Se cumplen diez años de la publicación del ensayo Salvar los medios de comunicación de la profesora de Economía y experta en la industria de las noticias Julia Cagé. La profesora proponía en su estimulante texto una fórmula a la que llamó sociedades de medios de comunicación y con la que pretendía ofrecer un modelo a medio camino de las fundaciones y de las sociedades con ánimo de lucro con el que las empresas periodísticas pudieran sortear las heridas provocadas por la irrupción de los grandes depredadores tecnológicos y la destrucción de sus vías de ingresos tradicionales, en particular de la publicidad.
Diez años después, parece que estas buenas intenciones y propuestas se quedaron sólo en eso. Pero siguen estando vigentes algunas de las ideas sobre las que reflexiona la autora en torno al mismo concepto de los medios de comunicación y sobre la necesidad de financiarlos desde lo público si de verdad creemos en esa frase un tanto ampulosa pero cierta de que sin medios no hay democracia.
Cagé parte de una paradoja. Los medios de comunicación, y en especial la prensa, tienen un peso económico relativamente débil y los periodistas por sí mismos sufren una situación de debilidad que colinda con la precariedad. Pero si atendemos a las cifras de visitas a los medios, siguen teniendo un público muy amplio y son capaces aún de influir en decisiones esenciales para el buen funcionamiento de la democracia.
Así, según la ensayista, en este contexto cobra más fuerza la idea de que la democracia, hoy en la parrilla mediática de unas redes donde no hay reglas y una falsedad vale lo mismo que la verdad, debe apoyarse en un sistema sólido de medios y, por tanto, urge su revitalización con ventajas que no irían tanto a mejorar las cuentas de resultados de esos medios sino a invertir en la cuenta de resultados…de la democracia.
En este punto, quiero hacer una precisión. La ensayista no habla de ayudas, sino de dotar a los medios de comunicación de un estatus legal y fiscal favorable para sus intereses y proporcional a su aportación a la vida democrática en su comunidad a través de un ejercicio real de pluralismo que sigue siendo una asignatura pendiente incluso entre las sociedades más avanzadas.
Entiendo que esta premisa puede resultar provocadora, más si cabe cuando observamos que la confianza de los ciudadanos en los medios no hace más que decrecer y que estos mismos medios sufren una merma de calidad que es fruto de los recortes y despidos continuos en sus plantillas, pero es clave.
Si queremos un paisaje mediático plural y que promueva valores democráticos de convivencia, respeto del contrario y desarrollo de libertades y derechos civiles, necesitamos plazas públicas sanas.
Y esas plazas públicas sanas las pueden proporcionar medios sólidos que cumplan con los criterios de verificación y de fiscalización del poder que son consustanciales al ejercicio democrático del periodismo y no tanto unas redes contaminadas por el hedor algorítmico de quien decide qué es rentable y qué no lo es en las plataformas de entretenimiento que usamos en nuestro día a día. Para pensarlo.

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