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Un martes cualquiera · Oct 19, 2025

Un martes cualquiera (134): La casa de en medio

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Lara · Un martes cualquiera

La casa de en medio no fue siempre, supongo, así como la veo. No quedan muchas personas por aquí que sepan cómo era a comienzos de los 60 cuando se levantó. No es la más bonita; no tiene cuatro paredes separadas ni dos árboles a sus lados como en el dibujo de un niño. Su izquierda y su derecha delatan que estuvo así desde que nació, en medio. Dos edificios llenos de pisos compartidos por jóvenes de otros países y señores muy mayores que ponen los toros en domingo la custodian desde los 70. Cómo eran los edificios o las casas que la custodiaban antes de esa década es algo perdido en el tiempo, pero alguien decidió derribarlos en un arrebato de desarrollismo. En algún otro momento, cuando aún conservaba vegetación en su fachada, un familiar decidió pintar la casa de en medio de ese amarillo feo con el que pintaron todos los colegios hace unas décadas, el amarillo de los pisos de alquiler de los 2000. Sus verjas verdes también son un poco escolares. Aun así, le tengo cariño.

Verde y amarillo, en otra década.

La veo ahora, mientras escribo, desde mi salón, porque es la imagen central desde mi ventana. Pero el primer día que la vi fue a pie de calle, acompañada de un amigo que me enseñaba la zona. «Me planteé comprarla» me contó y yo en ese momento no lo entendí mucho, aunque fue hace solo un par de meses. Tiene nombre con pretensiones, el mismo de la tienda abandonada de su derecha, y te hace pensar que nació para ser casa modelo y se quedó en casa destartalada y olvidada. En su patio delantero (el trasero sé que existe, aunque nadie pueda verlo) se amontonan maderas y bolsas de basura y por sus ventanas, tapiadas, ya no entra el sol. Me pregunto si siente pena por la casa que un día fue o ha aceptado su vejez. Me pregunto si un día llegará un señor avaricioso y la tirará abajo para convertirla en el edificio de en medio, para acabar con sus patios y poder alojar a más gente en esta ciudad con poco suelo disponible.

Miro cada mañana a la casa de en medio con un café, a veces es aún de noche y quiere ser lúgubre, pero no le sale. La miro desde este edificio, también de los 60, e imagino que en este mismo piso alguna mujer de 37 años, décadas atrás, también se encariñó con ella. Me pregunto cuál sería su color. Ya no queda casi nadie de esos años en este edificio: «¿y tú de quién heredas?» me pregunta una señora de 50 y tantos cuando aún estoy subiendo una caja de libros por las escaleras. Por mi balbuceo se entiende que yo no formo parte de la España que hereda. Tampoco de la España que puede pensar en comprar la casa de en medio. Al bajar la calle se pueden ver otras casas unifamiliares, pequeñas, sin orden ni estética, como son todas las casas que surgen en los bordes de los cascos históricos de cualquier ciudad. Pero, como os digo, ella tenía pretensiones, era villa, era más grande y ahora el toldo del piso superior sólo es una tela raída por el paso del tiempo.

Tiene dos plantas, pero al estar rodeada de edificios parece más pequeña y esto, junto con su color terrible, sus verjas, y su estado me hace pensar en las casas terreras de Canarias. Construidas en una sola planta, con materiales básicos y sin grandes decoraciones, era lo que una familia con el dinero justo se podía permitir en otra época. La casa de en medio me hace pensar en la de mis abuelos, terrera, construida con el sueldo de un pescador (que tenía la fortuna de trabajar con la flota japonesa) y el sueldo «casero» de una modista, que decidieron, una osadía, tener pocos hijos y vivir «algo mejor». Me hace pensar en lo curioso que es que hubiera una época en que lo humilde era una casita única y no un piso entre 75 en un edificio. Me pregunto si la casa de mis abuelos, que ya no están, será también, algún día, la construcción de un señor avaricioso. Esa casa, también de en medio, tiene suerte, pues las que le rodean siguen siendo de las suyas.

La otra casa de en medio, la canaria.

La casa de mis abuelos se levanta solo dos o tres años antes que la casa de en medio, a 2000 kilómetros de distancia, y ambas consiguen el mismo número en sus respectivas calles. Soy, y es difícil creer lo contrario, la única persona que ha mirado lo suficiente a ambas para establecer una relación, aunque a una la vea solo desde la ventana y de la otra casi nunca presté atención a su fachada, porque siempre la viví desde dentro. La casa de mis abuelos quedaba algo más cerca de mi colegio, ese que luego pintarían de ese amarillo desteñido, y pasaba muchas más horas de lo esperable allí. Pienso en el privilegio que era y en el esfuerzo que, probablemente, supuso para Emilia, de la que sospecho que tuvo hijos porque tocaba y no porque quería, y a la que nunca llamamos abuela (pero que nos quiso con locura, de esa manera que solo una abuela sabe). Siguen quedando muchas Emilias en el mundo, pero creo que ya no cuidan de sus nietos en un patio interior con helechos. Las que tienen de esto son las que se pudieron permitir casas de más plantas y eso, queridos, también te paga una salus1. Y sin abuela y sin salus, mucha suerte.

Pero volvamos a las casas. En los años 60, mientras se construye la casa de en medio, y la de mis abuelos tiene aún la pintura intacta, otras muchas casas en España se levantan, lo hacen las casas pequeñas, los edificios como este desde el que escribo y algunas singularidades como mis queridas Torres Blancas y mi querido Princesa. Y los 70 no se quedan atrás. La ciudad desde la que os escribo ahora (casi Madrid, pero no Madrid) tiene mucho de ambas décadas y un poco de intentar reconstruir un casco histórico para que sea bonito, pero su historia desarrollista de esos años le delata. Y a mí lo que más me gusta son esas casas pequeñas de una o dos plantas que no lucen sus mejores galas y aportan ese puntito de fealdad necesario en cada ciudad. Quizá por esto los lugares majestuosos me abruman. Quizá lo que necesito siempre es una casa de en medio fea y avejentada que me recuerde que aquí, una vez, hubo otra vida.

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Salus: oficialmente una enfermera especializada en bebés, en los barrios de Salamanca y Almagro, una suerte de niñera interna.

Read the original on laramartell.substack.com

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