El viaje comenzó mal. Cuando bajé del tren, me percaté de que había cambiado, sin querer, mi maleta con un desconocido. Tenía un pasaporte alemán, ropa XXL, una cartera con documentos y algo de dinero. Pero no tenía nada mío. Quedó todo en un vagón perdido.
Regresé a Viena persiguiendo tu recuerdo. Tú, inmersa en tus estudios de doctorado en el Atrium Hof 7. Tu obsesión con Freud y los recovecos de la mente humana. Yo me reía, porque no había nada más arquetípico que obsesionarse con Freud en Viena. Para llevarte la contraria, te daba la turra con Zweig. Te obligaba a visitar sus cafés. Te contaba lo que sucedía en sus novelas. Te comparaba con sus protagonistas. Recuerdo que, cuando venía a visitarte, pasaba mucho tiempo en los cafés mientras estudiabas. Frecuentaba el Café Museum y sus aterciopeladas sillas rojas. Allí escribí mis primeros relatos, aún imberbes.
En uno de ellos fantaseaba con qué había sido de Jesse y Céline después de Antes del anochecer, la última película de la trilogía. Describía su vejez en un pueblito del extrarradio de París. Y, en realidad, estaba describiendo la nuestra. Tú y yo, lejos del mundanal ruido, tú preocupada por mis achaques, yo observando tu grandiosa madurez. Te lo leí ilusionado, pero no me compraste ese final para Jesse y Céline. Decías que era un poco triste para ella. Ahí comprendí que nuestro futuro se me escurría entre los dedos.
Luego se constataron mis presentimientos, años después. Pero mientras iba y venía a Viena, adoptamos todos sus símbolos como propios. Giramos y giramos en las norias del Prater, nos hicimos expertos en Klimt, nos doctoramos en los mejores applestrudel de la ciudad, paseamos por sus edificios centenarios como si hubiéramos pactado con el tiempo. En realidad, la juventud es un poco así, una suerte de inconsciencia, vivir como si fueras a ser eternamente joven.
Pasear por el centro solo, sin cartera ni identidad, era infinitamente peor. Me dio la impresión de que a la ciudad le faltaba elementos que había conocido y que otros estaban deformes o exagerados. Exploré la cartera del alemán y pensé en aquella película de Manolo Solo donde adopta otra identidad casi por accidente, pero no me convenció ser médico para una clínica privada en Baviera. Prefería mi trabajo discreto e insignificante.
Dejé la maleta en la consigna y me propuse sobrevivir dos días vagando por la ciudad hasta que el lunes abriera la embajada. La ciudad celebrará su Nationalfeiertag, fiesta nacional austríaca. Con un poco de suerte, podría extraer unas cervezas de la exquisita educación de la gente.
Fue precisamente un día nacional cuando te conocí. Iba tan borracho que no sé cómo te dignaste a quedar de nuevo conmigo. Te vendí que estaba a punto de licenciarme, pero lo cierto es que trabajaba sirviendo salchichas en un puesto cercano a Karlsplatz y que me quedaba más de la mitad de la carrera. Tuve que volver cuando se me acabó el dinero, pero mantuve un hilo conductor con el lugar al que Zweig no regresó: tú.
Apuré todas mis opciones para mantenerme a tu lado. Todo lo que me permitió el trabajo y mi clase social, claro. Como siempre que volvía lo hacía liberado, Viena se transformó en un espacio idílico y sin obligaciones. Por la mañana, paseos, cafés y escritura. Por la tarde noche, Freud, amistades de ida y vuelta y tu cama, esponjosa como una kaiserschmarrn. Tú residencia se convirtió en mi hogar intermitente.
Un lugar mucho más acogedor que el jardín donde he dormido las dos últimas noches. Como Jesse y Céline, el día que se conocieron, lo he hecho a la intemperie. Como Jesse, he vuelto a Viena porque aún albergo la esperanza de que aparezcas por tus rincones favoritos. A ti no te convencía el final de mi cuento, pero a mí tampoco me convencieron las llamadas telefónicas y una voz cada vez más distante. No me convenció cuando sugeriste que había otra persona ni el momento en que dejaste de devolverme las llamadas.
He vagado todo el fin de semana por los sitios que frecuentábamos a ver si encontraba una doctora con tu nombre y apellidos. Sin éxito. He suplicado a Zweig para no encontrarte acompañada por un hombre decente.
Ahora, que he buscado calor, de nuevo, en el café Museum, o que quizás solo me ha traído el subconsciente, creo haberte visto en la mesa que acostumbrábamos. El suave vaivén de tu pelo. Esa manera tan académica de sentarte. Y apuro en la servilleta un final para estas líneas mientras, ilusionado, habito la idea de que tú también has venido a buscarme.
Además de contaros que he estado por Viena, os cuento que esta semana comenzaré a publicitar los talleres para el próximo curso (es seguro tendremos uno en el Ateneo de Jerez y otro en La Yerbabuena, ambos presenciales). Perdonadme si me pongo intensito.
De momento, este taller es online en septiembre y las plazas se va completando: Tú tienes mucho cuento. Serán tres sesiones y es ideal si quieres experimentar y saber si te va este formato. Si quieres saber más, solo tienes que escribirme a elespaciorelatado@gmail.com.
Y poco más os cuento. Que he estado de vacaciones y he vuelto cansado y al mismo tiempo con ganar de levantar proyectos. Espero que apuréis este mes a tope y disfrutéis de vuestras vacaciones, quienes podáis hacerlo. Y quienes no, ánimo, que todo llega.
Sea como fuere, que tengáis un feliz verano 🌞💜
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