Quería escribir antes de acabar el año y hacer balance de lo que fue un 2025 eléctrico, que sucedió a una velocidad de vértigo. Pero un final de año ajetreado laboralmente y una neumonía me lo impidieron. Luego, con la avalancha de noticias de trascendencia mundial, Trump como un acosador de instituto desatado, los accidentes ferroviarios, el nada sorpresivo desenmascaramiento de Julio Iglesias y las polémicas literarias de turno, decidí guardar silencio. Bárbara Blasco hizo estos días una lúcida apología sobre el valor del silencio en este mundo hooliganizado.
Entonces pensé en dónde refugiarme, ahora que me abruma tanto ruido, y como siempre recalé en la lectura. La única manera que conozco de parar el tiempo. Elegí el libro Oxígeno, de Marta Jiménez Serrano, llamado a ser uno de los libros potentes de esta entrada de año. En él cuenta la autora cómo estuvo a punto de morir por una intoxicación de monóxido de carbono en un piso que le habían alquilado en Madrid. Me siento identificado porque la autora narra las dificultades de vivir en una gran ciudad al tiempo que proyecta su carrera literaria y lo combina con otros trabajos, algo que intenté sin éxito durante una época de mi vida. De repente, pensé que la sensación de fragilidad que transmite esta novela biográfica, un pelín ensayística, y que se me acrecentaba al leer en los diarios noticias sobre el accidente ferroviario, era porque en el fondo, consciente o no, Oxígeno es una novela política.
El libro habla, entre líneas, de cómo los tejidos comunitarios se están difuminando en la ciudad y estamos más solos de lo que creemos. De cómo sus habitantes se convierten en sardinas en latas por obra y gracia de sus conciudadanos, de cómo los rentistas aprovechan su posición de poder para generar subordinaciones cada vez más cruentas, al entender al prójimo como una mera fuente extractiva. El libro habla también de cómo la velocidad de la vida no nos permite atender nuestras propias vulnerabilidades (que sana Marta cuatro después) y nos dificulta al extremo atender la de los demás. Y, aunque en el caso de los protagonistas, Juan -Gómez Bárcena, excelente escritor- y Marta, el final es feliz, muchas otras personas no tendrán ni el talento ni la fuerza de voluntad ni la garra para darle la vuelta a la tortilla del infortunio.
Esta mañana, al levantarme, leí en el diario el cierre de Tipos Infames. La librería moderna por excelencia de Madrid echa el cierre por la gentrificación. No hace falta que nos lo cuenten; igual que Marta y Juan encontraron una casera cuya irresponsabilidad casi les envenena hasta la muerte, los “caseros” de Tipos Infames no tienen en absoluto en cuenta el valor cultural que han proporcionado durante 15 años a una ciudad donde la cultura y el pensamiento crítico deberían ser protegidos a cal y canto. La ciudad, por supuesto, sigue su ritmo hiperacelerado de transformación neoliberal y no se detiene, exhibiendo una impúdica inmisericordia. Como en la novela, no hay tiempo de lamer heridas. Que cada cual se apañe en este darwinismo de cemento y purpurina ideado por fondos buitre y ejecutado con ciega admiración por la Trump de nuestras tierras, Isabel Díaz Ayuso.
El día de fin de año me leí este clásico de la literatura yonki andaluza, que deja a los del realismo sucio norteamericano como vulgares principiantes. Narra una Sevilla durísima, donde la heroína derrota a marginales y culturetas por igual. Es un libro que deja testimonio de un mundo que fue, del que nos conviene aprender y que, por desgracia, aún guarda resonancias con nuestros días. Editado por Barret.
Película sobre la identidad y las segundas oportunidades, cocida a fuego lento, con un Manuel Sollo espléndido. Esta película, pequeñita, nos hace sentir más humanos en medio de un contexto como el que he explicado arriba. La escena de Sollo dándole las llaves de su piso a una extranjera y diciéndole: “quédatelas, ya hablamos más adelante”, ya hace que la película merezca la pena.
No me ha gustado nada el final deux ex machina de esta temporada de True Detective, pero solo por su ambientación y la presencia de lo fantástico merece la pena. Es increíble cómo una serie que comenzó con una excepcional temporada donde la masculinidad tóxica estaba omnipresente, acaba en su cuarta manifestación como un alegato feminista como pocos recuerdo en series detectivescas (quizás Creedme y la última temporada de Broadchurch).
Me tiene obsesionado esta canción de un grupo de la Siberia extremeña, en la que tratan los conflictos de la juventud que vive en zonas rurales. Las tensiones que provoca la posibilidad de emigrar, el sentimiento de pertenencia, “Suerte la tuya de poder vivir onde naces”, “to los domingos de vuelta a las capitales”.
Y estas semanas me ha pasado un poco de todo a nivel literario. Me concedieron la beca del estado para 2026, lo que me permitirá dedicarme más a la literatura y a mi próximo proyecto. Viajé y volví a Valencia a charlar con el Seminario de Mujeres Grandes. Acabé mi primer curso de narrativa presencial en Jerez, en el Ateneo de Jerez, que retomaremos a primeros de febrero con nuevos contenidos. También he preparado un nuevo curso, que anunciaré próximamente. Y esta y la semana que viene imparto dos talleres en la Fundación Caballero Bonald: Cartografía de tu voz literaria, hoy. Y la semana que viene: Comprendiendo el mundo editorial.
En definitiva, que no me aburro.
Y eso es todo, que no es poco 😊. Espero que hayáis comenzado bien el año. Sé que ha empezado duro, pero recordad que lo importante es cómo acaba, no como empieza.
Nos quedan muchas alegrías por vivir.
Gracias a todas por estar ahí 💜
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