He corrido dos medias maratones en mi vida. Al menos diez carreras de 5 kilómetros y por lo menos cinco de 10. Hace tan solo cinco años solía correr cinco kilómetros al día. A veces llegaba a casa y después de ducharme, me entraban ganas de volver a salir a correr.
Durante ese periodo recuerdo que grabé una nota de voz mientras corría y decía: “Corro porque es la única actividad en la que no sé a dónde voy, o mejor dicho, en la que no voy a ninguna parte, y aun así, me siento satisfecha”. Eso dije con veinte añitos.
Recuerdo sentirme muy en paz. El cuerpo alineado con la mente. Fueron años intensos llenos de preocupación, de ansiedad, de incertidumbre, con el cuerpo a menudo tembloroso, inestable, y el futuro por delante con tantas bifurcaciones y todas las señales vacías o ilegibles.
El cuerpo le preguntaba a la mente ¿a dónde voy? ¿qué hago? ¿cómo lo hago? Y la mente nunca tenía la respuesta. Ahora esto, luego lo otro, esto ya no, todo al cien a por aquello, ahora para, ahora sigue. El cuerpo, fatigado, comenzó a fallar, y es bien sabido que cuando el cuerpo falla, la mente desespera.
Así pues, empecé a correr. Hoy un kilómetro. La semana que viene dos. Y el cuerpo volvió a confiar un poquito más en la mente. Mientras corría, pensaba, reflexionaba, hacía lo que algunos llaman “el examen de conciencia”. Repasaba mi día, todas las conversaciones, lo que podría haber hecho o dicho mejor, analizaba mis acciones, localizaba mis errores y trataba de entender cómo podría haberlos evitado.
Creo que acabé meditando sin querer.
No corría por ir más rápido ni por llegar más lejos. Corría para unir cuerpo y mente. Cuando corres sin ahogarte consigues respirar de manera rítmica, relajada, como harías en una clase de Yoga o durante los minutos antes de quedarte dormida. Por eso creo que intentando hacer ejercicio, acabé practicando la meditación.
Así entré en un bucle un poco obsesivo, pero saludable, en el que cuando el día se me hacía demasiado pesado o sentía que necesitaba parar, salía a correr. Yo pensaba que eran las endorfinas de la actividad física, y puede ser que tuvieran algo que ver, pero al cabo de los meses me di cuenta de que mi relación con el running iba más allá de la forma física.
Llegó una época en la que tuve que tomar muchas decisiones a la vez, y muy importantes. Y me refiero a decisiones románticas, oh well ¡sorpresa! ¿Qué hacer cuando el corazón te dice una cosa y la cabeza te dice la contraria? ¿Qué hacer cuando quieres estar con una persona pero parece que el Universo se ha propuesto impedirlo?
Vuelvo a aquella nota de voz, un intento muy personal (y maduro) por sacarlo todo y observarlo desde fuera de la manera más objetiva posible.
En aquella nota de voz yo me decía a mí misma: “Me siento débil frente a un sentimiento que no conozco y ante una situación tan sumamente complicada en la que, aunque quisiese tomar control sobre mis emociones, no sabría qué decisiones tomar, ni sabría qué es lo correcto”.
Veinte añitos. Y no acababa ahí. “Me siento estancada en el ‘no saber qué hacer’ y no poder tirar hacia delante… Estoy como” me paré unos segundos a pensar y murmuré: “quieta”.
“¿Y por qué estoy quieta?” Silencio. “Porque no tengo control, porque no me puedo mover, porque hay ciertas personas que me controlan a mí, en concreto, esta”. Procedí a pronunciar su nombre.
“Necesito saber y controlar las emociones por las que pasa mi cuerpo”. Declaré al fin, dándome cuenta de mi “carencia”.
“Considero que soy una persona que controla bastante bien sus emociones” Análisis interno. “Es decir, no me voy a dejar llevar nunca por mis emociones a no ser que haya bebido o consumido sustancias…” ¿Suposición? ¿Esperanza? ¿Deseo? “No será normal que yo me dejé llevar por un sentimiento de pasión o de amor o algo así”. ¿Miedo?
“Cuando siento que estas emociones me llevan a mí y no soy quién las llevo a ellas, entro en un estado de impotencia y en un estado de debilidad… que no me gusta”. Aquí ya identifiqué el problema. Ahora toca encontrar la solución.
“Entonces, una de las maneras que me ayudan a sentirme mejor es haciendo ejercicio, saliendo a correr”. Bingo. “De esa manera, consigo dominar mi cuerpo”.
Pausa y suspiro: “Igual es un poco falso… porque en ese momento siento que tengo el control y el poder pero eso solo dura el tiempo que paso corriendo”. Conclusión final: “Luego las emociones siempre vuelven para “darte por culo”.”
He recuperado esta nota de voz de 2021 porque me he dado cuenta de que ya hace un tiempo que no corro. O más bien, que no “necesito correr”. ¿Habré sanado?
Quería pararme a escucharla de nuevo y reflexionar acerca de este hobby momentáneo que tuve. ¿Me hizo bien o me hizo mal? Creo que me hizo bien, muy bien. Aunque solo fue una tirita, cumplió su función, cubrió la herida para protegerla de infecciones externas y le dio tiempo para sanar.
No sé si existe una relación con el running que no sea mental. Yo creo que no. Así que no me queda otra que pensar en todas esas personas que se apuntan hoy en día a clubs de running, ¿estarán pasando por algo parecido?
Solo espero que si es el caso, sepan que una tirita protege pero no cura, y que el trabajo debe ser interno también. Yo no lo sabía, pero tuve la bendita suerte de acabar tomando las decisiones acertadas y encontrar mi camino hacia la salud.
A veces salgo a correr, ahora cuando llego a los 3 kilómetros me falta el aire y hago el resto del camino caminando. Miro a mi alrededor, siento la sombra de los árboles en mi piel, inhalo extraño olor de los perales en flor, y también un poquito de polen, me paro a escuchar a los músicos callejeros y bicheo cada escaparate de cada tienda de moda. Y así, encuentro mi nueva “meditación”, esa que me ayuda a respirar como si estuviera a punto de dormirme.
Feliz jueves, Día del Libro <3
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