| Edición abril ´26 |
Hace unos años leí Una guía sobre el arte de perderse de Rebecca Solnit sin saber nada sobre ella y creyendo que me encontraría con un un coming of age lindo y entretenido, pero descubrí en cambio el universo profundo, analítico, extenso y crítico de la escritora estadounidense.
Algunas semanas atrás salió un artículo muy interesante que escribió para The Guardian sobre la era de la IA y qué nos está robando, y quería compartirte un fragmento:
“Las corporaciones capitalistas nos enseñan a ser más como ellos, a valorar la eficiencia y la rentabilidad y a olvidar los valores que al final podrían ser más importantes. Carecemos del lenguaje que nos permita apreciar lo arduo, lo incómodo, lo lento y sinuoso, lo impredecible, lo vulnerable o arriesgado, lo íntimo, lo corporal.
Resistimos la tiranía de lo cuantificable encontrando un lenguaje que pueda valorar todos esos fenómenos sutiles que, en conjunto, conforman una vida que vale la pena vivir. (...) Quiero elogiar la dificultad, no por sí misma, sino porque gran parte de lo que deseamos lo conseguimos mediante esfuerzos difíciles. (…)”.
Lejos de una apología al esfuerzo, este ensayo de Solnit es una invitación a cuestionar la forma en la que delegamos parte de nuestra capacidad analítica/emocional/creativa en la IA, y la manera en la que billonarios detrás de empresas internacionales agudizan el uso de la tecnología como herramienta para capitalizar sobre nuestra atención, atrofiar nuestra mirada crítica y disasociarnos socialmente.
En el medio de un proceso creativo profundo y transformador que me está desafiando, leer sus palabras, paradójicamente, me reconforta. Me recuerdan que el hecho de que crear sea difícil significa que me estoy animando a bucear en las profundidades de lo que implica ser humana intentando gestar arte a partir de mis experiencias.
No quiero delegar mi más importante recurso -mi voz- en una inteligencia artificial, quiero saborear cada parte de este proceso, mancharme el dorso de la mano mientras tacho oraciones de mi cuadernos, bailar la danza que hace mi cabeza con cada incertidumbre mientras escribo, patalear con cada traba, caminar cada confusión por las calles de mi barrio, emocionarme cuando una oración queda como la imaginé y que la obra que salga de este proceso sea imperfectamente humana y 100% mía.
“A lo que el ser humano más aspira es a convertirse en ser humano”
-Clarice Lispector
Esta introducción fue un poco como tirar de un hilo que atraviesa mis pensamientos estos días y diseccionarlo en tiempo real. Me parece importante abrir conversaciones y diálogos sobre este tema y me encantaría leerte en comentarios sobre tus impresiones o miradas.
Quizás hoy más que nunca sea esencial construir sistemas que nos sostengan como artistas, escritoras, músicas, creativas, que protejan nuestra atención y nuestros procesos de creación.
Una herramienta con la que vengo explorando estos últimos meses es la de cultivar un jardín digital. En esta carta virtual quiero compartirte un poco de qué trata y de cómo puede enriquecer tu proceso y transformar la forma en la que consumís contenido para, como diría Elisa de Hija del Internet, consumir como artista, otra versión con una vuleta sobre el robar como artista de Austin Kelon.
“Es tan importante desarrollar una práctica creativa personal fuera del trabajo. Un espacio donde la investigación sirva para alimentar la curiosidad, fortalecer el criterio y construir un archivo de referencias propias. Las herramientas seguirán evolucionando, pero nuestra intuición creativa y nuestras opiniones seguirán siendo lo único que haga que nuestro trabajo sea inconfundiblemente nuestro”.
-Maria Izvestkina
Es una colección curada de consumos digitales, donde podés organizar lo que consumís y conectar tus ideas. En tu jardín podés alojar colecciones de notas, ensayos e ideas latentes donde el orden cronológico no es realmente relevante. Me gusta la definición de Sara Pintado:
“Los jardines digitales son espacios virtuales donde podés almacenar, categorizar, conectar y cultivar tus ideas a lo largo del tiempo. El hogar digital donde todos tus pensamientos y notas de inspiración conviven en armonía”.
La idea de que sea un jardín es que, justamente, lleva tiempo para crecer, necesita ser regado, abonado y cuidado, e irá evolucionando con cada estación.
Seguir tu curiosidad: Es un espacio para seguir nuestras obsesiones, los rabbit holes que nos llaman, desarrollar una mirada, tu personalidad.
Diversidad de las fuentes: Desarollar autonomía en mis referencias (no siempre depedientes de algoritmos).
Reflexionar sobre lo que coleccionás: Nos permite descubrir patrones o puntos en común. Este espacio también nos motiva a corrernos de un consumo pasivo para encarnar un rol más activo. Escribir es una forma de pensar, dice Anna Howard en su video sobre digital gardening: tomar notas y bajar ideas como parte del proceso de pensamiento.
Consumo consciente: Dejar de guardar cosas en una carpeta para después a la que nunca volvés, para empezar a consumir más conscientemente.
“Con un blog, te diriges a una gran audiencia. Con un jardín digital, te diriges a ti mismo. Te centras en lo que quieres cultivar con el tiempo”.
-Tom Critchlow
En mi último video en mi canal de Youtube, te muestro en detalle cómo se ve mi jardín digital en Notion y te comparto herramientas para alimentar el tuyo.
En relación a recuperar los procesos 100% humanos y y cultivar nuestra mirada crítica, te recomiendo estas lecturas (todas están traducidas, pero te comparto las ediciones que yo leíe de cada una).
Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit
How to do nothing, de Jenny Odell
I didn´t do the thing today, de Madeleine Dore
Conseguí mis libros en librerías de Argentina, Latam y España, o directo desde la editorial.
Contame, ¿qué te pareció esta edición? Me encantaría leerte o saber que estás del otro lado, compartiendo mates y reflexiones conmigo.
Hasta la próxima edición,
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