Lo que he notado constantemente aquí en Colombia, y más después de participar en el Bogotá Audiovisual Market, es que la gran mayoría de cineastas están tratando de crear sus empresas a semejanza de las grandes corporaciones americanas o europeas. Estos mismos cineastas miran el listado de todos los participantes del mercado y buscan reuniones con estas empresas en busca de un permiso para ejecutar su película.
Los cineastas se gastan años escribiendo y reescribiendo un guion, yendo a laboratorios y residencias, esperando la financiación a través de convocatorias o intentando hacerles pitch a estas empresas, para después quedarse esperando que los festivales los acepten y que lleguen los acuerdos de distribución. En resumidas cuentas: todos esperando la validación de alguien más.
Como hablé en un artículo anterior, mi forma de producir de manera punk rock no funciona de esa manera. Las bandas de punk rock nacen tocando en cuartos o en garajes; allí aprenden a tocar, escriben unas canciones, graban un demo y hacen toques. Y luego lo vuelven a hacer una y otra vez.
Ese modelo funciona para mí porque necesito estar creando constantemente. Siento que muchos cineastas se beneficiarían de trabajar de esa manera también. La ventaja competitiva más increíble que tengo no es la calidad de mis películas (que al fin y al cabo es algo subjetivo), sino la repetición. Cada corto y cada largometraje te enseña algo nuevo. Ese cineasta que se gastó 10 años tratando de hacer el proyecto perfecto casi nunca va a alcanzar el éxito más rápido que el cineasta que saca un proyecto tras otro.
Los músicos entendieron esto hace décadas. Muchos de ellos no esperan que su primer EP vaya a ser absurdamente increíble, o que su primera gira vaya a dar plata. Tampoco esperan que sus álbumes vayan a cambiar el mundo. Ellos están felices de que alguien esté escuchando sus canciones, porque el propósito de la mayoría de estas bandas es ser mejores músicos, crear comunidad y continuar haciendo música.
Creo que la industria nos convenció a todos los cineastas de que cada proyecto tiene que ser un masterpiece. A veces actuamos como si cada corto fuera un examen final, y como si cada largometraje tuviera que lanzar una carrera o ganarse todos los premios. Eso no es para nada realista. Tu primera película no necesita ser perfecta, y tu décima película probablemente tampoco lo sea. Y eso está bien, porque en el arte la perfección no es requerida; la consistencia sí.
Piensa en las bandas que han perdurado; esas que no desaparecieron incluso cuando no tienen un nombre reconocido mundialmente. Ellos continúan sacando música constantemente: singles, álbumes, canciones en vivo, demos, lados B, etc. Se mantienen activos. Su audiencia siempre tiene algo nuevo para descubrir. En cambio, los cineastas nos desaparecemos por 5 años entre proyectos, y luego nos preguntamos por qué nuestras carreras no están donde deberían estar.
Imagínate si una banda sacara una canción cada cinco años. Creo que su audiencia ya no estaría tan interesada en ellos. El cine es similar. Se necesita momentum, un flujo estable de trabajos nuevos y contacto con el público. Eso no significa que cada proyecto tenga que ser una película de dos horas. Puede ser un cortometraje, un microdocumental, una serie web, contenido de detrás de cámaras, un Substack — :).
El formato no importa, lo que importa es estar activo y visible. Pero ojo, no estoy hablando de ser un “creador de contenido” que tiene que ganarle al algoritmo. Estoy hablando de estar activo tanto creativamente como en la conexión con tu comunidad.
Las bandas conocen la importancia de tocar en vivo. Antes de que existieran las redes sociales, tocar en vivo era la forma de hacer el marketing de tu música. Si estabas en una banda, tocabas donde sea que te dijeran. Manejabas 50 kilómetros para tocar frente a 20 personas porque esas 20 personas te importaban. El cine independiente puede funcionar de esa misma manera. Los festivales pueden ser un toque, una presentación al aire libre puede ser un toque, un conversatorio es un toque.
Tenemos que dejar de tratar a los festivales de cine como una lotería y el momento donde busco que me validen, y empezar a verlos como el trabajo que son. Cuando estás en una banda, tocar en vivo es el trabajo. El propósito no es ser descubiertos para que nos volvamos famosos y una disquera venga a salvarnos; es crear una audiencia. Así es como las carreras perduran en el arte: una proyección, un miembro de la audiencia, un colaborador y una relación a la vez.
Otra lección muy importante que podemos aprender de las bandas de punk rock es la autoría. Y no estoy hablando del autor “todo-creativo-genio-qué-chimba-que-sos”, sino de ser dueños de tu arte. Mis bandas favoritas siempre grabaron su propia música, hicieron su propio merch, planearon ellos mismos sus giras y vendieron sus discos en cada presentación.
Ellos no esperaron un permiso, y cuando vendían algo, las utilidades eran suyas. Hoy tenemos más herramientas disponibles que nunca en la historia. Podés filmar una película en tu celular, editarla vos mismo y distribuirla vos mismo. Podés mercadear tu película directamente a tu audiencia, vender boletas para tus proyecciones y conectar con ellos en persona. Los gatekeepers siempre van a existir, pero esto no significa que tenés que pasar por sus puertas.
Si estás esperando validación, te vas a quedar esperando por bastante tiempo. Personalmente, yo prefiero crear mis propias oportunidades y hacer que las cosas pasen. Por eso siempre he intentado seguir practicando constantemente, lanzar trabajo nuevo, hablar de ese trabajo cuando sea posible y crear una audiencia, una proyección a la vez. O una vista a la vez.
Recuerda que los cineastas —al igual que las bandas— que sobreviven no son precisamente los más talentosos. Son los que constantemente están allí, creando. Así es como se construyen las carreras.
Con eso dicho, recuerda que podés ver mi película SÁBADO OSCURO en YouTube.
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