Los meses de marzo y abril, y un trocito de mayo, fui este álbum:
Una mezcla de dulzura, mal rollo, grandeza, tranquilidad, tristeza, campo, artificialidad, amor, fantasmagoría, amistad, dolor, sencillez, conexión e impostación.
Una sensación de talón apoyado en la cuerda floja y otra de cielo abierto sin una nube, a la vez.
«Dios sabe cómo adoro la vida.
Cuando el viento sopla en las orillas y yace otro día,
no puedo pedir más».
La muerte transforma.
Sentir la pérdida propia y la de los que no tienen consuelo, conmoverte con la fortaleza de aquellos que sueltan al amor de su vida, deja huella.
Mi corazón pesó como una piedra unos días. Aligeró su carga una imagen del velatorio que se repetía en mi mente: niños jugando en la sala común de la funeraria, rompiendo con sus risas y carreras la solemnidad de la despedida.
Nadie debería despedir a su madre, a su mujer, a su hija, a su amiga tan pronto.
Aunque a veces todo parezca ya dicho y hecho, dispuesto y en paz para el adiós, ni aún así.
Ni aún así.
Las almas que quedamos aquí (de momento) hicimos un pacto silencioso: el de amar un poco más la vida en nombre de la que se fue. Porque aunque nos pareciera imposible en aquel momento, sabíamos que volvería a amanecer.
«Solo haz lo que tengas que hacer
y no me malinterpretes:
sabes que nunca debes preocuparte por mí,
lo haría de nuevo».
Hay piedras con las que voy a seguir tropezando toda la vida y lo haré de manera consciente y sin arrepentimientos. La mayor de ellas es creer de primeras en la bondad de las personas. Me niego a levantar el escudo antes de recibir ni un solo dardo. Eso sí, en cuanto recibo el dardo, interpongo el escudo y ya no lo vuelvo a bajar.
Durante el mes de marzo subí el escudo varias veces, pero sigo yendo por la vida a pecho descubierto. Y doy gracias por ello.
«Que comience el espectáculo,
que las nubes rueden.
Hay una vida por encontrar en este mundo
y ahora veo que todo no es más que un juego».
Es importante ayudar a nuestros niños a desarrollar sus intereses, enseñarles a valorarse y quererse, a tener metas y ambiciones, porque si no, cuando sean adultos, se emperrarán en saltar de trabajo precario en trabajo precario, sin nadie a quien le importe lo que hacen (quizá, ni siquiera a ellos mismos) y con un sueldo que rayará la explotación salarial.
A mí no me ayudaron y no he hecho más que dar tumbos y volteretas y ser infeliz.
Pero el mes de marzo, por fin, hice caso a la única persona que, ya de adulta, siempre me ha animado a valorarme y aspirar a más: mi marido.
Ahora tengo menos ansiedad y más esperanza, más ganas que nunca de reinventarme y, a la vez, ser más yo. De escribir de nuevo las reglas de este juego, a ver si consigo que la partida sea por fin divertida e interesante. A ver si Urano acaba de ayudarme este mes con ello.
«Pero si alguna vez deseo,
deseo que todos podamos creer
que este mundo, a la luz del día,
es un mundo donde el amor puede existir».
Nos falta amor. Da igual cuánto sintamos, cuánto nos den, cuánto nos demos, siempre nos hace falta más amor a nuestro al rededor.
Falta amor en las calles llenas de basura y caca de perro; falta amor en las interacciones con los dependientes de las tiendas, con las doctoras, con las camareras; falta amor cuando leemos un texto en diagonal; falta amor cuando siempre apoyamos a los mismos artistas y compramos en los mismos sitios, y también cuando lo único que escuchamos y damos por bueno es nuestro propio discurso.
Damos amor cuando cuidamos el lugar en el que vivimos y las libertades aquellos con los que convivimos. También cuando no nos tomamos las diferencias como ataques personales, si no como signos de diversidad vital. Y cuando recibimos con los brazos abiertos que alguien refute nuestro pesimismo y cinismo crónicos.
Estos meses he intentado dar más amor y, al hacerlo, mi vida se ha hecho más sencilla, más pacífica. Y eso me hace pensar que, sea lo que sea lo que atravesemos en la vida, ponerle un poco más de amor al asunto, siempre es una buena idea.
«Todos pueden verlo,
todos excepto yo.
Hojas de otoño,
vuestra belleza me tiene atrapada.
Hojas de otoño,
tan bonitas como podéis ser».
En general, nadie a mi alrededor (a excepción de mi marido y mi abuela), cree que yo pueda ser una buena escritora (véase buena como alguien con suficiente talento y oficio como para hacer de la escritura su modo de vida).
Ni siquiera tener una novela publicada con una editorial, ni el paso de los años y los textos, les han hecho tomarme un poco más en serio.
Y esto, claro, me ha hecho dudar en muchos momentos. ¿Será que ellos ven algo que yo, con mi cabezonería y mis castillos en el aire, no veo? ¿Será que mi amor por las historias, por escribirlas y publicarlas, y hacerlo cada vez mejor (es decir, que sean más gustosas de leer, que lleguen más, que comuniquen lo que yo quiero), me tiene ciega perdida?
¿Quién no ha sentido alguna vez que quizá seguía la senda de la estrella equivocada?
Estos meses, en los que tomé la decisión de enfocarme en la escritura, todas estas preguntas me martillearon el cerebro sin cesar. Pero, como acabas de leer en la canción anterior, yo ahora estoy por dar amor, así que le doy unas inyecciones de amor a mis sueños tales que los mantienen tiesos. Y mi plan es seguir haciéndolo.
Y me da igual si me dicen que estoy ciega, que no veo la realidad. Es mi decisión taparme los ojos y perderme en las luces que se proyectan en mis párpados.
«Porque el tiempo no es más que un recuerdo,
hermoso para algunos,
plumado como una majorette».
El programa que se ejecuta en segundo plano en mi cerebro, estos meses pasados, no ha dejado de repetir una y otra vez el mismo código antiguo. He intentado hackearlo muchas veces, porque es un código de supervivencia que me mantiene en el resentimiento y la mediocridad, pero se resiste. Así que he decidido abrir otro en primer plano que ejecute acciones contrarias a las suyas, hasta que se dé por vencido y se autodestruya.
Lo digo porque si ves que hago o digo cosas que no esperarías de mí, es todo parte del reseteo. Y porque el desfile de las majorettes es vistoso, pero corto, así que hay que aprovechar cada segundo al ritmo de la orquesta.
«El tiempo pasa
a medida que los días pasan,
y ahora me he dado cuenta de que
no voy a durar.
Los cielos de verano
me dejan atrás,
así que resuelve todo ese amor del que me hablas
porque estaré perdida cuando te vayas».
A medida que te haces mayor el tiempo pasa más rápido. Por suerte, también le quitas más el hierro a las cosas y no aguantas tantas tonterías. Así que una cosa compensa un poco la otra y lo acabas llevando más o menos bien.
Estoy en esa edad en la que, en pocos años, empezaré la cuenta regresiva, y eso me cierra un poco el esfínter, no te voy a engañar. Así que he dejado de lado mi famosa «lista de cosas por hacer» y he puesto por delante la de personas y actos por amar. Habrá quien me llame egoísta, pero a mí eso no puede importarme menos.
Cada vez es más urgente sacar las historias que se gestan en mi imaginación. Seguro que tú también has sufrido este pulso y sabes de lo que te hablo: cuando tienes un proyecto, una idea, que te persigue hasta que lo materializas. Pues esa urgencia se ha incrementado estos meses y ni siquiera el miedo al fracaso o ha ser una impostora me frena. Voy a dejarlo todo resuelto, en la medida en la que pueda, para que, el día que me toque dejar este plano, lo haga satisfecha y ligera como una pluma. Que nada se me pudra dentro.
«Los placeres arden en su interior,
cubren las estaciones que se perdieron de vista hace mucho tiempo.
Hay culpa en su corazón
pero ahora lo sabe.
¿Qué hace? Esconde mentiras en su interior.
¿Por qué hace eso? No lo sabe.
Creo firmemente en que la culpa mata más sueños que el fracaso. Y seguramente no sea la única.
Estos meses pasados el deseo de escribir no se atrevió a asomar la nariz, y fue porque la exigencia de ganar dinero con algo más sensato como el diseño, se pasó todo marzo y abril apuntándole con un dedo acusador.
Una escritora que no escribe siente dos culpas: la de no escribir cuando quiere escribir, y la de querer escribir cuando debería querer ser una ciudadana preocupada únicamente por cotizar. Esa escritora se miente, para evitar sufrimientos, con argumentos heredados y negativos, con los que pierde el tiempo entre el quiero y no puedo. Entre el hago lo que debo, pero no siento que sea lo correcto.
He sido esa escritora muchos años, pero ya no. Estos meses he decidido que la razón ya no me mantendrá encerrada en la mediocridad. Porque como dijo el personaje de Tamara Seisdedos, interpretado por Ingrid García Jonsson, en Superestar:
«Si para ser una estrella y tener una vida extraordinaria, hay que vivir este tipo de disparates, firmo donde haga falta».
«Y solo oigo,
solo oigo la lluvia.
Y muchas lluvias, que se convierten en ríos.
El invierno está aquí y nada va a cambiar.
Los vientos soplan y son todo lo que oigo.
Oh, qué época tan extraña del año,
sin flores en los árboles»
Mi amiga la Ansiedad volvió a tocar a mi puerta, pero no le abrí.
Bueno, lo confieso, le abrí una rendija, lo que la cadena echada me dejó, y la vi y escuché un rato, pero luego hablé con mi marido y cerré a tiempo para que no entrara en casa.
Sé que sigue al otro lado de la hoja, como un buitre a la espera del momento oportuno para caer sobre mi y arrancarme un buen trozo de salud, pero estoy alerta, no quiero que vuelva a adueñarse de mi cerebro.
Esas inundaciones, ese invierno, ese ulular lobuno del viento que ella trae, no los quiero.
Hay y habrá flores en mis árboles, yo me encargaré de hacerlas crecer contra el frío. Porque como decía Ana María Matute:
«Salgamos todos del encuadre
Oh, Hombre oxidado».
Me cansé de vivir en pleno apocalipsis y el mes pasado me bajé del mundo.
Sé lo que ocurre por lo que me cuentan amigos y familiares, y por lo que leo a veces en las redes (cuando entro, muy de tanto en tanto). Pero como ninguna fuente es imparcial, prefiero sacar conclusiones de lo que vivo cada día: de los precios que suben, de la comida más procesada y menos rica que nunca, de las personas que corren a aferrarse a dogmas/jefes/ilusiones fallidas que jamás cuestionan... El balance social no es muy bueno.
Seguimos sufriendo las consecuencias de no ser otra cosa más que un activo empobrecido y enfermo que llena los bolsillos de los que manejan los hilos. Y nuestro cerebro, que adora mantenernos a salvo y lejos de los riesgos, nos ha confinado a esa zona que los poderosos han confeccionado para nosotros: la de la queja sin elevar la voz, la de la cabeza gacha.
A mí no me gusta ese encuadre y me he salido de él.
No me he desentendido de todo, no digo que haya dejado de importarme lo que le pase a este planeta que voy a legar a mi hijo, lo que digo es que no quiero seguir jugando al juego imperante con las reglas y las cartas que nos han dado. Digo que quiero establecer mis reglas, escoger en la medida de lo posible mi mano y jugar la vida como me plazca.
La abuela Kihili dice: «No podemos salir del sistema, pero podemos sacar al sistema de nosotros» y es una buena máxima cuando el sistema no te ayuda a mejorar tu vida, si no que te obliga a dar tu vida para sostenerse, como un terrorífico devorador de almas.
Kihili sabe que es difícil salir del redil, pero aquí estamos las dos, haciéndolo poco a poco y en silencio. Los que no quieren cuestionarse el marco y están cómodos en él, nos llamarán locas. Pero tanto ella como yo estamos en una edad en la que eso ya nos parece un halago.
Estoy deseando saber qué álbum voy a ser lo que queda de mayo y junio. Sobre todo en junio, mi mes.
Espero que sea uno un poco más alegre.

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