Nada es inmutable, todo cambia constantemente y todo pasa. Pasa lo malo (aunque sumidos en el sufrimiento no seamos capaces de verlo) y pasa también lo bueno. Y por mucho que me gustaría aferrarme a determinados momentos, personas, lugares… todo cambia. Lo que sea que estés viviendo ahora mismo, tú que me lees desde el otro lado de la pantalla, también pasará.
Para mí, ha llegado el momento de algo nuevo. Hace más de cuatro años que inicié la etapa que ahora cierro liderando el área de marketing en BEONx. Era enero de 2022 y en aquella edición de Fitur no teníamos stand y todavía llevábamos mascarilla. Parece que fue ayer y, al mismo tiempo, parece que haya pasado toda una vida. Y es que algunas etapas acaban siendo verdaderamente intensas y transformadoras.
He decidido comenzar un nuevo proyecto profesional. Y lo hago desde la satisfacción y el orgullo por el camino recorrido, y al mismo tiempo, con toda la ilusión por lo que está por venir.
A raíz de mi decisión, muchas personas de mi entorno (la mayoría profesionales vinculados a la comunicación, el marketing y el entorno digital) me han hablado de sus ganas de cambiar de trabajo o de sus dudas constantes sobre hacerlo.
Todos parecen estar atravesando preguntas similares. Como si muchos hubiéramos llegado al mismo punto vital o como si existiera una generación entera replanteándose qué hacer con su tiempo, su energía y su talento.
De todas esas conversaciones y dudas compartidas, he extraído el siguiente resumen donde aglutino los principales miedos y motivaciones que más aparecen cuando alguien empieza a plantearse si ha llegado el momento de cambiar. Quizás te sientas indentificada/o.
La seguridad. Abandonar un puesto estable nunca es fácil. Tienes cierta tranquilidad económica y un lugar conocido. El problema aparece cuando esa estabilidad deja de compensar la sensación de estar atrapado en un sitio que ya no te llena.
La antigüedad y la indemnización. Existe una sensación muy extendida entre algunos trabajadores de que marcharse implica “perder” algo acumulado durante años: antigüedad, derechos, una posible indemnización futura… como si hubiese una especie de bolsa emocional y económica que cuesta muchísimo soltar.
Las responsabilidades económicas. Hipotecas, hijos, cargas familiares o simplemente la necesidad de mantener cierta estabilidad financiera. Probablemente este sea el factor más determinante de todos. Cuando no tienes colchón o dependes de ese sueldo para sostener una estructura vital, cambiar de trabajo deja de parecer una aventura y se presenta como un riesgo real.
El miedo. Miedo a no estar a la altura, a haberse quedado atrás, a no haberse reciclado lo suficiente mientras todo cambia cada vez más rápido. Parte de ese miedo probablemente sea inseguridad, pero otra parte sí tiene una base objetiva: en nuestro ámbito (marketing, comunicación, digital) la actualización constante no es opcional y los ciclos con cada vez más cortos. Surfear la ola del cambio es cada vez más difícil.
La comodidad. A veces se parece mucho a esa pereza de un domingo por la mañana bajo las mantas cuando la noche anterior juraste que saldrías a correr. Sabes que moverte te hará bien, pero quedarse en la cama es muchísimo más cómodo.
El contexto social y económico. La incertidumbre política, económica y laboral tampoco ayuda. Cuando todo parece inestable fuera, muchas personas optan por aferrarse aún más a aquello que conocen, aunque ya no les haga felices.
La edad. Pensar que ya eres demasiado mayor para empezar de nuevo o que determinadas oportunidades “ya no son para ti”. Y sí, quizás ya no somos tan jóvenes pero… sigue leyendo.
La irrupción de la inteligencia artificial. Hablemos claro: algunos puestos van a transformarse radicalmente (o incluso desaparecer) en los próximos años. La IA no solo está cambiando cómo trabajamos, también está redefiniendo qué perfiles serán relevantes en el futuro. Las empresas buscan profesionales capaces de entender, integrar y trabajar con herramientas de IA, por lo que quienes ya han desarrollado estas competencias parten con ventaja. Muchas personas ya están tomando decisiones profesionales pensando en ese escenario.
La conciliación y la flexibilidad. Tras la pandemia vivimos un auge del trabajo remoto y de modelos mucho más flexibles. Sin embargo, en los últimos años muchas compañías han impulsado una vuelta al presencial que no todo el mundo está dispuesto a aceptar. Para quienes valoran la libertad geográfica, la autonomía o simplemente una mejor integración entre vida y trabajo, esto se ha convertido en un factor decisivo. El problema es que las empresas que realmente apuestan por la flexibilidad son menos… y, por tanto, sus puestos vacantes, más competidos.
El sueldo. A menudo, la manera más rápida (o la única) de mejorar salarialmente es cambiar de empresa. Reconozcámoslo: permanecer en el mismo sitio dándolo todo durante muchos años rara vez viene acompañado de una evolución económica proporcional.
La progresión profesional. Lo mismo ocurre con el crecimiento. Hay momentos en los que sientes que ya has aprendido todo lo que podías aprender en un sitio. O que ese ascenso que esperas nunca va a llegar. No porque no tengas capacidad, sino porque la estructura, las oportunidades o el momento de la empresa no lo permiten. Si quieres seguir creciendo, tendrás que hacerlo en otro sitio.
La edad. Lejos de ser un inconveniente, la experiencia acumulada es precisamente lo que puede darte una ventaja competitiva frente a otros perfiles más junior, especialmente cuando son precisamente los perfiles entry level quienes más están siendo substituidos por la IA.
Tu feje/a. Es sorprendente la cantidad de personas que terminan dejando un trabajo no por el puesto o por la empresa, sino por quien lidera el equipo. Cuando la relación con el responsable se deteriora, o se resiente la confianza, la mayoría asume lo inevitable: solo puede quedarse uno. Y no eres tú.
La ciudad y el estilo de vida. Algunos trabajos te atan a ciudades en las que ya no quieres vivir o a rutinas que ya no encajan con la vida que deseas construir. Cambiar de trabajo, en esos casos, no tiene tanto que ver con lo profesional, sino con decidir cómo quieres vivir.
El burnout… o el boreout. El primero tiene que ver con el agotamiento constante. El segundo, con algo mucho más silencioso pero igual de destructivo: el aburrimiento crónico, la desconexión, la sensación de estar apagándote poco a poco. Porque no solo desgasta el exceso de trabajo; también desgasta profundamente sentir que no estás creciendo, aprendiendo o desarrollando tu verdadero potencial.
Sean cuales sean las razones que motiven el cambio, irse de un sitio puede sentirse como una liberación o como un salto al vacío. Lo que tengo cada vez más claro es que hay momentos en los que quedarse por miedo termina siendo más doloroso que irse con incertidumbre.
Saber marcharse a tiempo no es fácil. Implica reconocer cuándo una situación (trabajo, relación, proyecto) ya no aporta valor, causa sufrimiento o limita, permitiendo cerrar etapas sin sentirlo como una derrota.
Soy una persona muy racional y reflexiva. Durante mucho tiempo pensé que tomar buenas decisiones consistía en analizar, calcular y racionalizar. Pero he aprendido que el cuerpo suele entender antes que la mente aquello que ya no encaja. Algunas decisiones se sienten el el estómago, en el pecho, en la sensación con la que te vas a dormir o con la que te levantas por las mañanas.
A veces, incluso estando al borde del abismo, hay algo dentro de ti que se siente en paz. Si estás a punto de dar un salto a lo incierto y, aun así, sientes calma, probablemente sea ahí.
En cualquier caso, lo importante es entender que ninguna etapa dura para siempre, que no necesitamos permanecer eternamente donde fuimos felices y que cerrar una puerta no invalida todo lo vivido detrás de ella. Al contrario. Irse también es una forma de honrar lo que esa etapa significó.
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