Existe un momento en la vida de toda niña en el que se obsesiona por los nombres: las que tienen claro que serán madres de mayores buscan el perfecto para sus hijos, otras intentan adivinar el de su futuro marido, casi todas buscamos los significados del nombre que, con mayor o menor suerte, nos pusieron nuestros padres. Si el tuyo no aparece en la Biblia, muchas veces la elección no tiene nada que ver con su significado, así que una debe elegir con cuál «se queda». Lara tiene dos historias que, en ese momento, a mí me atrajeron, ambas ligados a Italia: una de ellos, asociada a los romanos, es la referencia a los Lares, los dioses del hogar; la otra, con origen en los pueblos celtas del norte de Italia, habla de la «voz del mar». Como isleña naciente, pero no ejerciente, el mar tiene en sí mismo una connotación hogareña. Ambos significados tienen gracia para alguien que ha dedicado buena parte de su vida a encontrar algo a lo que poder llamar hogar.
Que no me sentí en casa hasta varios años después de mudarme al lugar al que se le dedicó una canción por su falta de playa es fácil de percibir para cualquiera que trate solo unas horas conmigo. No soy el ejemplo de canaria perfecta. Y, sin embargo, toda esta búsqueda de hogar y toda esa teorización de lo que es y lo que no es me ha resultado fascinante casi desde esa época en que buscaba los significados de un nombre (nunca imaginé los nombres de mis futuros hijos, todo lo demás lo hice). En cierto modo creo que, como todas las dicotomías habituales, hay quien se encuentra «como en casa» de forma muy sencilla y casi en cualquier lugar y quien debe encontrar el cómo, el cuándo y el dónde para que las piezas encajen.
El hogar tiene, para mí, raíces y ramificaciones muy diversas. Tiene olor a madera (como los que tienen mis perfumes favoritos), pero no a incienso; tiene colores, pero no demasiado intensos; tiene invierno, pero no verano, porque el verano es donde uno siempre se encuentra fuera de sitio, viviendo una vida paralela. Un hogar puede tener mascota, no es obligatorio, pero acaba sucediendo; tiene libros, pero es más importante que tenga cojines; tiene utensilios absurdos en la cocina, pero también ese cuchillo perfecto que no recuerdas de dónde salió. Pido perdón a mi ahora excasera, porque me he quedado con uno en plena mudanza al hacer cajas sin darme cuenta, y se convertirá en ese cuchillo en unos años.
Porque en estas he estado durante esta ausencia, entre un hogar y un lienzo de madera. El domingo pasado, cuando debíais haber recibido esta newsletter, me levantaba para desayunar con dos almas generosas que me han ayudado en toda esta locura (y las 17 cajas de libros que tengo la sinvergonzonería de decir que no son tan importantes). El desayuno era en el hogar de cualquier madrileño, claro está, en un VIPS y no sirvió para descargar todo lo que había en esa furgoneta que se cruzó un par de veces Madrid hasta salir de él. Lo he dicho por activa y por pasiva aquí, me muevo entre el antiminimalismo y la antinostalgia, el objeto es importante, pero no por sí mismo, siempre en relación a una utilidad y un fin y este nunca puede ser solo la nostalgia.
Habitar un hogar con todas estas condiciones no es fácil y hay quien creería que si te cuesta tener esa sensación de hogar y te desprendes fácilmente de ciertos objetos es que no tienes la necesidad de encontrarlo. Y nada más lejos de la realidad. Los inadaptados como yo nos pasamos la vida buscando uno, en nuestras parejas, nuestros amigos, nuestros trabajos y nuestras casas propiamente dichas. Y hay momentos en que una casa deja de ser un hogar y es hora de buscar otro. Este nuevo y flamante piso aún no es hogar, y tardará en serlo, pero esta zona antigua y este vecino que ha exclamado que «por fin tenemos vecinos» tienen ya una calidez que el anterior no podía tener, por el simple hecho de que la ciudad de Madrid ya me es hostil.
Pero volvamos al objeto. Llevo en esta casa dos semanas, aunque la mudanza haya sido por partes y la necesidad de volver a escribir aquí ha venido hoy (miércoles día 1 para los curiosos) entre el paracetamol para el resfriado fruto de la bajada de defensas y los cojines del sofá que he sacado de una caja hace solo unas horas. Teorizar sobre qué es un hogar es fútil, y la simple idea de decir qué es se ha convertido en frase meme de redes sociales («el hogar es donde el wifi se conecta automáticamente» como si no existieran más wifis en el mundo). Por eso solo puedo pensar en qué es un hogar para mí, y describirlo a partir de pequeños momentos asociados a mis objetos.
Hace años, en la vida prepandemia, creé una corona y un cetro para un disfraz y, cumplida su función, vivían escondidos en el armario, habiendo cumplido su propósito inicial y recordándome a una amistad que ya no existe. A veces me decía que debía tirarlos, pero, por alguna razón, no lo hacía. Hasta que este verano, en la visita al nuevo hogar de un amigo los llevé para regocijo del fotógrafo del grupo: tengo unas fotos hermosas por su humor (y que no van a ver la luz) de un ser querido llevándolos. La corona y el cetro han sobrevivido a la mudanza y ya han salido de la caja. No sé qué será de ellos cuando termine de colocarlo todo, pero ahora mismo se encuentran en el salón y los miro mientras escribo estas palabras. Vuelven a ser hogar, una pequeña porción de hogar, porque son amistad, diversión y buenos momentos, pero también una nueva vida del objeto.
Hay, por supuesto, objetos que conviven con nosotros solo porque un día en una tienda nos gustaron y no tienen nada de malo, la mayor parte del diseño de interiores se basa en esto. Pero esta es la razón por la que las revistas de decoración siempre resultan tan frías, porque no hay alma en ningún rincón, solo teorías de color, de diseño y de marketing. Me encantan las teorías y las reglas, no penséis lo contrario, pero me gusta más aún conocerlas lo suficiente como para poder romper con ellas. En eso se basa toda la renovación cultural y de diseño. Una nevera gris metálico y moderna a estrenar no es nada sin 5 imanes de viaje y el dibujo de un niño de 7 años.
Como os digo, parte de la razón de la mudanza fue que el anterior hogar había dejado de serlo, y tiene sentido a su manera porque el concepto de hogar puede cambiar con las necesidades vitales. Cuando entré en ese piso aún me encontraba en la veintena y no sabía que el hogar, para mí, no tiene color blanco, algo que abundaba en él. Este nuevo hogar prescinde de eso y ha sido, de forma tozuda, uno de los requisitos en la búsqueda de piso. La obsesión con la ausencia de blanco en este verano me llevó a cogerle cierta manía al único mueble blanco que se haya aquí. El piso viene solo parcialmente amueblado (lo que explica una mudanza de varias semanas) y, aún así, un armario blanco y tozudo ocupa toda una pared. Y así simplemente, a raíz de una visita estos días, se ha convertido en un mueble a querer. A pesar de su blancura.
Esta entrada, que comienza en un miércoles, termina en domingo, solo unos minutos antes de darle al botón de publicar. Este fin de semana ha sido sociable en lo extremo y, en mi cansancio, más de una vez, he pensado «qué ganas de estar en casa», a pesar de que este piso tiene un repertorio de cajas que ocupan el segundo dormitorio y que la estantería del salón tiene muy pocos libros aún (aunque Terry Pratchett ya está en su sitio). Me han preguntado si no me agobia ver esas cajas y, sorprendentemente, creo que me dan calma, porque puedo ver en ellas cómo un hogar se construye poco a poco, con cada rotura del cartón, con cada decisión sobre dónde colocar esto y aquello. Sin acordarme de las reglas de la decoración, pensando solo en lo que significa para mí esta palabra, pensando en cuánto de hogar hay en cada color, textura, forma y sensación. Creo que esta casa será un hogar fantástico.
Y si ya me lees y te gustaría que lo hiciera más gente puedes compartir el post con este botoncito tan majo.

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