A veces, lo más valioso del día no reside en lo que haces, sino en lo que logras proteger.
Me explico.
Levántate conmigo sobre las 4:00 de la mañana.
Ven a la cocina. Preparamos café, te sientas a mi lado y abro el ordenador.
Durante unas horas, viajamos hasta 1994.
A Londres.
A Barcelona.
A Tallin.
A Estocolmo.
Al mar Báltico.
Allí nos esperan Christian Vinther, Diana Valenti y una historia que llevo meses intentando construir sin que se me hunda entre las manos.
Luego, cierro el documento y comienza el día real: correos, trabajo, obligaciones, pequeñas tareas que se disfrazan de importancia.
A veces pienso que escribiría más si tuviera todo el día libre.
Pero sospecho que no.
Probablemente perdería la mañana moviendo carpetas, mirando por la ventana o convenciéndome de que necesito otro café antes de empezar.
En cambio, cuando solo dispongo de unas horas, ese tiempo se vuelve sagrado.
No siempre salen páginas brillantes. A veces borro más de lo que avanzo.
Pero incluso eso cuenta.
Porque las historias no se escriben solo durante los días buenos. También se construyen en esos días en los que uno abre el documento y decide simplemente continuar.
Quizá el tiempo funcione así con todo lo que realmente importa: nunca sobra y, precisamente por eso, vale tanto.
Estarás de acuerdo conmigo en que el bien más preciado es el tiempo.
Si te apetece sumergirte en un thriller donde el pasado se niega a ser enterrado, puedes empezar por el primer libro de la serie: Secretos de Estado.
Y si ya lo has leído y te gustó, dímelo. Me alegrarás el día. 😊
Hasta la próxima página juntos,
J. J. Fernández
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