Acabo de leer el artículo de Alejandro Solís en Público sobre la propuesta que Gabriel Rufián lanzó hace una semana: la unidad electoral de las izquierdas plurinacionales. Más allá de consideraciones políticas y electorales, de antemano la propuesta debe tener algo de interés cuando ha puesto a pensar a un espacio que se parece muy poco a una fiesta de cumpleaños.
Hay palabras que se han desgastado (unidad, confluencia) y principios que se han manoseado (responsabilidad, altura de miras) a lo largo de la última década. Sea cual sea la fórmula, el éxito de un acuerdo entre las izquierdas no dependerá de la pronunciación de grandes discursos. Si acaso, dependerá de la instalación de un nuevo marco mental más humilde e instrumental.
Primera clave: situar las amenazas al frente
Ningún acuerdo se dará como la culminación de un proceso de participación o negociación ilusionante. Se dará –si se da– sencillamente porque su alternativa es peor para todas las partes y también para el conjunto. Al frente deben ir las amenazas y los riesgos que se afrontan en un escenario de fragmentación: en términos generales, Abascal de vicepresidente, y en términos concretos, la pérdida de escaños en varias provincias.
Nos moviliza más el miedo a la pérdida que la esperanza de posibles ganancias. Situar las amenazas al frente es una manera imprescindible de activar el sesgo de la aversión a la pérdida, y para ello es imprescindible concretar las amenazas de la manera más detallada posible. Abascal de vicepresidente puede significar que le quitarán derechos a tu prima lesbiana, y perder diputados en provincias puede significar que tendrás que despedir al colega que lleva las redes sociales del partido.
Segunda clave: pactar objetivos, no medidas
Vengo de la tradición racionalista del “programa, programa, programa”. Políticamente es inapelable, pero a día de hoy es inoperante por varios motivos que no vienen al caso. Los debates programáticos a la vieja usanza, donde se peleaba con beligerancia hasta la última coma, activa el sesgo de enfoque: sitúan las pequeñas diferencias en el centro de gravedad, magnificándolas y minimizando los acuerdos, siempre mayoritarios.
Las diferencias son inherentes al momento político que vivimos (en realidad siempre lo fueron) y a la diversidad de las facciones progresistas. El foco debe ponerse en los objetivos, en los cuales suele haber un acuerdo pleno sin necesidad de que sean abstractos. Un objetivo puede ser blindar la educación pública con un 5% de inversión estatal. A partir de ahí, cada facción progresista tiene derecho a luchar por él con las tácticas que considere más oportunas en cada momento.
Cualquier negociación política está atravesada por el sesgo de enfoque, ya que la política es poliédrica: literalmente todo en ella puede ser positivo o negativo dependiendo desde qué ángulo se mire. La tarea principal para dirigirla exitosamente es situarlo donde importa.
Esto vale para todo. Por ejemplo, nuestra pareja puede ser maravillosa, pero nunca será perfecta, por lo que tendrá cosas que no nos gusten e incluso que nos disgusten. No se trata de hacer como si no existieran, sino de valorarlas en su justa medida. Si no lo conseguimos, las sobredimensionaremos y un solo defecto (el punto rojo en la imagen de arriba) puede opacar 99 virtudes. El sesgo de enfoque nos dice que nada es tan importante como parece cuando estamos enfocados en ello.
Tercera clave: un reto
Ahora sí, podemos situar la necesidad de un reto de país en positivo y en clave de futuro. De refilón, hablé de esto hace unas semanas. A la cita de Camus podemos añadir otra de Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.
Sinceramente, no sé si la propuesta de Rufián tiene sentido o no. Tampoco sé qué acabarán haciendo. Será muy difícil, en cualquier caso. Somos más duros y exigentes con las personas cercanas, de ahí que, paradójicamente, el acuerdo suela ser más difícil entre semejantes que entre adversarios. Con los extraños actuamos más racionalmente. Entre cercanos influyen más las emociones y los efectos colaterales de la ilusión de la similitud o el principio de reciprocidad. Es normal.
Maquiavelo recomendaba no humillar, salvo que en caso de humillación pudiéramos acabar con la víctima. Es la historia de la última década. La sensación de humillación, por lo que sea, dificulta las cosas. El sesgo de la aversión a la pérdida nos enseña que una relación bilateral siempre será asimétrica: la pérdida pesa más que la ganancia. Por eso, las dos partes de una negociación pueden sentir que pierden. No es que ambas estén equivocadas, es que valoran el resultado con monedas cuyo valor de cambio es distinto. Es lo que nos enseña también la moraleja del juego del ultimátum: si considero una oferta injusta, puedo enfadarme y castigar al ofertante, incluso aunque sea consciente de que eso supone infligirme daño a mí mismo.
Demasiados líderes políticos se olvidan de que los cambios sociales los hacen los pueblos, sí, pero la política la hacen personas de carne y hueso.
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Se llevó el Oscar al mejor documental. Según denunció hace unos días Yuval Abraham, uno de los activistas que hicieran posible el documental fue asesinado a manos de un colono israelí. Está en Filmin y en Movistar+.

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