La consistencia es una de las claves del éxito.
Una de un montón, pero igual o más importante que las demás. En cuanto fue progresando el año, me volví un vago con esta cuestión de escribir. O más bien, siempre fui un vago, pero mis ganas de escribir se mantuvieron a escasos metros por delante de mi vagancia; sintiéndola rozarme los pelos de la nuca, pero nunca alcanzando a agarrarlos.
Pero la motivación y la inspiración son compañeras inciertas y de poco fiar. Son esos amigos (como yo) que el miércoles te proponen un plan para el fin de semana pero cuando llega la fecha se quedan en casa viendo Netflix, leen tus mensajes desde la pantalla bloqueada del teléfono, y lo dejan a un lado después de ponerlo en silencio.
El problema es que así no se llega a ningún lado. No me estoy poniendo más joven, y si me frustró mucho que mis padres no me forzaran en mi juventud a seguir el camino del deportista de élite, para poder retirarme a los 35 con cuatro propiedades y un tatuaje del Diego en la pantorrilla, debería frustrarme de igual forma mi conformismo y falta de diligencia para la escritura. Ambas cuestiones que están bajo mi absoluto control.
Una vez más, me obligo a tender un velo sobre mi cinismo que, mientras redacto estas líneas, me recuerda que el año nuevo no es más que otro invento de nuestra humanidad hambrienta de encontrar un significado en cada recoveco, en especial cuando Dios parece no ofertar respuesta suficiente. Por ello, como muchos otros millones de ilusos (o soñadores, según como lo veas) que pretenden mantener viva la llama de la ilusión, me propuse una serie de metas para el 2026. Muchas de las cuales es probable que no sobrevivan el invierno, pero no por eso me parece mal dejar constancia de alguna para responsabilizarme por ella. Estoy buscando fomentar “accountability”, como dirían los gringos, que es una palabra que me gusta mucho, porque aunque el traductor me la marca como responsabilidad, tiene un significado más específico que su versión en castellano no logra capturar.
La meta que me propongo para este año entrante de nuestro calendario cristiano es la de Escribir. Escribir, maldita sea, escribir. Pasé buena parte de un año buscando y pensando excusas para no sentarme a hacer una de las tareas que, me digo a mi mismo, son fundamentales para mi bienestar mental y desarrollo personal. Como me pasa con otros de mis hobbies, expreso mi deseo de alcanzar un objetivo pero procedo a no invertir las horas necesarias para conseguirlo. A continuación, me lamento porque no me gusta lo que escribo, o mi newsletter no crece como me gustaría, o nadie viene a reconocerme mis textos, ni mucho menos publico un libro.
Y ¿por qué? Porque no escribo.
Entonces, no queda otra que sentarse a escribir hasta borrar las letras del teclado. A diferencia de ese futbolista que a los treinta y cinco ya tiene las rodillas de cristal, el escritor no tiene fecha de vencimiento; lo que hace que mi falta de diligencia sea todavía más imperdonable.
Para echar leña al fuego, he decidido saltar el muro: voy a empezar a explorar la ficción. Mis reflexiones habituales seguirán firmes aquí, pero de vez en cuando permitiré que una historia tome el mando. Es un sueño que cargo desde chico, pero el miedo al ridículo me mantuvo siempre de este lado de la frontera creativa.
La semana que viene debutaré con mi primera ficción, lo cual me tiene emocionado y nervioso a partes iguales. Si no llegan a ver una historia en su inbox dentro de una semana, sabrán que los miedos y la vagancia me ganaron otro round.
Hasta la próxima,
Lucas.
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