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La Diligencia · Jul 12, 2026

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Borja Bauzá · La Diligencia

Las ciudades más habitables de 2026

Para cierto tipo de persona –no me incluyo– Dubái ha sido un sitio de lo más deseable. Sueldos altos, impuestos bajos, un clima aceptable (gracias a los aires acondicionados), grandes distracciones (por la vía del consumo) y ocho aeropuertos internacionales. Además, solía ser un lugar muy seguro, tranquilo, apacible incluso. Pero desde que comenzó la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán el vibe, que dirían los modernos, ha cambiado: la calma empieza a ser relativa, los aeropuertos funcionan de aquella manera y el tándem sueldos altos-impuestos bajos cada vez merece menos la pena. Las lluvias de drones tienen estas cosas. El caso es que la pérdida de atractivo no es una opinión personal. Ha quedado reflejada en el último informe que el Economist Intelligence Unit, la división de análisis del grupo The Economist, elabora anualmente sobre cuáles son las ciudades más habitables del planeta. En realidad, la clasificación está diseñada para ayudar a los departamentos de recursos humanos a calcular las prestaciones destinadas al personal que trabaja en el extranjero, y por eso analiza 173 ciudades en base a cinco categorías: salud, cultura y medio ambiente, educación, infraestructura y estabilidad política. Ocurre que mucha gente la utiliza como barómetro para saber por dónde sopla el viento. La edición del 2026, que acaba de salir, dice que Copenhague es la ciudad más habitable del mundo (ya lo fue en 2025). Viena, Melbourne, Sidney, Zúrich, Ginebra, Osaka y Adelaida van justo detrás (por ese orden). La primera ciudad norteamericana de la lista, en el puesto nueve, es canadiense y se llama Vancouver. Tokio completa el top ten y es, por cierto, la única megalópolis de la parte alta de la tabla. Lo cual tiene su lógica si tenemos en cuenta que las ciudades de tropecientos millones de habitantes no son fáciles; distancias enormes, tráfico complicado, bastante delincuencia y etcétera. En la parte baja de la tabla se encuentran unas cuantas ciudades árabes –Damasco; Trípoli; Argel–, un par de capitales africanas –Lagos; Harare– y dos urbes azotadas por la guerra: Kiev y Teherán. En cuanto a las ciudades del Golfo, lo dicho: Mascate, capital de Omán, ha caído hasta situarse en el puesto 123 mientras que Doha se encuentra en el puesto 108, Dubái en el 79 y Abu Dabi en el 76.

Quien quiera leer el informe puede solicitar una copia (basta compartir una serie de datos y proporcionar un email corporativo) en el portal del Economist Intelligence Unit. Es decir: aquí.

La voladura del Nord Stream: cuatro años después

El 26 de septiembre de 2022 una serie de explosiones destrozaron, en el Báltico, el gasoducto ruso Nord Stream. El pepinazo fue tal que muchas estaciones europeas dedicadas a monitorear actividad sísmica hicieron saltar la alarma de terremoto. Poco después aparecieron fotos de un enorme géiser de metano de casi un kilómetro de diámetro frente a la isla danesa de Bornholm. Entonces se supo que no había terremoto a la vista, sino que alguien había volado por los aires el citado gasoducto, cuya función hasta ese momento no era otra que suministrar energía barata a buena parte de Europa y, en particular, a los alemanes. El proyecto había nacido dos décadas antes bajo el mandato del canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, quien a la postre se convertiría en amigo personal de Vladímir Putin, y durante un tiempo funcionó de maravilla. Pero con la invasión de Ucrania, en febrero de 2022, empezaron los problemas. El gasoducto, operado por la gasística estatal rusa Gazprom, empezó a ‘sufrir’ contratiempos. Incidencias, parones técnicos, estas cosas. Una estrategia del Kremlin para intentar que Alemania no se inmiscuyera en la defensa de Ucrania, básicamente. Y, a poder ser, que evitara que otros lo hicieran. Consecuentemente, en Kiev se entendió que el Nord Stream suponía una amenaza. Urgía neutralizarla. Entonces alguien dio la orden de crear una célula de agentes especiales que terminara con aquello. Ahora bien: como la voladura del Nord Stream iba a suponer un aumento de los precios del gas en Europa y sabotear uno de los pilares del modelo económico alemán –gas ruso bueno, bonito y barato–, convenía que la operación se llevara a cabo en secreto. Dicho y hecho: los integrantes de la unidad, dirigida por un alto oficial de inteligencia y por un comandante de las fuerzas especiales, se hicieron con pasaportes falsos, alquilaron un barco de quince metros de eslora en una localidad de la costa polaca, metieron los explosivos pertinentes en bombonas de oxígeno, navegaron hacia el lugar señalado, se lanzaron al agua, descendieron hasta el fondo del Báltico, colocaron los explosivos, activaron el cronómetro, regresaron a la superficie, enfilaron de vuelta a tierra firme y si te he visto no me acuerdo. Poco después: kaboom. El esfuerzo conjunto de los servicios de inteligencia de Alemania, Suecia y Dinamarca no tardó en descubrir que el sabotaje había sido obra de ucranianos. Había, sin embargo, un problema: probar que las órdenes procedían directamente del presidente, Volodímir Zelenski, o de alguien próximo a él. En otras palabras: ¿la operación respondía a un encargo oficial o había sido iniciativa de algún mando de los servicios secretos actuando por su cuenta?

Todo esto viene a cuento del libro que el periodista de investigación Bojan Pancevski, del Wall Street Journal, acaba de publicar al respecto. Es cierto que Pancevski no logra responder a la pregunta de marras, pero eso no ha evitado que su libro esté recibiendo el aplauso generalizado de la prensa anglosajona (en Alemania la reacción ha sido menos entusiasta por razones que espero poder explicar en esta misma newsletter pronto). Parece, en fin, una lectura recomendable. Todavía no tengo el libro, aunque caerá pronto, pero lo que sí he hecho es leer una docena de artículos al respecto. El de Owen Matthews en la revista británica The Spectator es el que más me ha gustado. Quien quiera echar un ojo puede asomarse a él (en inglés) aquí.

Brasil apuesta por el Gran Hermano

En el centro histórico de Sao Paulo, la ciudad más poblada de América Latina, hay un contador gigantesco conocido como Prisômetro. Su labor es registrar las detenciones atribuidas a Smart Sampa; una red de más de 50.000 cámaras de vigilancia que opera con tecnología basada en el reconocimiento facial. El sistema fue implementado hace un par de años, cuesta 118 millones de reales anuales (unos 20 millones de euros) y su modus operandi es bastante simple: cuando una de las cámaras reconoce un rostro asociado a una base de datos de personas buscadas, emite una alerta y la policía se desplaza inmediatamente a la zona para peinarla y terminar arrestando al sujeto. Las cámaras, por cierto, no solo se encuentran en la típica esquina de un edificio o en el semáforo de la calle tal, sino que también las hay dentro de los centros de salud y en el transporte público. Las autoridades cuentan que ya han caído 3.000 delincuentes gracias a la medida y que, además, se han podido prevenir más de 5.000 crímenes que estaban empezando a cometerse cuando la cámara de turno emitió la alarma correspondiente. De ahí que esas mismas autoridades quieran duplicar el número de cámaras, hasta las 100.000, para el año 2028. Desde el punto de vista meramente conceptual lo anterior no debería sorprender. Que un país latinoamericano quiera combatir el crimen que asola sus ciudades es normal. Dicho lo cual, Brasil destaca en una cosa: su obsesión por el reconocimiento facial. Los investigadores de O Panóptico, un grupo que se dedica a monitorizar la evolución de este tipo de tecnología, han contabilizado 560 proyectos parecidos en veinte de los veintiséis estados (más el distrito federal donde se encuentra Brasilia) que componen el país. Es decir: ahora mismo hay cien millones de brasileños, el 47% de la población, sometidos a ‘vigilancia facial’. Y eso, como era de esperar, también ha empezado a levantar algunas cejas entre quienes creen que, a la larga, estas herramientas pueden restar más de lo que suman luchando contra la criminalidad.

Todo este debate aparece reflejado en un artículo de la revista The Economist que también incluye unos cuantos datos muy pertinentes a la hora de adoptar una postura al respecto. Quien tenga interés puede leerlo (en inglés) aquí.

In memoriam: Gao Shanwen

Gao Shanwen, que ejercía de economista en SDIC Securities, un grupo de inversión controlado por Pekín, ha fallecido a los 55 años de edad «debido a una enfermedad», según ha informado un periódico estatal de Shanghai. Algunos allegados han explicado que la enfermedad en cuestión era cáncer y que sabía que la padecía desde enero de 2025. Sea como fuere, su muerte es relevante porque Gao no era un economista cualquiera, sino el economista chino que osaba cuestionar abiertamente los datos macroeconómicos, en especial los relativos al crecimiento, que ofrece periódicamente el Partido Comunista. Su salto a la fama se produjo a finales de 2024, cuando dijo, durante una conferencia organizada en Washington por el Peterson Institute for International Economics, que el crecimiento real del PIB de China durante los dos o tres años anteriores rondaba, en promedio, el 2% en lugar del 5% dictado desde Pekín. A raíz de aquello, Gao fue objeto de una investigación por parte de las autoridades de su país que, de no haber fallecido, a saber dónde habría acabado. Porque conviene recordar que la cúpula del Partido Comunista suele silenciar a quienes expresan opiniones independientes que contradicen la versión oficial. Aunque estas versen sobre cuestiones un poco de andar por casa, cotidianas, como bien sabe el también economista Wu Xiaobo. Las represalias de Pekín pueden ir desde la censura y la desaparición forzada de la vida pública hasta la pérdida de beneficios laborales, el despido o, en los casos más flagrantes, consecuencias aún más serias.

Dada la importancia alcanzada por Gao durante sus últimos dos años de vida, el Financial Times ha querido dedicarle un obituario. Se puede leer (en inglés) aquí.

Derby delle Due Sicilie

Como la cabra tira hacia el monte, y además estamos en pleno Mundial, voy a dedicar el quinto apartado de esta edición –el ‘bloque audiovisual’– al fútbol. O, mejor dicho, a la cultura futbolera. Resulta que hay un derbi en Italia muy poco conocido, el llamado Derby delle Due Sicilie, que enfrenta a las dos ciudades más importantes del sur del país: Nápoles y Palermo. Ambas tienen mucho en común: atesoran una enorme importancia histórica, son referentes turísticos del Mediterráneo, se rigen por unas dinámicas urbanas extremadamente caóticas, están muy vinculadas al crimen organizado y son abiertamente despreciadas por los italianos del norte. Por eso siempre ha existido sintonía entre los unos y los otros. En cuanto al fútbol, no creo estar ofendiendo a nadie si digo que el Napoli le da unas cuantas vueltas al Palermo. Más allá de que tuviesen a Diego Armando Maradona en plantilla durante siete años, los azzurri cuentan con cuatro Scudetti, seis copas de Italia, tres supercopas de Italia y una copa de la UEFA. Es, en fin, el sexto equipo más laureado del país. Lo anterior –sintonía cultural y poca rivalidad deportiva– explica por qué el Derby delle Due Sicilie solía ser un partido amable donde, incluso, se podía llegar a confraternizar. Digo «solía» porque ya no es así. Ahora cada vez que uno de los dos equipos cruza el mar para enfrentarse al otro los carabinieri deben calzarse el uniforme de guerra. ¿Por qué? Ahí está lo interesante y lo que explica tantísimas rivalidades en el fútbol europeo: por sus respectivas amistades. Y es que los palermitanos llevan dos décadas estrechando lazos con la afición de la Roma, que es la mayor enemiga de los napolitanos, al tiempo que éstos hacían muy buenas migas con la gente de Catania, que es el otro gran equipo de Sicilia y, por tanto, el gran rival del Palermo. De esos polvos, en fin, estos lodos.

En el vídeo que voy a compartir a continuación se ve bastante claro. Muestra, en primer lugar, la entrada de la afición del Palermo a la zona visitante de San Paolo; el estadio del Napoli. El ambiente, ya se ve, anda caldeado. Y entonces, en el segundo trece del vídeo, los palermitanos cuelgan sobre la cristalera su primera bandera. Reza ODIO CT. Traducido al castellano: «Odio Catania». Es ahí cuando empiezan a caerles petardos, bengalas y ‘bombas de mano’ procedentes de uno de los sectores ultras del Napoli (San Paolo tiene dos gradas ultras; cada una en un fondo). Entonces, en el minuto 1:35, la cámara enfoca a uno de esos sectores ultras del Napoli y… ¿qué es lo que se ve? Pues una bandera que reza NOI ODIAMO ROMA presidiendo la grada. No necesita traducción, supongo. A partir de ahí, los tres minutos y pico restantes son un intercambio de cánticos e insultos coreados. Quien tenga interés en realizar el microviaje que acabo de proponer por el simbolismo sureño y la jerga ultrilla italiana, puede encontrar el vídeo de marras en YouTube. Concretamente aquí.

“The Lovers” (Liu Xiaodong, 1995)

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Read the original on ladiligencia.substack.com

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