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Cosas que decir por María Perrier · Jul 10, 2026

No sé qué decirte

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Maria Perrier · Cosas que decir por María Perrier

Sé que si me detengo a pensar seriamente en los momentos en que decidí darle un giro a mi vida, puedo recitarlos sin pestañear. El día en que me di cuenta de que tenía que irme de Uruguay porque no iba a encontrar lo que buscaba. El día en que entré a una cabina de interpretación y me di cuenta de que no era la profesión para mí. El día en que decidí no volver a mi trabajo fijo. El día en que elegí a mi compañero para toda la vida. El día en que decidí tomarme en serio la escritura.

Cuando revivo esas situaciones, puedo ver con claridad el elemento que las une, y no es necesariamente mi forma física. Me veo en esos instantes, a pesar de las enormes diferencias de edad entre cada recuerdo, muy consciente. Segura. Convencida de que tengo las capacidades para conquistar el mundo. Con fe en que, sea cual fuera el siguiente paso, nada me podía detener.

No siempre vibro así, claro está. Solo hace falta leer el resto de los relatos de Cosas que decir que prueban lo contrario. Pero si hago el esfuerzo de regresar a esa cabina de interpretación, o al cuarto de mis padres rogándoles que consideren la posibilidad de dejarme irme sola a los 17 años a vivir a otro país, me doy cuenta de que son momentos a los que llego después de haber construido algo que recién en estos últimos días reconozco.

Hace un par de semanas tuve un ataque de pánico. Hacía 9 años que no sufría uno.

La previa, antes de caer al piso y luego esperar a la ambulancia, me resultó tristemente familiar. El pecho hundido, la vista nublada, el temblor, el sudor frío. Las lágrimas resbalando por la esquina del ojo por la decepción y el miedo. Y la vergüenza. Todo lo indicaba. Eso ya lo había vivido.

Mi cuerpo recordaba esa sensación. De hecho, hizo todo lo que tenía que hacer como si durante esos nueve años hubiese estado cargando con un manual sin olvidarse de ningún paso. Sin embargo, mi alma estaba confundida. ¿Por qué si me siento bien? ¿Por qué ahora? ¿Qué pasó? ¿Qué no vi? Y me di cuenta de que seguir formulando preguntas no era lo que me iba a permitir superarlo. Así que frené.

Tumbada en el piso, esperando a que se me pase, recordé que hace meses me tiro las cartas de Tarot y me sale el Diablo. Una y otra y otra vez, ese monstruo sostiene a dos pequeños humanos desde la altura, sujetándolos de las cadenas que los amarran al cuello. Mientras mis pies temblaban y el sudor cesaba, le dije: «Ahí estás. Volviste. ¿Y ahora qué querés?»

Pensé que lo tenía todo bajo control. Pensé que podía con todo. Pero la realidad me demostraba que estaba agotada y cargando demasiado. Mi sistema falló —¿o le fallé a mi sistema?—, no me sostuve a tiempo y me olvidé de mí. Y me dejé ir, de nuevo.

Contrastar ambas situaciones, que funcionan como un ciclo de altibajos puntiagudos en mi química corporal, me recuerda muchas cosas. Entre ellas, que no soy invencible y que necesito ayuda.

Cuando entro en una carrera con la vida, una que nadie me pidió nunca, entro en la órbita de un hechizo que me ilusiona con la idea de que puedo hasta enterrarme sola. Escucho las preocupaciones, pero no digo las mías. Sostengo a los que lo necesitan, pero no dejo que me sostengan a mí. Busco atajar situaciones desafortunadas que veo tan claras en el futuro, pero mis advertencias rebotan en los demás como pelotas de tenis. Lloro sola en el baño y empiezo a sonreír cuando atravieso el umbral de la puerta.

Estar así no solo no colabora en nada —digamos que no me encanta terminar con suero en una ambulancia y pasar la tarde con un cardiólogo de mal aliento en el hospital—, sino que también liquida mi capacidad de crear.

La descarga eléctrica me deja casi inmóvil durante días. No puedo hilvanar mis pensamientos ni controlar mis emociones. La vida entera se me hace cuesta arriba.

Cómo cuesta vivir a veces…

Apenas unos días después de mi doble pérdida de conocimiento nos fuimos a descansar al sur de Francia. Esta vez recorrimos Cannes y Antibes, dos lugares que no conocíamos. Fue cuestión de ver el mar y bajar la guardia. Confirmé, otra vez, que a mí me cura el mar. Estar en el mar y flotar.

El cuarto día, mientras nos dejábamos perder por los recovecos de Antibes, encontramos una iglesia escondida en un rincón. Vivo en Roma, las iglesias rara vez me sorprenden ya, pero esta me empujó hacia adentro y no pude evitar entrar.

—Mamá, ¿adónde vas? — escuché decir a Amalia.

Pero no le pude contestar. Una fuerza me impulsaba hacia adentro, y quería entender bien qué era.

Ingresé por el centro. La iglesia estaba oscura. Solo había una luz al final que provenía de arriba y era fruto de un tragaluz. Mientras caminaba, enfocada en el aro circular que se formaba en el suelo de mármol, el frío a mi alrededor, la oscuridad tan profunda y la espiritualidad que me rodeaba me hicieron pensar que así debe sentirse morir. No como la caída de hace una semana con la vista nublada y las piernas blandas, sino así. Caminando hacia una luz, sintiéndome volar, escuchando las voces que más me gustan siguiéndome por detrás.

Era la segunda vez en dos semanas que sentía que entendía lo que sería morir. No sentí miedo, sentí paz.

En cuanto me di vuelta, solo vi siluetas. Una grande, una chiquitita.

Y pensé para adentro: qué extraño este túnel a contraluz.

No se asusten ni me llamen. Estoy bien. Estoy escribiendo esto después de una mañana con sesión de yoga, de sentarme en un jardín a pulir el borrador, de agarrar mi bicicleta, de ponerme el disco de Olivia Rodrigo a todo lo que da en mis auriculares y de soltar el manillar en las bajadas de las colinas de Roma bailando con los brazos haciendo ondas.

No te asustes ni me llames porque quienes me veían sonreían. Porque no me importó hacer el ridículo, ni siquiera cuando se me escapó la voz al cantar en voz alta el estribillo de “stupid song”.

No te preocupes porque, lejos de acobardarme, respiré, floté, descansé y di vuelta la página. Y esa capacidad no es fácil, y ciertamente no llegó gratis, pero es exactamente lo que llevo construyendo a lo largo de esos grandes giros de la vida, durante todos estos años.

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