Escuchaba el otro día a Laura, en la presentación de su libro, hablar de cómo antes la gente “tenía pueblo” y, en verano, las familias solían peregrinar de vuelta a él para pasar las vacaciones. En Galicia, la gente tiene aldea, o más bien tenía, porque durante años las políticas se han encargado de vaciar el rural gallego; y con los años, las aldeas se han ido vaciando y muriendo.
En el colegio, en Barcelona, mis amigos no tenían pueblo; la mayoría veraneaba en apartamentos del Alt Empordà, en casitas en Menorca o en destinos mucho más exóticos, como safaris o Egipto. Yo, en cambio, cada verano volvía a la aldea para pasar las vacaciones con mis abuelos. Aquella rutina estival forjó mi personalidad y, aunque en su momento no me parecía un planazo, con el tiempo he acabado estando muy agradecida por aquellos veranos que me ayudaron a no perder mis raíces.
(👋 Una visita a mi aldea con Pablo, grabada hace unos veranos.)
Si hay algo que recuerdo con especial nostalgia de aquellos días, es el ritual de poner la mesa. Yo, demasiado pequeña (y demasiado remilgada) para ayudar en otras tareas domésticas de mayor calado, era la encargada de colocar los platos, vasos y cubiertos siguiendo el protocolo.
Los días en que estábamos allí eran, para mi abuela, días de fiesta, y eso se notaba: se sacaba la vajilla buena y se escondían los platos “de caramelo” en el armario. A mí me encantaban los platos de caramelo y detestaba la vajilla buena. Aquella loza con pequeñas flores rosas me parecía ñoña y un mal presagio para mis torpes manos de niña despistada. Con el tiempo aprendería que aquella colección de La Cartuja sería objeto de codicia de las señoras del Upper, pero a mi yo preadolescente, el caldo le sabía mejor en aquellos platos ámbar. Durante la adolescencia y en mi época poppy, seguí prefiriendo los platos de caramelo. Me parecían ‘modernos’ y, como por aquel entonces mis visitas a la aldea se habían acortado, conseguí volverlos a poner de moda en la mesa familiar. Como ya habréis imaginado, la vajilla “de caramelo” era la vajilla ámbar de Duralex, (bautizada como Duralex 2000… profecía de que el futuro iba a ser duro), ese icono de la incipiente clase media de los 60.
Escribiendo esta newsletter, me he dado cuenta de que la vajilla Duralex también creó un código en la aldea entre el intercambio vecinal de postres y recetas. Cuando mi tía C traía un bizcocho a casa, lo hacía sobre un plato de Duralex verde; cuando lo traía mi tía M, era en el de borde curvado. Imagino que así se sabía, una vez acabado el bizcocho o las filloas, a qué casa pertenecía el plato y a quién había que devolvérselo. Estoy segura de que ninguna de ellas comentó con las demás el modelo de vajilla se iba a comprar para evitar coincidencias, pero quiero pensar que ese azar creó un código entre abuelas, una transcripción doméstica del lenguaje de los abanicos victorianos que se repite por las demás aldeas ♥️.
Para mis abuelos, seguramente comprar una vajilla Duralex1 había sido un símbolo de progreso y estatus. Con el tiempo perdió ese valor simbólico, pero nunca su funcionalidad. Se usaban a diario, aunque cuando venían visitas, se quedaban en la alacena. Eran utilitarios, de clase trabajadora. Pero tan prácticos, irrompibles e inrayables, que nuestras abuelas no podían deshacerse de ese hilo de fiabilidad que les proporcionaban. Eran platos sobre los que se podían cascar huevos, verter agua hirviendo, batir con fuerza… y seguían intactos. Ni una muesca ni una raya2.
Si la vajilla (ahora bautizada como Lirio) de Duralex, en colores, pertenece a la morriña de nuestros abuelos y padres, los vasos Gigogne, transparentes, bajitos, cónicos y con un par de rayas grabadas, son pedazos de nuestra nostalgia. Igual que también lo fueron los vasos de Nocilla o los de los yogures (Si hay un Z leyendo esto, quizás flipa). Esos vasos de Duralex son los del comedor del colegio, de las colonias, los de limpiar los pinceles en clase de plástica… Hoy han sido sustituidos por vajillas de Ikea, con diseños que se inspiran en los de Duralex: igual de funcionales, pero con menos apego emocional. (Quizás ahora esté desbloqueando algún recuerdo en vuestra memoria. De nada :))
Y aunque Duralex nos parezca algo muy “nuestro”, en realidad la empresa nació en Francia. La marca fue creada en 1945 por Saint-Gobain, empresa que en 1934 habían inventado el vidrio templado, más resistente que el común, fabricado mediante un proceso de calentamiento extremo y enfriamiento rápido. Si hay arquitectos en la sala, seguramente suena Saint-Gobain por ser en la actualidad el mayor proveedor de todo tipo de vidrios para construcción. Pero en aquel momento la empresa se dedicaba a fabricar damajuanas, tarros y cristalería para destilerías.
En 1946 salió de los talleres el primer modelo: el vaso Gigogne. Ese vaso, que antes de ser parte de nuestra infancia, se convirtió en un icono por ser un habitual de los comedores escolares franceses, por una simple razón: era seguro. Y es que el vidrio templado, en caso de rotura, se fragmenta en trozos redondeados que no cortan.
Así que durante décadas, los niños franceses crecieron con Duralex. En los comedores escolares jugaban a leer el número de serie grabado en la base del vaso (del 1 al 48), que indicaba el molde con el que había sido fabricado. Ese número se convertía en la “edad” simbólica del niño durante la comida: el más joven debía traer agua a los demás.
Como experimentamos en nuestras propias carnes, el éxito de Duralex no solo se quedó en francia. En Oriente Medio, los vasos pequeños de Duralex son los vasos de té por excelencia (existe una foto de Osama bin Laden sosteniendo un vaso Picardie). De hecho, su principal mercado de exportación durante mucho tiempo ha sido Afganistán, donde Duralex es el vaso estándar para el té.
Creado en 1954, el vaso Picardie, con sus nueve facetas, se convirtió rápidamente en un icono de la vajilla y de la cultura pop. Era económica (en comparación con una vajilla tradicional), moderna y resistente. No se picaba como la de loza y soportaba los trajines de la vida moderna. Se extendió por las casas, como los azulejos floreados, y se convirtió en un must en las listas de bodas de la época.
Pero como ya te conté en la newsletter sobre Bialetti, ser un icono no te salva de los baches. A partir de los 90, las vajillas de Duralex cayeron en desuso. En la época de la burbuja inmobiliaria, a nuestros padres, aquella época pop, les había quedado lejana e, igual que se deshicieron de los pantalones de campana, también lo hicieron de las vajillas de ‘la abuela’. Al reniego de esa estética, se sumaron el auge de la importación asiática, mucho más barata, y unos costes de producción disparados. Pero seguramente lo que hiciese más daño fue, sobre todo, que Duralex se percibía anticuada. Saint-Gobain vendió la empresa en 1997 y las sucesivas adquisiciones no trajeron ni inversión en producto ni modernización, por lo que en 2007 la empresa entró en liquidación judicial.
Paradójicamente, la empresa resurgió en plena crisis económica, cuando la necesidad de productos asequibles y la moda retro volvieron a ponerla en valor. Aquella bocanada de aire ayudó a que se modernizaran las instalaciones de la planta de producción y se abriera una tienda online que impulsó el comercio en países como Estados Unidos, convirtiendo de nuevo al vaso Picardie en un icono para los bobo (bourgeois bohemian), con artículos en el Financial Times o The New Yorker, y apariciones en películas como Skyfall o Blue Jasmine.
En 2020, la pandemia volvió a golpear a Duralex: la caída de las exportaciones llevó a una nueva quiebra. Fue adquirida por la empresa International Cookware, que también distribuye la marca alemana de menaje de vidrio Pyrex®, de la cual Duralex es, en cierto modo, competencia. Pero, aun con esa inyección, en 2022 la crisis energética (que multiplicó por 22 el precio de la electricidad y por 18 el del gas) hizo que la producción de vajillas se volviera inviable. La empresa tuvo que “dormir” el horno durante cinco meses y acogerse a un ERTE para sus 250 empleados.
Pero como buen ave fénix, la empresa volvió a levantarse, esta vez no gracias al capital económico, sino al capital humano. En 2024, los propios trabajadores decidieron tomar las riendas y convirtieron Duralex en una SCOP (Sociedad Cooperativa). Se asociaron, se organizaron y defendieron lo que consideraban suyo: el fruto de su trabajo y el legado de una marca que formaba parte de su historia.
Sin accionistas externos ni dividendos que alimentar, los beneficios pasaron a reinvertirse en la empresa o a destinarse directamente a los salarios de quienes la sostienen día a día. Se salvaron todos los puestos de trabajo, con el apoyo de las instituciones, pero sobre todo, gracias a la determinación colectiva de una plantilla que decidió no dejar morir lo que otros habían vaciado de sentido.
En los últimos años, Duralex ha vuelto a ponerse de moda. Nosotros mismos tenemos una vajilla que nos regaló Lourdes ♥️ y que usamos a diario, celebremos algo o no. Una vajilla que, más allá de su funcionalidad, me conecta con los platos de caramelo de mi infancia y con esos valores sencillos que sostuvieron a tantas familias durante generaciones.
Duralex no solo resiste porque es irrompible, sino porque forma parte de una cultura del cuidado y de lo compartido. Al final, pocas cosas representan mejor la idea de hogar que un objeto hecho para durar.
Nos leermos pronto :)
*Leí el otro día en la newsletter de Juanlu Sánchez que el nombre “Duralex”, registrado el 6 de junio de 1945, hace referencia a su increíble resistencia. Proviene de un antiguo principio del derecho romano “Dura lex, sed lex”, es decir: “La ley es dura, pero es la ley.” Afú, ¡todo lo que se aprende leyendo a Juanlu!
*La publicidad de la época decía: “Utilícelo como un martillo, déjelo caer, golpéelo, páselo del hielo al agua hirviendo”

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