El mercado celebra un rally que en el fondo es una sola apuesta repetida mil veces, y lee la fuerza de Wall Street como salud del sistema. Es concentración disfrazada de convicción: el capital, los insumos y el poder de fijar precios se drenan hacia un puñado de nombres ligados a la inteligencia artificial, mientras el resto del planeta paga la cuenta. Aprendí que cuando una sola historia explica todo, deja de proteger algo.
Lo que nadie tiene en precio es el otro lado de ese descuento. Largo emergentes fuera del ruido de la IA, con América Latina como ancla; corto la premisa de que un tema sostiene un índice entero.
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Por qué el silencio corporativo sobre los aranceles no es alivio, sino asimilación permanente.
El mayor descuento en veinte años entre emergentes y Estados Unidos, y lo que en realidad esconde.
Quiénes acapararon memoria antes de la tormenta, la guía que dejó sin aire al consenso, y una cartera de pedidos que quema efectivo.
Por qué llegar nunca es el final, sino el punto donde muchos dejan de intentar.
En el segundo trimestre de 2025, después del llamado Día de la Liberación, 85% de las conferencias de resultados en Estados Unidos mencionaba los aranceles, con seis pasajes por llamada en promedio. Un año después, según el Peterson Institute for International Economics, que revisó 920 conferencias de 150 empresas, la proporción cayó a 34% y a un solo pasaje. Una caída de 51 puntos porcentuales que muchos leen como alivio.
No lo es. Que se hable menos de un costo no significa que haya dejado de pagarse. Walmart reconoció haber entregado miles de millones de dólares al gobierno estadounidense, absorbiendo una parte y trasladando la otra al consumidor. Nike vio su margen bruto caer 300 puntos base, hasta 40.6%, y su utilidad neta retroceder 32%, hasta 800 millones de dólares. Frank Sullivan, de RPM International, ya anticipa otro año volátil. Ebehi Iyoha, de Harvard Business School, documenta lo más silencioso: la incertidumbre acortó los horizontes de planeación y empujó a las empresas a recortar inversión y contrataciones para guardar efectivo.
Aquí está lo que el mercado todavía no descuenta. El silencio no es asimilación pasajera, es incorporación definitiva: el arancel dejó de ser noticia y se volvió piso de costos. Eso comprime de forma estructural los márgenes de industriales, materiales y consumo discrecional, y desangra en voz baja a las pequeñas compañías, obligadas a pagar el gravamen antes de mover su mercancía. El 55% de los líderes lo rechaza, pero se adapta igual.
Cuando una alarma deja de sonar no siempre es porque el peligro pasó. A veces es porque ya vive dentro de la estructura de costos, y nadie vuelve a mirarlo.
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Por primera vez en al menos dos décadas, las acciones de mercados emergentes cotizan a menos de la mitad de las estadounidenses. El índice MSCI Emerging Markets se paga a 9.9 veces las utilidades estimadas del próximo año; el S&P 500 supera las 20 veces. El consenso lee ese descuento como una condena a las economías en desarrollo. Lo está leyendo al revés.
Ese descuento no es un veredicto sobre los emergentes, es el reflejo de la concentración estadounidense. Y ni siquiera los emergentes escapan del mismo imán: el MSCI EM sube 19% en el año, pero casi todo viene de SK Hynix, Samsung y Taiwan Semiconductor, la misma apuesta de inteligencia artificial. Desde finales de febrero, ese índice avanzó apenas 3% frente al 13% del S&P 500.
Debajo del promedio hay una dispersión enorme que el titular esconde. Mientras la tecnología de Taiwán y la India cotiza entre 17 y 18 veces, Brasil se paga a 8.2, Egipto a 8 y Turquía a 4. Ahí, lejos del ruido, es donde James Athey, de Marlborough, ve valor: prefiere Latinoamérica por su combinación de política monetaria, reformas y viento macroeconómico a favor. La India, con su Sensex 13% abajo en dólares, vuelve al radar como historia de crecimiento y cobertura frente al riesgo de la IA.
El descuento no mide la debilidad de los emergentes. Mide cuánto ha pagado el mercado por creer que un solo tema merecía todo el capital del mundo.
Es lo que subió el costo de los componentes electrónicos para los productores en mayo.
La ley de hierro de la tecnología es que sus piezas se abaratan con el tiempo. Cuando encarecen 27% en un mes, no es un tropiezo de inventario: es la señal de que la inteligencia artificial se volvió una fuerza extractiva que reasigna insumos físicos, y de que el piso de precios de toda la electrónica ya se movió hacia arriba.
Los que vieron venir la tormenta
Apple duplicó su inventario de componentes hasta 11,100 millones de dólares, desde los 5,700 millones de septiembre pasado, y con ello Tim Cook abandonó su vieja doctrina de operar con los almacenes casi vacíos. La lectura no es logística, es de poder: quien tiene tamaño acapara y se protege; quien no, absorbe. Por eso 82% de los fabricantes ya reporta aumentos de precios, y Jitesh Ubrani, de IDC, advierte que no volverán a los niveles de 2025.
Lo que importa: la escasez no reparte el dolor por igual, lo concentra donde ya había ventaja.
La guía que dejó sin aire al consenso
Super Micro Computer subió 9% después de proyectar para el año fiscal 2027 ingresos de entre 65,000 y 72,000 millones de dólares, muy por encima de los 54,430 millones que esperaban los analistas. Su utilidad por acción del trimestre, de 1.70 dólares, superó la estimación de 1.59, y su margen bruto se expandió a 17.5% desde 9.9%. El mercado no premió el pasado, premió una promesa que casi duplica su propio consenso.
Lo que importa: en este ciclo la expectativa pesa más que el resultado, y ahí también se esconde el riesgo.
Las ganancias de CoreWeave se más que duplicaron, hasta 2,580 millones de dólares, y su cartera de pedidos llegó a 104,000 millones, con 25,000 millones adicionales comprometidos en julio. Pero el reverso incomoda: registró una pérdida operativa de 49 millones y una pérdida neta ajustada de 567 millones, mientras levantaba más de 10,000 millones en deuda para seguir el ritmo. La infraestructura de IA vende como nunca y consume capital como nunca.
Lo que importa: una demanda récord no garantiza rentabilidad; a veces solo garantiza una factura mayor.
Richard St. John cuenta en su charla algo que casi nadie quiere escuchar: no existe la cima. Relata cómo su empresa creció y cómo se derrumbó el día en que dio por sentado que ya había llegado. Su idea incomoda por lo simple: el éxito no es una calle de un solo sentido, es un viaje que no termina, y en el instante en que dejamos de intentar, caemos.
Piénsalo con tu propia vida, no con tus logros de escaparate. ¿Cuántas cosas que amabas dejaste de cuidar apenas las diste por conquistadas? La relación que descuidaste, el oficio que dejaste de practicar, la curiosidad que apagaste.
Llegar no es el peligro. El peligro es creer que ya llegaste. Ve el video completo aquí →
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Seguimos el hilo de la concentración. Qué pasa con tu cartera el día en que el único tema del mercado deje de funcionar.

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