El verano pasado, el crimen de Mocejón desató la ira de la turba racista y conspiranoica. “Verano, una víctima de 11 años y un asesino sin móvil. Una fatídica combinación que ha sido aprovechada para sembrar las redes sociales de bulos”. La agresión a un hombre de 68 años en Torre Pacheco ha sido la coartada que han aprovechado los de siempre para hacer lo de siempre. La diferencia es que esta vez se han producido conatos de terrorismo supremacista.
Cuando vemos películas sobre el nazi-fascismo de los años 30 y 40 siempre nos preguntamos cómo pudieron llegar a un grado tan alto de deshumanización. Así empieza todo, así empieza siempre. Y, cuando termina, el lamento general de la gente que se deja arrastrar también es el mismo siempre: no pensé que iban a llegar tan lejos. Es probable que algunos vecinos de Torre Pacheco pensaran al principio que un poco de furia disciplinadora no vendría mal, pero algunos de ellos, al ver a nazis encapuchados y armados con machetes, también pensarían que no iban a llegar tan lejos. Lamentablemente, esa estampa es una prolongación lógica y natural de los discursos de odio ultra.
Hay un debate interesante sobre cómo combatir de la manera más efectiva posible estos discursos. No creo que exista un manual definitivo, pues cada contexto exige cierta flexibilidad (aunque sí hay errores universales que debemos evitar), pero los siguientes cinco puntos pueden ser de utilidad para reenmarcar mejor nuestros mensajes. El mejor discurso no es el más impecable en términos técnicos, sino el que más conecta con la gente a la que nos dirigimos y queremos movilizar.
Construyamos un nosotros amplio
La batalla política-cultural de fondo siempre es por la construcción de un sujeto político, de un nosotros. La ultraderecha lo hace constantemente de forma explícita: en su nosotros, en su España estrecha, sobramos los rojos, los maricones, los inmigrantes, los catalanes y un largo etcétera. La forma que emplean para construir su sujeto es esencialista: solo caben aquellos que hacen suyo el hilo azul que va del Cid a José Manuel Soto pasando por Franco. Desviarse de ese redil es despreciar la esencia, la razón misma de la existencia de España.
La tarea de las izquierdas y de las personas comprometidas con los derechos humanos en general es construir un nosotros amplio, diverso e integrador. A los inmigrantes que vienen a buscarse la vida no les concedemos derechos y un trato humano porque somos generosos: ellos forman parte de nosotros, también son nosotros. Hay quienes defienden de manera genuina los derechos humanos, pero a veces lo hacen desde arriba, generando –probablemente sin pretenderlo– una otredad que, en un plano más profundo, alimenta el marco mental del esencialismo.
… y, por tanto, diseñemos un antagonismo
Nos falta imaginación para pensar, avanzar y compartir el bosquejo de sociedades mejores y de futuros deseables. Los principios y los valores necesitan un mapa, rutas y objetivos inteligibles. Por ello, no basta con denunciar lo malos que son los malos, es decir, no se trata de hacer la desesperación convincente, sino de hacer la esperanza posible. Unos siglos antes de Raymond Williams, Maimónides dejó escrito algo parecido: “Creer en la plausibilidad de lo posible, en vez de en la necesidad de lo probable”.
Y, sin embargo, no existe política –ni, por extensión, batalla cultural– sin antagonismo. En general, nunca basta con hacer las cosas bien. Debemos hacer las cosas bien y, además, explicar por qué las estamos haciendo bien a diferencia de lo que harían los otros. La ultraderecha es racista y xenófoba. Esto es lo que intentan extender a lo largo del país: división, violencia y discriminación. La apelación ad hominem es importante.
Y, luego, la instrumentalidad
Un mensaje instrumental es aquel que sitúa al frente la utilidad de la inmigración, es decir, los beneficios que reportan a la sociedad. Por ejemplo, ellos suelen realizar los trabajos más duros. Sin ellos, ¿qué sería de los invernaderos de Almería y de los campos de Murcia? No creo que los votantes de Vox quieran trabajar de sol a sol y en esas condiciones indignas. También son imprescindibles, por ejemplo, en el deporte. ¿Cómo va a renunciar la selección española a un talento como Lamine Yamal?
Estos mensajes pueden estar bien en determinados contextos, pero solo son útiles –sin entrar en otras consideraciones– si se ha realizado el trabajo previo. Si no, ¿qué hacemos con los inmigrantes que, como tantos españoles, no destacan especialmente por ninguna cualidad? Los dormilones, los que se asfixian subiendo la compra a pie a un tercer piso y los que han ido al cine a ver Padre no hay más que uno 5 también tienen derechos.
Venzamos a un afecto con otro afecto
“Dato mata relato” es un relato. Y, para más inri, falso. He insistido en esto en varias ocasiones, la última hace un par de meses. Las razones, los datos y los catálogos programáticos son imprescindibles, pero insuficientes por sí mismas.
No somos movidos por la razón, sino por los afectos. Esto tampoco es el resultado de una perversión de la naturaleza humana provocada por la posmodernidad, el populismo o la polarización. Es una cita literal de Spinoza, tan reivindicado –con acierto– por Juan Ponte. Gana el que más moviliza, no el que tiene la verdad más pura o el mejor programa.
Marco mental, valores, principios, propuestas y afectos.
Enmarquemos los mensajes en una narrativa pública
Los mensajes sobre la inmigración desde un punto de vista de defensa de los derechos humanos solo serán efectivos, como todos, si forman parte de una narrativa coherente, integral e inteligible. La narrativa es la forma en la que traducimos nuestros valores en acción. Los valores insuflan la moral que necesitamos para dar un paso al frente, muchas veces asumiendo riesgos. El reto siempre es colectivo, por lo que la historia nunca se narra desde una atalaya, ni es una ristra de eslóganes.
En la narrativa pública deben conectarse tres historias: la historia del yo, la historia del nosotros y la historia del ahora. La inmigración ha jugado y juega un rol importante en nuestras vidas. De alguna u otra manera, ha influido en la conformación de quienes somos, tanto a nivel individual como colectivo. Y, por supuesto, juega un papel importante en los retos que afrontamos en un mundo en crisis.
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