RSS Amplifier

Bocados de Nueva York · Aug 14, 2026

El Rockefeller Center

0
Sign in to vote or save

Juana Fernandez · Bocados de Nueva York

Hay lugares de Nueva York que todo el mundo cree conocer. El Rockefeller Center es uno de ellos. Lo vemos en películas navideñas, en retransmisiones de televisión, en fotografías de turistas patinando sobre hielo o contemplando el gigantesco árbol que colocan cada Navidad. Lo asociamos con el observatorio Top of the Rock, con los estudios de televisión de la NBC y con algunas de las imágenes más reconocibles de Manhattan. Sin embargo, lo curioso es que la mayoría de las personas imaginan el Rockefeller Center como si fuera un único edificio, cuando en realidad es algo mucho más ambicioso.

El Rockefeller Center no es un rascacielos. Es una pequeña ciudad dentro de la ciudad, un conjunto de edificios, plazas, jardines, terrazas y pasajes que ocupan varias manzanas completas en el corazón de Midtown. Cuando entras en Rockefeller Center no estás entrando en un edificio, sino en uno de los proyectos urbanísticos más extraordinarios de la historia de Nueva York. Y quizá por eso me gusta tanto este lugar. Porque resume una característica muy neoyorquina: la capacidad de pensar a lo grande incluso cuando todo parece invitar a la prudencia.

Su construcción comenzó durante la Gran Depresión, cuando millones de estadounidenses habían perdido sus empleos y la economía atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia. En aquel contexto, levantar un complejo inmenso de rascacielos parecía casi un acto de fe. Sin embargo, la familia Rockefeller siguió adelante. Mientras tantas personas veían cómo sus negocios desaparecían y sus ahorros se evaporaban, aquí se generaron miles de puestos de trabajo y se envió un mensaje que todavía hoy resuena en la ciudad: Nueva York podía seguir construyendo su futuro incluso en medio de la adversidad.

Pero si hay algo que ha convertido al Rockefeller Center en un símbolo universal, no son sus edificios ni sus oficinas. Es una fotografía. Quizá la fotografía más famosa jamás tomada en Nueva York. Seguro que la has visto cientos de veces. Once trabajadores sentados sobre una viga de acero, suspendidos en el vacío, compartiendo tranquilamente su almuerzo mientras Manhattan se despliega cientos de metros bajo sus pies. Es una imagen tan poderosa que parece formar parte de la memoria colectiva incluso de quienes nunca han visitado la ciudad.

Durante años pensé que aquella fotografía había sido tomada en el Empire State Building. Mucha gente probablemente siga creyéndolo hoy en día. Pero en realidad fue tomada en el Rockefeller Center, durante la construcción del entonces llamado RCA Building, el edificio que hoy conocemos como 30 Rockefeller Plaza. Era septiembre de 1932 y aquellos hombres estaban sentados sobre una viga de la planta 69, a unos 260 metros de altura. La fotografía formaba parte de una campaña promocional para dar a conocer el proyecto, pero terminó convirtiéndose en algo infinitamente más importante: un símbolo de Nueva York y del espíritu de quienes construyeron la ciudad.

Lo que más me impresiona de esa imagen no es la altura. Ni siquiera el riesgo. Es la normalidad con la que aquellos hombres parecen vivir una situación que hoy nos parece imposible. Están charlando. Algunos sonríen. Otro sostiene un bocadillo. Hay una sensación de camaradería que hace que durante unos segundos olvidemos que bajo ellos se extiende el vacío. Eran trabajadores reales, muchos de ellos inmigrantes vendidos de Europa o hijos de inmigrantes, hombres que habían llegado a Nueva York buscando exactamente lo mismo que millones de personas antes y después: una oportunidad. Cada día caminaban sobre aquellas estructuras de acero para construir un skyline que todavía no existía. Mientras el mundo atravesaba una crisis económica devastadora, ellos levantaban los edificios que terminarían definiendo la imagen de Manhattan para generaciones enteras.

A veces pienso que esa fotografía explica Nueva York mejor que cualquier guía turística. Porque detrás de cada rascacielos hay historias como estas. Cuando admiramos un edificio solemos recordar al arquitecto o al empresario que financió la obra, pero rara vez pensamos en las personas que colocaron cada viga, remacharon cada estructura o trabajaron suspendidas sobre el vacío para hacer realidad aquellos proyectos. La famosa fotografía nos obliga precisamente a mirar hacia ellos. Nos recuerda que las ciudades no las construyen únicamente los visionarios. También las construyen miles de personas anónimas cuyos nombres casi nunca aparecen en las placas conmemorativas.

Cada vez que paso por Rockefeller Center me gusta levantar la vista hacia el 30 Rockefeller Plaza e imaginar aquel día de septiembre de 1932. Intento escuchar mentalmente el ruido de los martillos, el sonido de las grúas y el bullicio de una ciudad que seguía creciendo incluso en los años más duros de su historia. Imagino a aquellos once trabajadores compartiendo el almuerzo sin sospechar que, casi un siglo después, millones de personas seguirían contemplando aquella imagen. Lo que para ellos era simplemente una pausa en la jornada laboral acabaría convirtiéndose en uno de los retratos más famosos del siglo XX.

Sin embargo, el Rockefeller Center es mucho más que esa fotografía. Es la plaza donde los neoyorquinos celebran la Navidad. Es la pista de hielo donde miles de parejas han tenido su primera cita. Es el lugar desde donde los estudios de televisión entran cada mañana en los hogares de millones de personas. Es también un museo al aire libre lleno de esculturas, murales y obras de arte que muchos visitantes atraviesan sin siquiera darse cuenta. Y es, sobre todo, un ejemplo de cómo una ciudad puede crear espacios que siguen vivos casi un siglo después de haber sido concebidos.

Quizá por eso el Rockefeller Center me sigue pareciendo mucho más interesante que un simple conjunto de edificios. Detrás de la pista de hielo, de las luces de Navidad y de las espectaculares vistas desde Top of the Rock se esconde una historia de optimismo, de ambición y de confianza en el futuro. La historia de una ciudad que decidió seguir construyendo cuando parecía que todo se derrumbaba. Y también la historia de aquellos once hombres que, sentados sobre una viga en el cielo de Manhattan, terminaron convirtiéndose sin saberlo en el rostro más reconocible de Nueva York.

Porque el Rockefeller Center no es solo arquitectura. Es una declaración de intenciones. Es la prueba de que Nueva York siempre ha preferido mirar hacia arriba. Y quizá esa sea la razón por la que, casi cien años después, seguimos levantando la vista cuando pasamos por allí.

Y yo, cada vez que lo hago, no veo únicamente rascacielos. Veo una ciudad que se negó a rendirse. Veo a miles de trabajadores construyendo el futuro en medio de la incertidumbre. Veo la fotografía más famosa de Nueva York suspendida sobre el aire. Y recuerdo que las ciudades más extraordinarias no se construyen solo con acero y hormigón. También se construyen con coraje, con visión y con la capacidad de seguir soñando incluso cuando nadie sabe si el sueño llegará a hacerse realidad.

Gracias por leer mis Bocados de Nueva York! Si te ha gustado compártelo.

Compartir

Read the original on juanadream.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.