaran semejante libro? La subestimación era completa y obvia, y llevó a que contemplara las mil formas en que me podía convertir en un fracaso. Escribí dudando al cien por cien de mis capacidades, angustiada y temerosa, ignorando el hecho de que, simplemente, hacía años que escribía y lo hacía bien.
Algunos me enfrentaban cara a cara: No entiendo; tienen que haber leído tu blog. ¿Leyeron tu blog? ¿Por eso te dieron el libro? La indignación que notaba a veces era innegable. Lo cierto es que, ante la duda, nunca lo pregunté. Sospecho que en Random House no solo no me leyeron nunca, sino que dudo que siquiera me hayan googleado. Hasta hoy, no tengo certezas, pero tampoco dudas de que esta puerta me la abrieron desde una estrella.
Empujé y empujé y empujé y el libro salió, le fue bien, está traducido al inglés y ahora va a aparecer dentro de un documental de Netflix.
Pero, más allá de enumerar algunos hitos que parecen éxitos, ese libro no fue solo un acto de escribir para mí. Nunca olvidaré cómo, el último día, cuando apreté el botón de enviar del manuscrito final, rodé de la silla del escritorio hacia la pared que había sido cómplice de horas y horas de escritura, me arrastré como una gelatina hasta el piso y sollocé boca arriba, como si tuviera que exorcizar a un tigre agotado que llevaba meses arañando mi garganta.
Cerrar el archivo de un libro para siempre es una conmoción indescriptible. Un duelo violento que no termina con las inseguridades, sino que las aviva. Es una prueba superada tanto como un salto al vacío.
Podría revivir y lamentar todo ese proceso de nuevo, pero no lo voy a hacer. Porque ese día, mientras aquel tigre escapaba y se perdía en la sabana bogotana, dejó germinando algo más que tardó años en florecer y salir....
A mi doña mayor con bolsita de tela que va a la librería le hace muy feliz leer todo esto y yo la amo con locura. Gracias a ella, aprendí a detener el tiempo, a que me importen menos las cosas, a pasear lento por las librerías y a no perderme la mínima oportunidad para hablar con un librero. Pero sobre todo, gracias a ella y a todas las historias en forma de libro que mi chismosa de tela llevó adentro, me convertí en escritora.
Después de mi primer libro y luego del segundo (también de no ficción), me sumé a un curso con Sara en la Escuela de Escritores de Madrid y le di forma, durante dos años, a una novela que llevaba casi una década gestando.
Me parece curioso decir “gestando” porque, justamente, hace medio año hablé con mi madrina astrológica, Diana, y ella me dijo: “¡Pero mi amooooor! ¡Tu escritora está en canal de parto!”. Me recomendó que el 4 de febrero de este año activara los envíos de manuscritos, y así lo hice. Y ese mensaje que mandé el 4 de febrero, exactamente como me aconsejaba el universo, fue el que dio a luz a mi novela. Crean o revienten, lectores de mi alma. Crean o revienten.
Está claro que esta historia no tiene que terminar acá, y no terminará, aunque sí lo hará por ahora. Pero mientras cargo un carry-on con 6 kg de libros nuevos, mientras escribo todo esto, mientras recuerdo todos los pasos que aún faltan por contar para revelar esta historia maravillosa de cómo llegué a cumplir mi sueño de publicar una novela, tengo la intención de dar las gracias a los libros.
Seres revolucionarios en un mundo lunático. El cofre de las historias que no podemos olvidar y de aquellas que aún esperan ser contadas. Un sinfín de palabras que esconden señales e indican por dónde ir para reencontrarte con esa alma que nació para crear.
Estoy en mi tercer avión de un día de 26 horas. Me pasé todo el primer vuelo leyendo un libro desaforadamente hasta que me brotaron las lágrimas. En el segundo leí el manuscrito del primer libro de mi amigo Óscar, y ahora estoy por la mitad de La palabra mágica, de Isabel Allende.
Fue una decisión muy consciente. Me dije: no voy a sobrevivir este viaje interminable a no ser que el tiempo se pase con un libro.
Así que me devoré tres.
Y me di cuenta de que, al ignorar las pantallas y sumergirme en la lectura, me reencontré con mis ideas. Con ese libro del que apenas empecé el esqueleto, pero que, desde que lo soñé, me persigue enajenado.
Me reencontré con mi potencia creadora. La vi en la ansiedad tan intensa que me dio por mirar el calendario y soñar con un fin de semana aislada del mundo, solo leyendo y escribiendo.
Me sentí poderosa, fuerte, vibrante, expandida porque mi sangre hervía con nuevas historias. Por todo esto, me es imposible describir a un libro como solo un libro cuando acabo de darme cuenta, mientras oscurece el cielo sobre Roma a las 18 h a causa de un incendio, las nubes y un eclipse, de que un libro es el portal que puede llevarte directo hacia lo más intenso y fantástico que habita dentro de ti.
Gracias por leer Cosas que decir.
Soy María Perrier y
✹ Te ayudo a reencontrarte con tu escritora y creativa interna
⇢ Acompaño tu proceso de escritura hasta convertirlo en un manuscrito publicable
✧ Organizo retiros y talleres para mujeres que quieren recuperar su flow creativo

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