Casi cada día, antes de que salga el sol, me levanto y repito exactamente la misma rutina. Me preparo dos huevos duros, medio aguacate, un par de tostadas, una pieza de fruta y un vaso de agua. Desayuno escuchando un podcast de historia —The Rest is History o Empire—. Me voy a mi escritorio, me preparo una infusión y me pongo a escribir o leer. Afuera, solo se escuchan los pájaros piando o algún coche solitario. Repetir cada mañana este ritual es uno de mis momentos más felices del día.1
Este 2025 no ha sido un año de cambios radicales en mi vida. Y creo que eso es buena señal. En los últimos cinco años, había pasado por tres trabajos distintos y vivido en cuatro países diferentes. Todo era nuevo, pero poco sólido. Ahora, en cambio, tengo un trabajo que me entusiasma y una vida que me gusta tal y como es. Me alegra que lo bueno que he encontrado vaya echando raíces.
Cada día, cuando me levanto por la mañana, repito el mismo proceso: desayuno, podcast, infusión, mirar por la ventana, sentarme en mi escritorio, leer, escribir. El ritual es el mismo. Pero el contenido no. Leo sobre nuevos temas, realidades, autores, mundos que desconozco. Escribo para aclarar mis nuevos pensamientos, aprendizajes, conexiones mentales, y poder compartirlos con otros.
Mi ritual es cíclico, pero mi aprendizaje es lineal. Me gusta que ciertas cosas del mundo se queden como están para que otras cosas en mi mente se revolucionen. Cuando leo ciertos pasajes, cuando mi mente conecta ciertas ideas, cuando escribo ciertas frases, el mundo físico que me rodea está tranquilo, pero por dentro siento un huracán agradable.
2025 ha sido el año en el que crecimos gradualmente. He conservado las cosas que me importan, a la vez que las he hecho crecer de manera modesta pero constante. He repetido a la vez que evolucionado. He vuelto a seguir escribiendo el libro que tengo entre manos; a hablar y leer chino; a explorar restaurantes; a estar con las personas que quiero. He seguido mejorando en mi trabajo, aprendiendo sobre tecnología y geopolítica, sobre cómo moverme en el mundo de los think tanks, sobre cómo aportar a un proyecto más grande que uno mismo. He vuelto a viajar y leer para descubrir nuevas realidades: al Norte de África, a Asia Central, al Cáucaso. Todos estos aspectos de mi vida han ido a mejor, de manera más lenta o más rápida, pero consistente y segura. La única manera de mantener algo que te importa es avanzar en ello.
Este año, sin embargo, ha habido un cambio importante —y para mejor— en mi vida. He empezado a leer seriamente los Clásicos. A principios de 2025, después de descubrir el curso de humanidades de Ted Gioia, decidí que con 31 años me quedaba poco tiempo para leer lo mejor que ha escrito la humanidad. Me autoimpuse la regla siguiente: de cada tres libros que leyera, dos debían ser Clásicos. Empecé a leer a Homero, Xunzi, Heródoto, la Biblia, Platón, Tocqueville, Aristóteles, Lin Yutang. Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.2
Los Clásicos lo son por algo. Suelen estar a la altura de lo que esperas y, a la vez, siempre te sorprenden en direcciones inesperadas. No esperaba que leer a Heródoto fuera una especie de Juegos de Tronos repleto de humor negro. Que Platón o Xunzi tuvieran frases que pudiera aplicar inmediatamente a mi vida; o que el mundo de Ulises me recordara más a Oriente Medio que a Europa. Que me sintiera frustrado pensando que Tocqueville nunca haya tenido Twitter. O que en la Biblia hubiera batallas como sacadas de El Señor de los Anillos, poemas eróticos, consejos sobre cómo preparar una fiesta o hacer negocios, héroes imperfectos, profetas cascarrabias y un Dios complejo, contradictorio y fascinante.
Leer Clásicos, además, es una actividad no marginal, sino sinérgica: el conjunto es mucho mayor que la suma de las unidades. Cada Clásico que lees no es simplemente uno más, sino que es 1 + el diálogo que se establece con los Clásicos que le han sucedido y antecedido. Cuantos más lees, más rica es la conversación y las conexiones que puedes establecer entre ellos. Tiene algo de adictivo. Y genera un extraño sentimiento de hogar.
Leer los Clásicos tiene también algo de circular y linear a la vez. Estoy abriendo libros que millones de personas, durante decenas de siglos, han abierto también antes que yo. Todos leemos las mismas frases. Nos emocionamos de manera similar. Pero, a la vez, la misma experiencia adopta colores sorprendentemente distintos. Todos realizamos un proceso similar, pero el detalle, la frase, el párrafo, la idea que nos hace sentir un escalofrío, es distinta. Todos honramos el mismo ritual, de manera cíclica, en continentes y siglos distintos: abrir un Clásico y adentrarnos en él. Pero, a la vez, nuestra individualidad, nuestras experiencias, nuestras lecturas, nuestras derrotas, victorias, obsesiones e historias previas hacen que cada lectura de un Clásico sea nueva.3
En el fondo, leer un Clásico es una metáfora de la vida. Los días son cíclicos, los años son cíclicos, las vidas son cíclicas. No hay nada nuevo bajo el sol. A la vez, no hay nada igual.
Feliz 2026.
Quizás, por eso, Perfect Days ha sido la película que más me ha gustado en los últimos años.
No he respetado 100% el ratio de 2/3. Cuando voy de viaje, me gusta leer sobre el país o región que voy a visitar. La experiencia es mucho mejor y más profunda. No quería renunciar a ello. También, cuando llevas 800 páginas de la Biblia, desviarte algo más ligero es un pecado perdonable.
Desde otro ángulo, me ha hecho pensar mucho sobre la importancia de la singularidad humana la excelente serie Pluribus.
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