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Big Vang · Aug 19, 2026

Las oscilaciones del Atlántico permiten prever algunos brotes de leishmaniasis

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Laura Francés · La Vanguardia

La leishmaniasis cutánea sigue un patrón estacional en el norte de África, pero su intensidad cambia radicalmente de un año a otro. Una temporada puede dejar cientos de casos y la siguiente, miles. Un estudio liderado desde Barcelona ha reconstruido la cadena que conecta las oscilaciones del Atlántico, la lluvia y la transmisión del parásito. El modelo resultante ha anticipado retrospectivamente algunos brotes en Marruecos y Túnez con entre seis meses y un año de margen

Una enfermedad con varios intermediarios

La leishmaniasis cutánea está causada por parásitos microscópicos transmitidos por las hembras de los flebótomos, pequeños insectos semejantes a los mosquitos. El parásito infecta células defensivas de la piel y, tras una incubación de uno a seis meses, puede provocar úlceras que persisten durante años y dejan cicatrices permanentes.

La Organización Mundial de la Salud calcula que se producen entre 600.000 y un millón de casos anuales, aunque solo se le notifican unos 200.000 porque la enfermedad afecta especialmente a comunidades rurales con pocos recursos.

El parásito de la Leishmania necesita obligatoriamente pasar una parte de su ciclo de vida dentro del estómago del flebótomo para transformarse en su forma infectiva, sin la cual no podría contagiar a mamíferos 

El parásito de la Leishmania necesita obligatoriamente pasar una parte de su ciclo de vida dentro del estómago del flebótomo para transformarse en su forma infectiva, sin la cual no podría contagiar a mamíferos Laboratorio de Parasitología, Instituto Pasteur de Túnez

El equipo se centró en dos formas de la enfermedad que siguen rutas de transmisión diferentes. La causada por Leishmania major es zoonótica: el parásito se mantiene principalmente en roedores y las personas son huéspedes accidentales. La provocada por Leishmania tropica circula principalmente entre personas y flebótomos. Estas diferencias obligaron a analizar y modelizar ambas formas por separado.

La lluvia crea el escenario en el que resulta más probable la transmisión

Para averiguar por qué unos años son peores que otros, Adrià San José y Xavier Rodó, investigadores de ISGlobal, analizaron con los institutos Pasteur de Túnez, Marruecos y París entre 17 y 23 años de registros mensuales de la enfermedad. El estudio, publicado en Science Advances, comparó los datos con la temperatura, la lluvia y las imágenes de satélite de la vegetación entre 1996 y 2024.

El primer vínculo apareció cerca del suelo. En Marruecos y Túnez, más precipitación se relacionaba con más casos causados por Leishmania major alrededor de un año después. “La lluvia es uno de los factores más determinantes porque desencadena una cascada de efectos que acaba aumentando la magnitud del brote epidémico”, explica Rodó a La Vanguardia. Entre ellos destaca “el incremento de la vegetación ruderal cerca de las poblaciones, donde crían los roedores y proliferan los flebótomos”.

Paisaje típico asociado a la transmisión de la leishmaniasis cutánea zoonótica en el sur de Marruecos, caracterizado por entornos áridos con zonas de vegetación que sustentan poblaciones de roedores, junto con actividad agrícola y asentamientos humanos 

Paisaje típico asociado a la transmisión de la leishmaniasis cutánea zoonótica en el sur de Marruecos, caracterizado por entornos áridos con zonas de vegetación que sustentan poblaciones de roedores, junto con actividad agrícola y asentamientos humanos Adrià San José

Pero un año lluvioso no conduce inevitablemente a un gran brote. “Un año con lluvias favorables y una transmisión elevada puede impedir brotes importantes al año siguiente, precisamente porque no quedan muchos susceptibles”, advierte San José. El modelo contempla así cuántos individuos pueden infectarse.

Del Atlántico al desierto

Sin embargo, la lluvia no explicaba por qué se alternaban varios años secos y húmedos. Los investigadores ampliaron entonces la mirada hasta el océano. Allí identificaron la Oscilación del Atlántico Norte, un vaivén de la presión entre el anticiclón de las Azores y las bajas presiones próximas a Islandia. Cuando cambia ese equilibrio, también se desplazan las borrascas que llevan humedad al norte de África.

La influencia atlántica fue clara en Marruecos y más débil en el conjunto de Túnez. Sin embargo, volvió a distinguirse al concentrar el análisis en el sur desértico del país, aunque con retrasos más variables. Según los autores, el desierto actúa como un filtro natural. Al intervenir menos procesos climáticos, la huella del Atlántico sobre las lluvias queda más expuesta. El equipo identificó además señales compartidas por la atmósfera y el océano en ciclos de aproximadamente tres y ocho años. Como el océano cambia más lentamente, conserva una “memoria” que puede ampliar el margen de predicción.

Los autores trasladaron la cadena a un modelo que representaba el paso del parásito entre roedores, flebótomos y humanos. Para comprobar que podía predecir y no solo reproducir el pasado, lo enfrentaron a periodos que no había utilizado durante su ajuste. En Marruecos, la versión que incorporaba temperatura, lluvia y variabilidad atlántica anticipó con precisión los brotes de Leishmania major hasta seis meses y mantuvo buenos resultados a un año para Leishmania tropica. En Túnez, el modelo más sencillo, basado solo en temperatura y precipitación, resultó estadísticamente más sólido.

Según Rodó, la herramienta también puede aplicarse a escala provincial. “Se ha probado en las provincias con mayor incidencia de ambos países y para las distintas variantes del parásito, el vector y la enfermedad, con muy buenos resultados a seis o doce meses vista”, afirma.

El estudio no permite determinar si el reforzamiento de la señal se debe al cambio climático o a oscilaciones naturales de varias décadas, aunque Rodó considera que el calentamiento del Atlántico puede estar influyendo. “En los últimos 15 o 20 años, la relación con la leishmaniasis se ha hecho más intensa y clara”. Se trata, por ahora, de una hipótesis que deberá confirmarse, explica. “Esto nos lleva a suponer que, a diferencia de lo que se pensaba, el clima de las latitudes medias también puede ser más predecible por efecto del calentamiento global”.

El sistema se ha evaluado retrospectivamente y aún no ha demostrado su eficacia en tiempo real. Si futuras pruebas confirman su utilidad, esos meses de margen permitirían controlar insectos y roedores, alertar a las comunidades expuestas y preparar los centros sanitarios.

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