Si estás suscrito a Edu PE y te suena este título, no estás alucinando; me inspiré en su publicación de la semana pasada. Te recomiendo encarecidamente que la leas (y te suscribas), porque no tiene desperdicio. Te lo dejo aquí abajo.
Como indica el título, hoy repasaré cuatro falacias que escuchamos a diario en los medios, en las redes y en boca de políticos y activistas. Suelen pasar desapercibidas, envueltas en buenas intenciones, pero tienen impactos devastadores en la sociedad.
Para entenderlas mejor, recurrí a un libro imperdible: “Hechos y Falacias Económicas” de Thomas Sowell. Un estudio profundo, repleto de datos, que desmienten los mitos económicos que nos venden a diario. Es, en mi opinión, un manual de defensa personal intelectual para evitar ser engañado por populistas y demagogos.
En el espíritu de la transparencia: la sabiduría es de Sowell, los ejemplos (y la indignación) son míos.
En términos simples, esta falacia asume que lo que es cierto para una parte, automáticamente lo es para el todo. Una política que beneficia a un grupo específico no siempre traslada ese beneficio a la sociedad; a menudo, el resultado general es peor.
Sowell utiliza una metáfora imbatible para explicarlo. Si estás en un estadio y te pones de pie, verás mejor el partido. Sin embargo, si todos los espectadores se ponen de pie al mismo tiempo, nadie verá mejor, y todos estarán incómodos.
Un ejemplo real, familiar para españoles y latinoamericanos, son las leyes de protección extrema al empleo. Supongamos que un político de gran corazón (y ganas de votos) propone una ley para dificultar al máximo el despido. Para el empleado que ya tiene un puesto, esta ley es una maravilla porque su puesto está blindado y le otorga seguridad.
Sin embargo, aquí es donde entra la trampa. Para el empresario, contratar se vuelve una decisión de altísimo riesgo y coste. Como consecuencia, las empresas dejan de contratar, se dispara el desempleo juvenil, empeoran los sueldos de entrada y crece la economía sumergida. El remedio termina siendo peor que la enfermedad: al intentar blindar a los que están dentro, se condena al desempleo a los que están fuera.
Otro ejemplo de esta falacia es la reconocida titulitis de la que nuestras sociedades adolecen. Tener uno o varios títulos universitarios suele mejorar los prospectos laborales y económicos. Esto fue la norma durante varias generaciones, y por ello tanto el Estado como la sociedad, lo promueven de forma activa.
Por desgracia, si la oferta de graduados con másters y títulos universitarios crece más rápido de lo que el mercado la demanda, el valor del título se deprecia. Se vuelve un requisito mínimo de entrada, en lugar de una palanca a la prosperidad. El mercado se inunda de graduados y titulados frustrados porque las posibilidades de ascender socialmente se vuelven remotas y excepcionales. Lo que era bueno para un grupo, pasa a ser perjudicial cuando se generaliza.
Su nombre completo es post hoc, ergo propter hoc (“después de esto, por lo tanto, a consecuencia de esto”). Es la falsa creencia de que, si el evento B ocurre después de A, entonces A causó B. Es el equivalente económico a creer que el sol sale porque el gallo cantó antes.
Es la falacia favorita de los políticos, especialmente cuando se trata de atribuirse el mérito de una recuperación económica que iba a ocurrir de todos modos. Imaginemos un suceso disruptivo, como una pandemia. Tras el shock inicial, la economía inicia su rebote natural: las empresas reabren, los turistas regresan y el consumo se reactiva. La economía crece simplemente porque está recuperando el terreno perdido.
Sin embargo, el gobierno de turno aprovecha este rebote para inyectar dinero en sectores clientelares y estratégicos con kits digitales, bonos culturales o subsidios varios. Se presentan como los salvadores del pueblo y arquitectos de la recuperación. Luego salen en rueda de prensa mostrando números verdes, haciendo gala de unos resultados en los que tuvieron poco que ver, o que incluso, entorpecieron con su gasto inflacionario. El sol iba a salir igual, pero el gallo insiste en cobrar.
Para leer sobre otro ejemplo de esta falacia, te recomiendo leer mi artículo sobre el fin de la caza industrial de ballenas.
En mi opinión, esta es la más fascinante y peligrosa. Es la filosofía por antonomasia del planificador central. La creencia de que los humanos somos piezas inertes en un tablero de ajedrez, que pueden ser movidas a voluntad del político para lograr un diseño social perfecto.
Desde la URSS hasta Venezuela, la historia ha demostrado que forzar a millones de individuos a alinearse con la visión del partido es un suicidio. Pero en nuestras democracias, esta falacia persiste de formas más sutiles, como vemos, por ejemplo, con la Ley de Vivienda. El gobierno decide que los alquileres son caros y aprueba una ley para topar precios y dificultar los desahucios, bajo la lógica infantil de que si prohíben subir precios, la gente pagará menos y vivirá mejor.
Pero los propietarios no son piezas de ajedrez; son individuos con incentivos y miedos. Su reacción es lógica y defensiva. Muchos retiran sus pisos del mercado por falta de rentabilidad y seguridad jurídica, mientras que otros se vuelven paranoicos en la selección de inquilinos, exigiendo avales bancarios, nóminas de funcionario y meses de fianza. El resultado es que la oferta se desploma y los precios de lo que queda se disparan. Los jóvenes y vulnerables, a quienes la ley prometía proteger, terminan siendo los grandes perdedores porque el planificador movió una pieza, pero el tablero entero se rebeló.
Ocurre cuando se defiende una política deseable, como la salud, la seguridad o la educación, sin definir nunca un límite de gasto o un criterio de finalización. Es la receta perfecta para el despilfarro.
Sowell nos recuerda la primera regla de la economía: los recursos son escasos y tienen usos alternativos. El dinero que gastamos ciegamente en una causa, se lo estamos quitando a otra.
Si decidimos reducir las muertes de tráfico a cero bajo la lógica de un “final abierto”, podríamos poner radares en cada esquina, bajar el límite a 20 km/h y obligar a conducir tanques blindados. Lograríamos el objetivo, pero habríamos destruido el transporte y dilapidado el presupuesto de hospitales y escuelas.
Esto lo solemos ver aplicado a todo tipo de causas nobles: la violencia de género, la desigualdad social, la protección del medioambiente, el crimen o la inmigración ilegal.
El truco del político aquí es utilizar la falsa dicotomía moral, acusando a quien se oponga a sus propuestas de no preocuparse por las víctimas, los pobres o los ciudadanos de a pie. Al no poner un límite, exigen un cheque en blanco a la sociedad para gastar e implementar medidas sin control.
Estas falacias no son errores inocentes; son herramientas retóricas que moldean nuestra realidad. Su impacto va desde leyes que destruyen el acceso a la vivienda hasta políticas que hipotecan nuestro futuro económico. Lo más preocupante es su omnipresencia. Una vez aprendes a detectarlas, ya no puedes dejar de verlas en cada telediario y debate parlamentario. Y esa incomodidad, querido lector, es el primer paso para dejar de ser engañado.
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