Mirar la página. Mirarla y mirarla más. Y dejar que en ella se disuelvan los pensamientos que me persiguen sin siquiera permitirme tomar aliento al doblar la esquina.
Cuando la brisa es gris, el mar es rojo y la vista una tormenta, todo cambia de color en el vacío del corazón. El color de la vida creada aquí, no más tarde. No afuera. Y empiezo a pensar que tampoco adentro, aunque ese adentro suene a silencio pintado por las notas inquietas de los pájaros.
Me rehúso a sentir en vano. Si voy a sentir, quiero hacerlo hasta que fragmentos de mí y de mi piel se desprendan y encuentren su lugar en los polos o en algún bucle de esta Tierra que empiezo a imaginar como un agujero negro. Pero hoy le pido al tiempo otra cosa: que se lleve un poco de lo que siento y me muestre cómo una flor vuelve a crecer después de que le arrancan los pétalos.
Desconozco la naturaleza del tiempo. Lo he mirado fijamente, incluso sin lentes, desde distintos lugares del espacio que habito, y cuanto más lo observo, más parece huir de mí.
Lucho con su condición de fenómeno. Un fenómeno puede observarse, percibirse, experimentarse. Quizá por eso he dejado de buscarlo en sí mismo y he comenzado a buscarlo en sus manifestaciones. Porque el tiempo nunca aparece solo. Está en la luz que cambia. En la fotografía que envejece. En la sombra de no sé quién que se desplaza por una pared. En las imágenes que se degradan. En la memoria de ti que se transforma. En la estrella cuya luz nos alcanza millones de años después de haber partido.
Es un fenómeno invisible que solo puede hacerse visible a través de sus huellas. ¿Y qué huellas dejará en mí?
No veo más que mapas sin orientación, collages sin forma y una vida hecha de sueños reales. Todo aparece y desaparece. Quizá esa sea la única eternidad posible: la de aquello que nunca permanece y aun así insiste en existir por un instante.
Siento que lo único verdaderamente mío es mi cuerpo y el mundo que encuentro al cerrar los ojos por la noche. Un territorio que nadie puede tocar. Solo yo. Ni siquiera el tiempo parece capaz de arrebatármelo. De alguna forma tengo la llave, aunque no sepa dónde la he escondido.
Pensar también es mío. Pero ¿cómo trasladar esos pensamientos a esta página y a las siguientes, y no a los pasos que tengo delante?
Últimamente no he entendido mi existencia. Dialogo con el viento, con voces que me hablan aunque no pueda verlas, con colores que aparecen sin haber sido llamados. Y aun así sigo sin comprender la razón del pasado, del presente y del futuro.
Las mariposas baten las alas y desaparecen. Nunca he visto una quedarse mucho tiempo frente a mí. ¿Será esa la respuesta que busco? La belleza vuela. El tiempo también. Pero quizá no vuelen hacia la eternidad, sino hacia un horizonte que, como todos los horizontes, termina en alguna parte.
¿Será sentir el ingrediente activo de las palabras? Y si es así, ¿por qué las palabras, hechas apenas de letras, terminan convirtiéndose en una sopa incapaz de asumir otras formas?
Hoy no tengo palabras que coordinen. Tampoco hechos que las ordenen.
Solo tengo este sentir que cada vez necesita salir más. Como una historia que lleva demasiado tiempo dentro de mí. Como una vida que vuelvo a vivir cada vez que escribo.
-Juliana
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