Hace un año, en uno de esos arranques de impotencia que suelen terminar en trance creativo, escribí sobre la tendencia de idealizar la miseria. Me molestaba - y sigue molestando - el uso de eufemismos para no mirar de frente los problemas de nuestras sociedades.
Hoy me preocupa algo más profundo que la cosmética verbal: la promoción de la irresponsabilidad individual. En una sociedad de adultos, la aspiración natural debería ser la independencia. Me refiero a ser independiente del Estado, de las subvenciones y, llegada una edad, de nuestros padres. El adulto promedio debería buscar la capacidad de costearse una vida digna y proveer para los suyos sin depender de transferencias públicas, salvo, lógicamente, que trabaje para esos mismos entes.
Sé que con estas palabras, más de uno me propiciará etiquetas automáticas. Me llamarán desalmado, facha o ultraderechista, sugiriendo que deseo que los pobres se mueran en la calle. Nada más lejos de la realidad. Considero que, como sociedad, tenemos el deber moral de ayudar a quien realmente lo necesita, pero mis querellas con el Estado de bienestar no nacen de una falta de empatía, sino de su estructura de (des)incentivos. Me parece fantástico que existan mecanismos de protección para quienes, por una discapacidad, una situación de pobreza extrema o un periodo de desempleo temporal, no puedan sostenerse. Pero el matiz está en ese “quien lo necesita”. Un joven de veinticuatro años, con empleo y viviendo bajo el techo de sus padres, no necesita un bono cultural para ver a Bad Bunny o descuentos en trenes y aviones para irse de vacaciones en verano. Lo que necesita, aunque suene anticuado, es trabajar, ahorrar y proyectar un futuro propio.
La labor de los gobiernos no debería ser fabricar ciudadanos dependientes, sino allanar el camino para que la gente prospere por sus propios medios. No se trata de eliminar las ayudas por completo, sino de promover las herramientas necesarias para independizarse. Se me hace inexplicable que una afirmación tan básica pueda considerarse polémica.
Ya en 2019, la Fundación BBVA ilustraba esta brecha cultural. En España, más del 75% de los ciudadanos encuestados cree que el Estado es el responsable de garantizarles una vida digna. Es una cifra que choca con la mentalidad de vecinos como Francia o Alemania, donde, a pesar de tener Estados de bienestar robustos, la responsabilidad individual pesa mucho más en la balanza de la opinión pública. Sospecho que, si repitiéramos la encuesta hoy, los resultados serían aún más desalentadores. Lo veo en la calle, en los mensajes de las manifestaciones y en esa actitud de “eterna adolescencia” que se extiende hasta bien entrados los treinta. Veo mucho Carpe Diem y privilegios disfrazados de derechos, pero muy poca voluntad de ganárselos. Veo una generación frágil que se ha resignado a no trabajar por su futuro, quizás porque viven instalados en la desesperanza o sumidos en la comodidad y lo fácil.
Aquí es donde el ejemplo de los países nórdicos me resulta iluminador, porque suele romper los esquemas de este debate1. A menudo nos venden a Dinamarca o Suecia como el paraíso del estatismo, pero se omite la otra cara de la moneda: son sociedades con una cultura de la responsabilidad individual férrea y mercados laborales extremadamente flexibles. Allí, el sistema te ofrece una red de seguridad si te caes, pero la expectativa social es que corras por tu cuenta desde el primer minuto.
A fin de cuentas, la moral de una sociedad determina el accionar de sus políticos y, a consecuencia, el funcionamiento de su economía. Si la gente renuncia a hacerse responsable de su propio bienestar, el resultado inevitable será una población empobrecida y dependiente.
Esto no es una cuestión de ideologías. Uno puede defender que la educación y la sanidad han de ser públicas y, al mismo tiempo, perseguir su propia independencia financiera. No son conceptos excluyentes; son el cimiento de una ciudadanía libre. De una sociedad de adultos.
Asumir la carga de nuestra existencia es el verdadero acto de madurez. El riesgo de dejar que el Estado tutele cada uno de nuestros pasos es que, con el tiempo, perdemos la musculatura necesaria para caminar solos. Y una sociedad que no camina sola está condenada a que otros decidan siempre su dirección.
Personalmente, sigo sin compartir o apoyar esos niveles estatismo, pero se me hacen preferibles a nuestra situación actual.
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