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Cosas que decir por María Perrier · Apr 30, 2026

Las personas que nos salvan

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Maria Perrier · Cosas que decir por María Perrier

Suelo recordar la adolescencia como un momento miserable de mi vida. Diría papá: “Por algo se llama adolescencia”, pero esta etimología es falsa, aunque no se la corregí. La palabra adolescencia no proviene de adolecer, sino del verbo latino adolescere, que significa “desarrollo y fortaleza”. Pero, al parecer, desde la generación de papá hasta la mía, nos une la sensación de desamparo al hablar de esos años, y por eso esa asociación equivocada es tan común.

Cuanto más me sumerjo en las entrañas del mundo teen —confieso que se volvió un misterio obsesivo para mí—, más me doy cuenta de que son menos los que crecen y se fortalecen, y más los que, como yo, la adolecimos, la padecimos y hasta la parimos.

Aunque por lo general, me es inevitable entrar en este tema y no terminar rotorcida en la oscuridad hasta que las memorias quedan enroscadas alrededor de mi cuello como una horca, esta vez no va a pasar eso.

Sucedió mientras hablábamos por teléfono con uno de mis hermanos. Como por arte de magia, como a menudo me sucede con ellos, esa charla que no indicaba ser más que un «¿Cómo te fue el fin de semana?» se convirtió en una conversación de conexión y confesión. Esto es habitual entre mis hermanos. Podemos atravesar temas con toda la profundidad que ameriten, cuando queramos y como queramos, sin necesariamente proponérnoslo. Qué dicha la mía.

Así fue como terminamos conversando sobre ese momento de la vida que compartimos en su cualidad de desgracia, pero a destiempo: la adolescencia.

No fui yo la que la nombró, sino él, quien, por diversas circunstancias, lleva algunas semanas desempolvando días que creía enterrados.

—¿Cuántos años lo sufriste tú? —Me preguntó.

—Creo que cuatro, o más... ¿y tú?

—Yo tres —respondió.

Su respuesta tan firme y tajante me sorprendió tanto que intenté, por todos los medios y a la mayor velocidad posible, ir atrás en el tiempo para ver qué señales me había pasado por alto. Si bien vivíamos en la misma casa, yo tenía muchos años menos y compartir el mismo techo no significaba vivir en el mismo planeta. Yo pensé que su respuesta era quizá uno, o cercano a cero. Viajé todo lo que pude, pero no apareció nada. Me arrugué por no haber visto ni sentido nada de su vacío durante tantos años y atravesé un umbral de culpa.

—¿Y quién te salvó a ti? —me preguntó.

—¿Que quién me salvó? —contesté con una pregunta al darme cuenta de que estaba entrando en un rincón nuevo de ese universo al que conscientemente evito ir.

Como mi mente aún tenía trabajo que hacer, él se adelantó y respondió la misma pregunta con un nombre y un apellido. Yo recuerdo a ese chico, el que lo salvó, pero no tenía idea de lo importante que, por inercia, se había convertido para mí.

Me dijo que lo había llamado hacía un par de semanas, motivado por esta cápsula de tiempo en la que había tropezado, y que le había agradecido. Es decir, levantó el teléfono, llamó a esta persona 25 años después y le dijo: «Gracias por haberme salvado». Esa persona le retrucó: «No me agradezcas tanto; tú también me salvaste a mí».

En ese instante de ilusión, llegó mi respuesta. A mí me salvó él, junto con mis otros hermanos y mis padres, que nunca se dieron por vencidos para sacarme de aquella trampa que me aplastaba en ultratumba. Me salvaron mis primas, que no tenían idea de lo que estaba viviendo, pero seguían siendo mi lugar seguro. Y también me salvó él, un amigo que, a pesar de verlo todo, de saberlo todo, nunca me trató diferente.

—Ya sé quién más me salvó —le avisé.

Se trata de un ser que, desde el día en que lo conocí a los 13 años, me inspiró la confianza de dos personas que se conocían desde hacía siglos. Sucedieron mil cosas; fui muy torpe, absurda y descuidada, pero nunca dejó de ser mi amigo. Recuerdo estar sorprendida por esto, porque yo podía sentir que me había mandado una más bestia que la anterior, pero nada le resultaba tan putrefacto como para que dejara de confiar en mí. Nunca me juzgó y eso me salvó.

Después me fui —escapé, mejor dicho— y no hubo kilómetros que lo desalentaran de estar presente. Cada mes, o algo así, recibía su llamada, que ya podía ser con camarita, y sin saberlo, aquellas tardes completamente desamparada en la otra punta del continente, cobraban sentido. Yo seguía siendo alguien a quien otra persona podía querer y no olvidar, desde la amistad.

Este amigo siempre me vio por quien era y me quería así, cuando eso era incluso nuevo para mí. Si yo sentía que mi mundo se prendía fuego, él inventaba un gesto para hacerme saber que ni siquiera veía el humo. Pero sobre todo, en su normalidad frente a mi anormalidad, este amigo me salvó.

Mientras escribía esto, revisé nuestros mensajes de Whatsapp, y me di cuenta de que no solo hay pruebas de esas llamadas de hace más de diez años —capturas de llamadas de Skype, yo sentada en la cama de mi sótano en Washington D.C. y él en su casa de Montevideo haciéndome caras para que me riera— pero también mensajes a lo largo de todos estos años en que le digo: «Gracias, porque me enseñaste lo que es un amigo. Me viste siempre y me quisiste en todas mis versiones. No sé qué habría hecho sin ti».

Lo que no llegué a decirle de forma textual fue que me salvó. Porque yo no me salvé sola. De hecho, no sé ni siquiera si creo en eso. Necesitamos a otros para salvarnos. Yo no habría podido salir del pozo si nadie me hubiera tirado la cuerda. Necesitamos la cuerda, así como a quien la sostiene del otro lado.

Esta reflexión me hizo pensar que son estas las personas que deberían haber tenido más lugar en todos mis escritos. Entendí, después de haber dedicado tanto tiempo a escribir sobre quienes hicieron el peso opuesto, que quizá eso fue importante y también un poco injusto.

Por eso hoy quiero redimir a las personas que nos salvan. Por mi amigo, por mi hermano, por quien lo salvó a él y por mí. Y porque hoy, sin darnos cuenta, es un buen día para recordar que con tan poco, también podemos salvar a alguien.

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Mientras preparaba este post le pregunté a lectores y seguidores quién los había salvado, y sus respuestas son lindísimas. Leelas acá y dejá la tuya:

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