Mucho se ha dicho sobre la delgada línea que separa la poesía de la publicidad, el verso del slogan. Están quienes ven allí un precipicio, un riesgo. Estamos los que vemos un puente. Surgen nombres, incluso. Diré el más obvio, solo para dejarlo bien presente sobre el final de este diario, como contraseña íntima, como centro alrededor parece orbitar casi todo lo que pienso: Fogwill. Puede cambiar el registro, puede cambiar el tono, incluso el objetivo, pero la operación es siempre la misma: ni más ni menos que combinar palabras.
Nadie sabe por qué funcionan La yerba que no afloja/ porque es de Las Marías o Que los demócratas se queden/ con la narrativa actual. El fenómeno es análogo cuando se lee que cuando se escribe. Incluso cuando se piensa. Las palabras se suceden, en la vida, en la cabeza, provenientes de fuentes misteriosas y poco claras: la radio, un cartel, un libro de poemas, la conversación en la mesa vecina, la memoria, la psiquis, la escritura (que involucra al propio cuerpo). De pronto uno, por alguna razón, se detiene en una particular sucesión de palabras que se destaca, también por alguna razón (que desconocemos), del resto; recorta, del continuum de la lengua, un segmento con principio y final. Esos misteriosos recortes son personalísimos: cada cual lo hace con la tijera que tiene. Cuanto más ligados están esos recortes con la sinrazón, es decir, cuanto más desconocemos su causa y menos queremos estudiarlos, cuanto más los vehiculizamos en lugar de dirigirlos, la manifestación personal de ese recorte, aquello que corta una serie de palabras del continuum de la lengua (y que acaso podamos definir como un –sino corte), más expresivos son, es decir, tienen más que ver con la sincronía del cuerpo, con lo más personal que tenemos y que contiene, de alguna manera, un ritmo hecho de aquello mismo que motiva el recorte: la voz. Entre los habitantes de una misma región, que comparten idioma, dialectos, sociolectos, etcétera, esa voz, aunque singular en cada caso, tienen una base común. Es lo que Saussure diferenciaba con los términos lengua (como sistema social) y habla (la manifestación individual de la lengua en acto).
En la Argentina de los ochenta y noventa, la poesía, la publicidad y el rock –a diferentes escalas y niveles– fueron vehículos expresivos que compartieron cierta fidelidad de sus hacedores hacia esa voz interior. Es decir, la voz personal (el habla, en términos de Saussure, definida por el modo particular de aislar, cortar palabras de la lengua) era el material con el que trabajaron muchos publicistas, poetas y songwriters.
Tengo hasta ahí.
Este newsletter está por terminar. Este diario que escribo, sin saberlo, desde hace cuatro años, está por terminar. Llevo un tiempo diseñando mis proyectos de escritura para el año que viene. Ya los tengo. Arrancan en noviembre de este año. Uno está orientado a la lectura (a escribir la lectura) y el otro al ensayo (a pensar escribiendo). Del primero saldrán reseñas, del segundo ensayos. Cada newsletter ocupa la instancia intermedia de esos procesos, la metodología, el road to del texto.
El objetivo, en ambos casos, fue sistematizar el proceso de escritura. De la lectura y mi psiquis al cuaderno. Del cuaderno al .doc. Del .doc a un newsletter. Del newsletter al texto (reseñas y ensayos). De los textos a los libros (Lecturas I, Ensayos I, Lecturas II, Ensayos II…).
Te piden que colabores, que financies, pero lo que te dan no lo amerita: podcast chatísimos, ciclos de entrevistas de prensa, reseñas de cuatro párrafos sin opinión. ¿Quién va a garpar todo esto? ¿Por cuánto tiempo? El streaming es la cancha de paddle del periodismo y el infoteintment: el parripollo, el videoclub, el café de especialidad. ¿Los medios culturales? Gacetillas de prensa hechas de canjes (de libros, de entradas, de arrobas), grupitos de personas haciendo lo que quieren, lo que les gusta, propagando la ideología del nicho, el mood del ghetto.
La paradoja de Fermi es la aparente contradicción entre la alta probabilidad de que existan civilizaciones extraterrestres inteligentes en el universo y la falta de evidencia de contacto con su existencia. Fue planteada por el físico Enrico Fermi en 1950, quien se preguntó: "Si hay tantas estrellas y planetas, ¿dónde están todos?”
Hay quienes prefieren pensar que somos parte de un zoológico cósmico en el que alguien más viejo, más fuerte, más sabio, nos observa a distancia. Alguien que no interviene, no se muestra, para no determinar el experimento. El silencio universal, la falta de una voz con la que podamos contactarnos, desde esta perspectiva, sería un signo de vigilancia.
Otros dicen que el silencio es la prueba nuestra singularidad. Que la Tierra es el accidente improbable de un montón de condiciones repetibles por separado pero imposibles en conjunto. Una coreografía perfecta entre luna, atmósfera y azar.
Están quienes sostienen que cada civilización, al crecer, va desarrollando la presunción de que hacer ruido es invitar al cazador, de que lo lógico, ante un espacio desconocido e inexplorado, es callar, esconderse, no emitir señales. Desde esta óptica la vida inteligente sería, ante todo, paranoica.
Tampoco hay que descartar lo más simple: quizás los viajes interestelares sean, realmente, inviables. El costo, la distancia, el tiempo. Puede que, suponiendo que haya otras civilizaciones, ninguna haya logrado salir de su propio sistema solar.
Ni la explicación del desencuentro: otros estuvieron, otros estarán, pero no ahora. Las civilizaciones nacen y caen demasiado rápido como para coincidir.
Robin Hanson es el creador de una teoría que se popularizado como Gran Filtro. Postula que, en el camino de la materia inanimada a una civilización intergaláctica, existe una o más barreras evolutivas (o “filtros”) tan improbables que solo una de miles de millones de especies logra superarlos. Una de las posibles explicaciones para este filtro implica una pasada de rosca técnica. Supone que una vez que una especie alcanza un nivel de inteligencia y desarrollo tecnológico avanzado, se enfrenta a riesgos existenciales que la llevan, directamente, a la autodestrucción por guerras, colapso ecológico o tecnológico. Desde esta posición la inteligencia traería consigo la semilla de la destrucción.
En una de esas sospechosas entrevistas que diferentes personalidades de la cultura dan, como en efecto dominó, en ciertos streamings, diciendo más o menos lo mismo en cada una, y que parecen cada vez más evidentes campañas de prensa u operaciones, lo escuché a Martín Kohan pensar en vivo sobre el acto de publicar. Dijo más o menos esto:
«La expectativa de una democratización de la palabra apareció, efectivamente, en los especialistas en este tipo de cuestiones que muy rápidamente dijeron Es fabuloso. No es que eso no ocurra en ninguna medida, pero claramente no es lo dominante. También voy a incurrir en mi hábito de ir para atrás y de ir también a Beniamin, que es alguien… bueno, me pasa eso porque cada vez que quiero pensar algo me aparece Beniamin. Porque en Beniamin también aparece esta expectativa, no necesariamente en términos o con los términos de la democracia pero sí de otra disposición de los espacios de poder. Cuando él dice Va a llegar el momento en que cualquiera va a poder tomar la pluma y escribir en un diario, esa posibilidad de ampliar el espacio de intervención nos sigue produciendo entusiasmo. Digamos: ¿en nombre de qué uno rechazaría o se opondría a un cambio de condiciones por el cual la posibilidad de tomar la palabra públicamente y escribir las propias ideas se multiplica? Lo que yo intentaba, en alguno de los de los medios que abrían los foros, era preguntar ¿por qué esto está siendo publicado en el diario? Porque yo no estoy a favor de la censura, claro que no, estoy a favor de la libre expresión, sí: publicalo en papel, decía yo, publicalo en las cartas de lectores del domingo. No, cómo vamos a publicar eso, cómo vamos a publicar “sorete mal cagado ojalá te mueras”, cómo vamos a publicar eso. Carta de lectores: escribe Jorge de Lomas: sorete mal cagado. Publicalo. Publicalo. No estoy diciendo censurar, al revés: publicalo en la sección de cartas de lectores de la edición en papel del domingo. No, cómo vamos a publicar eso. Pero lo estás publicando. En tu medio digital, lo estás publicando. Es ahí donde me parece que se puede o que cabe revisar la idea de la publicación. En un punto mi pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué en digital sí? ¿Por qué este diario o el otro o el otro o el que sea admite un espacio de publicaciones nauseabundas en su versión digital y no la admitiría de ninguna manera en su versión impresa? No tengo una respuesta concluyente. Sí noto que la idea detrás de todo esto es que los espacios digitales, en términos de los foros o los comentarios, no terminan de ser un espacio de publicación.»
Nada de lo que se publica en digital es del todo un acto de publicación, aunque lo sea. Es la publicación devaluada. Tiene de la publicación aquello de que lo publicado sale de uno para ir al mundo, pero el mundo al que va ya no es un mundo público, sino un ghetto, un nicho. ¿La sectorización de las sociedades en compartimentos estancos que no se vinculan entre ellos será causa o consecuencia de esto? En cualquier caso, la digitalidad parece consagrarse como el cementerio de los anhelos sigloventistas de instaurar nociones como lo público o bien común como motor de las comunidades.
La otra noche escuché a Romi desde el pasillo cantando un viejo slogan de una marca de autitos de juguete. «Hot Wheels: marca el camino». Como el español neutro no diferencia entre la primera persona en presente y el imperativo en tercera persona de "marcar" (nosotros sí: sin tilde, quien marca es Hot Wheels; con tilde, quien debe marcar es el destinatario), los sentidos se multiplican: Hot Wheels le marca el camino a los varoncitos (la ruta de los fierros y la competencia), a la vez que los insta a ellos a marcarlo, a dejar huella (la ruta del liderazgo).
Nunca deja de sorprenderme la cantidad de información que un eslogan podía contener, cifrada en el uso particular que hacía de la lengua de un determinado momento de una determinada sociedad. No es una reverencia al pasado lo que me convoca de los noventa. Es la fascinación por su uso particular de la lengua, en una época en la que el campo cultural aun no se había profesionalizado del todo y, en nuestro país en particular, la poesía, la publicidad y el rock, antes de estudiarse y componerse en talleres, profesorados y carreras de creatividad, se hacían tomando el habla (el uso particular de la lengua que, en términos saussureanos, hace cada hablante) como materia.
Leí Del matrimonio como una de las bellas artes, un libro que compila entrevistas, conferencias y un ensayo, que, en su conjunto, incumple la promesa del título: leer a Julia Kristeva y Philippe Sollers reflexionando sobre el matrimonio. No obstante, su lectura me deparó grandes momentos. Uno de ellos se cifra en un pasaje en el que Kristeva retoma dos recuerdos o sueños (ya no sabe bien) que coinciden casi exactamente con dos eventos de mi infancia.
En el primero, Julia está en el mar y es atrapada por una ola de la que se salva apenas por la mano de su padre. A mí me pasó igual, solo yo me agarré de la pierna. Recuerdo el evento con exagerada claridad. Estoy en la playa de Santa Teresita, inmerso en un mar que a mi padre le llega poco más que por encima de las rodillas. Viene una ola. Quedo sumergido totalmente por un agua espesa, marrón y verde, apenas translúcida. Mis pies se despegan del suelo. Estoy horizontal. Me voy. Me estoy yendo. De pronto me agarro con las dos manos de la pantorrilla izquierda de mi padre.
En el segundo, Julia cuenta cómo, en la escuela, no la dejaron ser abanderada por tener padres comunistas. A mí tampoco me dejaron ser abanderado. Escribo unos poemas cómicos, graciosos, en el sentido tinellezco del término. Son chistes. Poemas que giran, cada uno, alrededor de un/a compañero/a de clase. No es bulling. Los compañeros se ríen, incluso aquellos que los textos tomaban como objeto. Hay un episodio confuso por el cual yo dejo esos poemas en la mesa de la seño. La seño los lee. Se ofende. Dice que yo, por haber escrito eso, no puedo ejercer el honor que mis compañeros me habían confiado al votarme como abanderado. Dice que me va a echar. Cita a mi madre. No pasa nada. Pero abanderado no fui.
El otro siempre quiere algo de vos. Que seas lo que necesita que seas. Una relativa invención del otro parece ser inherente al vínculo humano. En tal caso, esto reforzaría una sospecha: que el amor es el esfuerzo por mantener al otro siendo otro. Ajeno, distante: exterior.
Siempre desconfié de la elegancia de la empatía. Ponerse en los zapatos de alguien, ante todo, expresa la reafirmación del propio cuerpo: los pies son siempre los nuestros.
Todo empieza y termina con el rechazo a discutir, con la fobia a la fricción de ideas.
Lo que le importa a quien discute es la discusión. La discusión como experiencia, como forma de conocimiento, como modo de aproximación a la verdad. Contrariamente a lo que se piensa, la discusión la dan quienes pueden salir un rato de sí mismos y crear algo. La rechazan quienes no pueden salirse de sí mismos ni siquiera cuando crean
Para cerrar, un fragmento de Juan Becerra, que dijo en una entrevista con Flavio Mogetta para el diario La gaceta: Hay un fetichismo de la autoría. Ni hablar de la autoría de literatura, del arte, pero de la autoría en general. Todos estamos un poco o bastante enamorados de la vida que llevamos porque queremos entender que esa vida es una construcción, es una obra personal cuyo encadenamiento se forjó eslabón por eslabón por voluntad propia. Me parece que es casi todo lo contrario. Uno se va quedando, hay movimientos, fuerzas que te arrastran, paradas técnicas. Y en esas paradas se consolida el rumbo o la quietud, algo que uno empieza a considerar como propio. Recuerdo haber curioseado mucho la filosofía cuando era más joven y haberme detenido en el concierto de devenir de Deleuze porque me parecía como lo más práctico para ejemplificar el curso de la vida. Uno es una cosa, después otra cosa, otra más y otra y otra, porque no es nada. Uno se enamora de las identidades que están fuera de uno porque la identidad no está dentro de uno, la que uno sostiene vinculada a la razón social, a la ocupación. ¿Yo soy un escritor? No sé, tengo mis dudas. No sé bien qué significa eso. Me parece que hay ahí una negación del tembladeral que es el interior, que reprimimos constantemente en nombre de la identidad que imaginamos para nosotros o que, peor todavía, los otros imaginan.

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