Suena en mi living de Villa Crespo una canción de 1985 de los Abuelos de la Nada, que mi padre habrá escuchado, probablemente con más pelo, menos pancita y una camisa que ahora yo uso los lunes. Hacen 14 grados en Buenos Aires, pero hacen 18 en Corrientes, donde está Carlitos. Carlitos inventó la paternidad.
Me cuentan que a los 3 años decidí que me digan “Mariano” (nunca había conocido un Mariano, no tengo idea de donde lo saqué), y no respondía si no me decían así, el sólo dijo “Dale Mariano, vení a comer”. A los 5 años dije que era Spiderman, a los 6 Goku, a los 8 el pibe del Planeta del Tesoro, a los 9 Sakura Card Captor, a los 10 Yu-Gi-Oh, a los 12 usaba una gorrita roja para el costado y doblarle la vicera y escuchaba a Eclip-c, el me subió arriba de un escenario con Eclip-c.
Cada tarde, Papá me preguntaba que almorcé a la mañana, intentando que yo totalmente distraído, recuerde, para poder cocinarme lo opuesto en nutrientes, para poder a través de un niño con una atención muy dispersa, hacer una dieta balanceada. Mis amigos venían a casa a probar su comida y me pedían que el hiciera ciertas recetas que habían sido un éxito.
Papá inventó la cocina.
Una y otra vez, papá me vió y averiguó en quién me había convertido esa semana, para encontrarme en esa esquina y charlar un rato. Me compró la Billiken y la Genios y luego la Rolling Stone y mi primer Ampli Marshall chiquito y me contó todos los detalles de canciones que sabía, y me llenó de datos de países que ni uno de los dos conocía, por si algún día los visitaba.
Papá inventó sus formas de hacerse presente, peleó por cada segundo de mi tiempo. Si yo quería ver 3 horas de Dragon Ball Z, él me lo grababa en VHS. Si yo quería leer Harry Potter pero primero la 2, la Cámara Secreta, él la leía conmigo. Y después se leía la Saga entera mientras yo seguía viendo Dragon Ball Z.
Hasta hoy, si se entera que me pongo triste, me envía el soundtrack de Hércules. En un océano de gente ansiosa, acelerada y enajenada, papá es el tipo más atento que conozco.
En un mundo y una Argentina sin un gramo de honor, es el tipo más honrado que me he cruzado. Tanto él como yo estamos en industrias plagadas de chantas, estafadores y ladris, y buscamos todos los días hacer cosas para creer que todavía se puede mejorar la vida de la gente y recordarnos de que hemos hecho una diferencia. Papá inventó mi voz. Yo intento honrar su historia todos los días.
De adolescente, me aburrían muchísimo dos tópicos: el clima y el fútbol, me parecían esos lugares comunes que hablamos cuando no queremos hablar de nada en particular ni conocer al de al lado. Hoy, uso todos los días una camiseta distinta del equipo que alentó toda la vida, le cuento de mis recetas, aprendo las chacareras que me envía cuando se pone nostálgico. Papá se pone nostálgico y busca el clima de donde yo ando en el mundo cuando me extraña, y te envía una captura y dice que te abrigues. Yo ahora hago lo mismo, y nos quejamos de la humedad, y del frío, y del calor. Si me animé a caminar países desconocidos, cantar frente a desconocidos, equivocarme un montón, desarmar todo lo que se rompe y aprender a arreglarlo, es porque el dijo que podía.
Suena No te Enamores Nunca de Aquel Marinero Bengalí, y Miguel Abuelo llora.
Papá inventó mis ganas de ojalá ser padre algún día.
Te dejo un disco que escribí sobre el llamado Colibrí.
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