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EN BLANCO · Jul 5, 2026

La primera vez

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Juliana Hoyos · EN BLANCO

Quizá vivimos para sentir.

Ayer alguien preguntó para qué vivimos. Durante un rato intentamos responder hablando del amor, del trabajo, de los sueños, de construir una familia o de dejar una huella cuando ya no estemos. Pero mientras escuchaba todas aquellas respuestas, no dejaba de pensar que quizá el sentido de vivir no estuviera tan lejos.

Quizá vivimos para sentir.

Contener la respiración unos segundos bajo el agua.

Volver a la superficie buscando aire.

Esperar un mensaje.

Escuchar nuestro nombre pronunciado de una forma que nadie más lo hace.

Caminar descalzos sobre la arena caliente.

Cerrar los ojos mientras el sol toca la cara.

Dormir abrazados.

Descubrir el olor de la tierra después de la lluvia.

Mirar las olas durante horas sin cansarnos.

Encontrar una flor creciendo entre las grietas del cemento.

Ver un arcoíris aparecer donde hace un momento solo había lluvia.

Mirar las estrellas hasta sentirnos diminutos.

Aprender el nombre de una estrella.

Ver cómo una tormenta se acerca lentamente.

Encontrar formas en las nubes.

Escuchar la lluvia desde una ventana.

Sentir el viento recorrer la piel.

Temblar de frío.

Sentir el primer rayo de sol después del invierno.

Ver cómo una sombra se desplaza lentamente por una pared.

Descubrir que la luz nunca cae dos veces de la misma manera.

Detenernos.

Contemplar.

Volver a mirar.

Enamorarnos.

Decir “te amo” con miedo.

Construir recuerdos con otra persona.

Descubrir que alguien también nos estaba esperando.

Despedirnos.

Extrañar.

Volver a encontrarnos.

Que también exista el corazón roto.

Llorar una ausencia.

Atravesar el duelo.

Perdonar.

Descubrir que sanar también duele.

Esperar.

Ver crecer un árbol.

Reconocer un olor de la infancia.

Olvidar.

Recordar.

Descubrir que los años cambian el significado de una fotografía.

Preparar café por la mañana.

Perder un bus.

Encontrar un libro por casualidad.

Escribir una carta.

Recibir una carta.

Doblar una esquina sin saber qué hay al otro lado.

Compartir una comida.

Volver a casa.

Escuchar una canción que parece haber sido escrita para nosotras.

Terminar un libro y quedarnos en silencio.

Mirar un cuadro sin entender por qué nos conmueve.

Entrar en un museo.

Salir distintos de como entramos.

Descubrir una película que nos cambia una pregunta.

Escribir una frase y sentir que siempre había estado dentro de nosotras.

Hacer una fotografía que nunca podremos repetir.

Mirar una imagen una segunda vez.

Quedarnos un poco más.

Encontrar belleza donde antes solo había costumbre.

Hacer preguntas.

Sostener una mariposa.

Mirar por un telescopio.

Encontrar un tesoro.

Entender que somos diminutos.

Maravillarnos de seguir aquí.

Si no vivimos para eso, ¿entonces para qué vivimos?

A veces tengo la sensación de que crecer consiste, poco a poco, en dejar de sentir con la intensidad con la que alguna vez sentimos. Nos acostumbramos, dejamos de mirar, dejamos de sorprendernos. Todo empieza a tener nombre antes incluso de haber sido observado.

Sabemos que es un árbol, y dejamos de mirarlo. Sabemos que es lluvia, y dejamos de escucharla. Sabemos que es una sombra, y deja de fascinarnos. Como si ponerle un nombre a las cosas nos hiciera creer que ya las conocemos por completo. Y, sin embargo, nunca vuelve a existir la misma luz, nunca vuelve a caer la misma lluvia, nunca somos exactamente la misma persona que observa.

Es posible que por eso necesito tanto el arte; no porque haga la vida más bella, la vida ya lo es. Sino porque el arte tiene una capacidad para devolverme aquello que la costumbre intenta arrebatarme. El arte me obliga a detenerme, a permanecer frente a una imagen, una melodía, un canto, una película o un poema hasta que algo, vuelve a moverse dentro de mí. Me recuerda que todavía puedo conmoverme.

Empiezo a pensar que esa ha sido siempre su verdadera función, no enseñarnos a mirar cosas nuevas, sino enseñarnos a mirar de nuevo.

Cuando digo que quiero elegir el arte una y otra vez, no estoy hablando de una profesión, ni siquiera de crear obras. Estoy hablando de una forma de habitar el mundo, de proteger la parte de mí que todavía hace preguntas aunque no encuentre respuestas, la que puede quedarse en silencio contemplando el movimiento de una sombra, la que sigue creyendo que la belleza no necesita justificarse para existir, la que todavía no ha dejado de asombrarse.

Porque, si algún día olvido quién soy, espero saber volver. No necesariamente a un estudio, ni a una cámara, ni a una página en blanco; sino a esa manera de mirar que siempre ha hecho que la vida se sienta un poco más viva.

Que vuelva al arte cuando el juicio haga demasiado ruido; cuando el miedo me haga más pequeña, cuando las formas importen más que el fondo; cuando mi propia mente intente convencerme de que sentir es un exceso.

Que prefiera el arte antes que la certeza. Que, ante la duda, elija mirar un poco más. Escuchar un poco más, permanecer un poco más. Que no deje nunca de escoger aquello que despierte mi curiosidad, aunque no tenga una explicación inmediata. Que no pierda la capacidad de asombro por intentar comprenderlo todo.

Que el arte siga siendo el lugar donde las preguntas valen más que las respuestas. Donde la belleza no necesita justificarse. Donde lo invisible también encuentra una forma de existir.

Que me recuerde que una vida no se mide únicamente por lo que produce, sino también por aquello que es capaz de contemplar. Que me enseñe a vivir con la sensibilidad intacta, incluso cuando el mundo parezca recompensar lo contrario.

Y si algún día olvido quién soy, que sepa volver. Volver al arte. O volver a cualquier lugar que me recuerde que sigo siendo capaz de asombrarme. Porque quizá eso sea, al final, lo único que realmente merece ser protegido. La parte de nosotras que todavía sabe mirar el mundo como si fuera la primera vez.

-Juliana

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