Su estómago la reclamaba. Su vejiga le presionaba el abdomen. Su lengua suplicaba por una sola gota de agua. La colada todavía estaba por hacer.
Pero no, ahora no. Debía esperar. La hora estaba cerca. Lo suficientemente cerca como para soportar la sed, como para ignorar el dolor de vejiga. Para permanecer inmóvil unos minutos más.
Escuchaba atentamente los pasos: seguía el trayecto gracias a su fino (y entrenado) oído, prediciendo siempre el siguiente paso. Escuchaba las voces, especialmente aquella que tan irritante le resultaba.
Entonces, percibió el rítmico roce de las zapatillas en el suelo, que se acercaba en línea recta por el pasillo. Sus trapecios tiraban del resto de músculos y se endurecían como si de una coraza se tratara.
—Ya está la comida.
Ella no respondió; esa vez prefería sembrar un incómodo silencio antes que forzarse a responder. Pasara lo que pasara.
Tras unos segundos, los pasos se reanudaron y se escuchaban cada vez más lejos. A medida que se alejaban hacia la entrada de la casa, sus sentidos, con plena atención a los murmullos, estaban cada vez más despiertos.
Escuchó entonces el primer giro de la llave —su estómago volvía a reclamar su atención—. Y esperó al segundo: el sonido que le daba certeza y que, irónicamente, dejaba abiertas todas las puertas de la casa.
El sonido que provoca en su cerebro un “click”.
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