Hay una cosa un tanto curiosa que me ocurre con mis novelas.
Cuando las publico, no vuelvo a leerlas.
Nunca.
Bueno, nunca es una palabra demasiado rotunda. Digamos que, hasta ahora, no he sentido la necesidad de regresar a ninguna de ellas.
Y no es porque no me gusten. Tampoco porque reniegue de lo que he escrito.
Es algo mucho más sencillo:
acabo agotadísimo de ellas.
Cuando una novela llega a tus manos, probablemente yo ya la haya leído entre cinco y quince veces. Y no exagero.
Termino el primer borrador y comienza la fiesta.
Primera lectura. Reescritura. Otra lectura. Correcciones. Cambios. Una nueva revisión. Otra más porque he tocado determinadas escenas. Después llegan los correctores, aparecen nuevas modificaciones y vuelta a empezar.
Al final conozco algunos párrafos casi de memoria.
Y sucede algo curioso.
Durante meses he vivido dentro de esa historia. Me he levantado pensando en sus personajes, he salido a pasear buscando soluciones para ellos y me he acostado dándole vueltas a una escena que no terminaba de funcionar.
La relación llega a ser bastante intensa.
Hasta que un día publico la novela.
Y entonces creo que ambos necesitamos recorrer nuestros propios caminos.
Ella se va contigo.
Yo me quedo buscando la siguiente historia.
Tomar distancia es probablemente lo mejor para los dos.
A veces me pregunto qué ocurrirá dentro de unos años. Si algún día miraré la estantería, cogeré una de aquellas primeras novelas y empezaré a leerla con la curiosidad de quien se encuentra con una versión antigua de sí mismo.
Tengo ganas de saber qué sentiré.
Quizá me sorprenda para bien.
Quizá descubra cosas que hoy escribiría de una manera completamente diferente.
O quizá me convierta en uno de esos autores que miran sus primeras obras y piensan: «Madre mía, ¿de verdad publiqué esto?».
Supongo que también será interesante comprobarlo.
Porque una novela refleja la persona y el escritor que eras cuando la escribiste. Y quiero pensar que dentro de diez años escribiré mejor que ahora. De lo contrario, algo habré hecho mal por el camino.
De momento, prefiero que mis novelas sigan su vida sin mí.
Están en buenas manos.
En las tuyas.
Eso sí, si dentro de unos años releo la primera y descubro que es horrorosa, tenemos un acuerdo:
tú no me conoces y yo nunca escribí aquello.
Un abrazo grande,
Luis David
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