Patxi llevaba veinte minutos contándome cómo funciona el variable en su empresa , hasta que la conversación deriva a un punto interesante:
—En abril cobro el variable. Josean, este año viene realmente bien. Ya verás la cantidad de gente que cambia de coche, algo no me cuadro porque yo solo pienso en cubrir huecos y ahorrar para volver a España. Me siento como ese pagafantas que aparece en tus vídeos.
Lo dijo contento, con una mezcla de sentido del humor y envidia. Y con todo el derecho del mundo: 44 años, dos hijos, dos años viviendo en Estados Unidos, una hipoteca que no les aprieta demasiado, un fijo digno y un variable que el año pasado se le quedó en más de 100.000 dólares limpios, después de impuestos. Ha trabajado como un animal para ese número. Nadie se lo ha regalado, y alucina con la facilidad con que la gente de su oficina lo convierte en cosas que muchas veces no hacen falta.
Mi respuesta : no te preocupes, estás haciendo lo correcto. Lo que pasa es que la mayoría de tus compañeros no han hecho los números con esos 100.000 nunca.
Pero.. la conversación se me quedó dando vueltas toda la semana.
Porque unos meses antes, en otra mentoría, había escuchado la otra mitad de esta historia… El jefe que paga esos incentivos.
Era un directivo, empresa grande ,más de 500 personas en la empresa. Estábamos hablando de su propio patrimonio cuando se desvió solo, casi con orgullo, a contarme cómo habían diseñado el variable de su plantilla. La psicología no solo está en la inversión, sino también en las empresas.
Había subido el peso de la parte variable y mantenido el del fijo. Funcionaba de maravilla, me dijo. La gente se motivaba mucho.
—Además, con el bonus se compran el coche. Y… así los tengo cogidos por los huevos. Es más estamos pensando en ofrecer prestamos sin intereses para que se gasten el dinero en chorradas o compren un coche más tocho.
Palabras textuales. No lo dijo con maldad de villano de película. Lo dijo satisfecho, con la naturalidad de quien ha encontrado algo que los demás no ven.
Le pregunté de dónde le venía la idea.
Y ahí salió la historia de verdad: años atrás, un empleado suyo de 49 años se sentó delante de él y le dijo que ya estaba bien. Que tenía dinero suficiente. Que se iba porque tenía la libertad financiera y que se iba a comer palomitas mientras los demás curraban.
No pidió aumento. No negoció. No amenazó con irse a la competencia. Simplemente se fue… porque podía.
Aquel día el CEO aprendió una lección y la aplicó con método. Un empleado con un coche financiado a cinco años y con mucho nivel de gasto no se sienta nunca en esa silla a decir eso.
Porque la sensación de Patxi —la de ser el raro, el tonto, el pagafantas de la oficina— no es un accidente. En muchas empresas.. es el resultado buscado. Que cambiar de coche en abril parezca lo normal y ahorrar parezca una excentricidad es exactamente el ambiente que a alguien le interesa que haya.
El pagafantas no es el que no se compra el coche. El pagafantas es el que paga la fiesta de otro sin saberlo.
Vamos con la cuenta de servilleta, que es la que funciona muchas veces.
Esos 100.000 dólares en un índice global, sin tocarlos, a un 9% nominal —la referencia histórica larga de la bolsa americana con dividendos— se convierten en unos 364.000 dólares dentro de quince años, que es más o menos cuando Patxi quiere volver a España. Si aguantara veinte, serían 560.000.
Pero los dólares de 2041 no compran lo que compran los de hoy. Descontando un 3% de inflación anual, esos 364.000 equivalen a unos 234.000 dólares de poder adquisitivo actual. Alrededor de 215.000 euros de los que va a gastar cuando aterrice aquí.
Y ahora la traducción para el Patxi del futuro.
Doscientos quince mil euros, para una familia que en España vive con 40.000 al año, son más de cinco años de vida sin trabajar.
Cinco años de despertarse sin alarma en el sitio al que quiere volver, pagados por un solo abril.
O, si prefiere no tocar el principal: unos 625 euros al mes de por vida , a una tasa de retirada prudente de europeo (un 3,5%, no el 4% americano de los libros).
Ese es el precio de un coche. No 100.000 dólares: cinco años de España.
Pero hay un cálculo mejor,
Si Patxi mantiene la disciplina y mete el 70% de cada variable en la cartera, unos 70.000 dólares al año, a un 6% real acumula alrededor de 1,5 millones de euros de hoy en quince años. Su número para poder dejar de trabajar, con el gasto que quiere tener aquí, ronda 1,3 millones.
Le sale. Le sale en catorce años.
Y esta es la parte que más me gustó de la mentoría, porque la formuló él y es la definición más sana que he oído en mucho tiempo:
Yo no quiero dejar de trabajar. Quiero poder darle al botón si me tocan los huevos
No quiere retirarse a los 55 a mirar el mar. Quiere poder decir que ya está bien. Poder irse. Poder aguantar un mal año en la empresa sin que se le encoja el estómago. Volver a España por decisión propia y no porque le echen.
Ese objetivo es infinitamente mejor que “jubilarme a los X”, porque no le obliga a adivinar cuándo se va a cansar de trabajar y le sirve igual si no se cansa nunca.
Aquel empleado que se levantó a los 49 años y le dijo a su jefe que ya estaba bien no era más listo que nadie. No había acertado ninguna acción ni pillado ningún chollo.
Simplemente había llegado antes al botón. Y probablemente lo hizo conduciendo un coche viejo, mientras el CEO le miraba pensando ... pobre hombre, vaya mierda de coche que tiene y no sabía … que tenía cogido al CEO por los *****
A Patxi le dije que el plan tiene que tener varias partes y una de ellas es gastar.
El 70% sale disparado a la cartera global el tercer día después del cobro, todo el mundo lo sabe , su mujer , sus hijos… No estás invirtiendo , estás comprando el billete de vuelta a España.
El 10% al colchón hasta llegar a doce meses de gastos —doce, no seis, porque su ingreso baila y encima vive fuera— (recuerda que cuando vives fuera… tu cartera también suele vivir fuera..)
Y el 20% restante son 20.000 dólares al año para gastárselos enteros.
Enteros. Sin culpa, sin justificarse, sin convertirlo en “bueno, al final lo invierto”. Viajes, la cocina, un curso, traerse a la familia de España en verano, llevarse a los suyos a algún sitio que recuerden dentro de veinte años. Si a final de año le sobra dinero de esa partida, no ha ganado nada: ha fallado.
Un plan sin premio se abandona a los dieciocho meses. Siempre. He visto morir muchos más planes de ahorro por austeridad excesiva que por gasto excesivo, y la gente que aguanta veinte años invirtiendo no es la que más se privó, es la que encontró un ritmo que podía sostener sin odiarse.
Y si el coche hace falta de verdad —que a veces hace falta, esto no va de moral—, que se compre en octubre con dinero ahorrado del fijo, no con el variable de abril. El tamaño lo decide su capacidad estructural, no el pico de tesorería.
Los compromisos fijos se pagan con ingresos fijos. Nunca al revés. Una cuota mensual atada a un bonus es una bomba en un bonito google calendar de colores.
Esto casi nadie se lo cuenta a los que están fuera, y vale más que todo lo anterior junto.
España no le va a regalar un precio de compra nuevo cuando aterrice. Cuando Patxi vuelva y sea residente fiscal aquí, Hacienda mirará la ganancia de su cartera desde el día que compró en Estados Unidos, no desde el día que pisó Barajas. Quince años de plusvalías americanas pueden acabar tributando bajo reglas españolas.
Y hay un problema de vehículo encima: los ETFs con los que se invierte allí —los típicos VOO o VTI— no se pueden comprar desde la Unión Europea por normativa, ni disfrutan del traspaso sin peaje fiscal de los fondos españoles. Pero mientras siga siendo contribuyente estadounidense, comprar fondos europeos le mete en el régimen PFIC, que es un infierno fiscal por derecho propio.
Traducción: el año anterior a volver es el año fiscal más importante de su vida. Ahí se decide qué plusvalías se afloran todavía bajo reglas americanas, qué se traspasa y en qué orden. Eso se planifica con un asesor de los dos países y con varios meses de margen, no en el avión.
Un error ahí cuesta bastante más que el coche.
Así que la reflexión para este caluroso domingo de Agosto sería la siguiente.
¿Cuánto te falta para poder sentarte delante de tu jefe y decirle que ya está bien y puedas apretar el boton?
Si no sabes el número, ese es el trabajo de este fin de semana. Y si lo sabes, dime en los comentarios cuánto estás de cerca o de lejos de ese número….
Recuerda que si alguna vez te has sentido el raro de tu oficina por no cambiar de coche cada año, ya sabes a quién le conviene que te sientas así.
Josean Paunero
Economista Cuantitativo y domador de IAs con Python (ellas no se dejan pero yo sigo intentándolo)
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