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Mapas Imposibles · Jul 23, 2026

Mientras miraban el partido, yo miraba EL PARTIDO

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Jada Sirkin · Mapas Imposibles

Mientras jugaban el partido, yo estaba viendo El partido. No el partido, sino El Partido, la película. Mientras Argentina jugaba la final contra España, yo miraba una película sobre otro partido—uno que se hizo historia. Ver fútbol me pone demasiado nervioso, así que mientras mucha gente mira deportes, yo miro películas.

El partido—un documental argentino de 2026 dirigido por Juan Cabral y Santiago Franco—explora cómo el deporte, la política y la historia están profundamente entrelazados. Sus dos acontecimientos centrales son la guerra de Malvinas y el famoso partido entre Argentina e Inglaterra en México ‘86.

La película tiene una postura clara—no diría un mensaje, sino un clima—contra (o más bien más allá de) la lógica del antagonismo. Pero no resulta aleccionadora, no simplifica las cosas. Al contrario, diría que la película trata justamente la complejidad de la relación histórica entre Argentina e Inglaterra, y expone cómo esa complejidad fue moldeando el partido y todas sus pequeñas implicancias.

Es potente ver una película narrada en dos idiomas, sobre todo siendo que trata, precisamente, del antagonismo entre esos dos pueblos. El cierre de una herida no puede apresurarse, por supuesto, pero experiencias como esta película pueden ayudar a sanar—o al menos a reencuadrar—esa fractura histórica.

El partido me hizo pensar en otra película, Teatro de guerra (2018, dirigida por Lola Arias), donde excombatientes argentinos e ingleses de la guerra de Malvinas se reúnen para representar episodios del conflicto de un modo teatral. Pensar en esa otra película me llevó a considerar la idea de que tanto el teatro como el deporte pueden mostrarnos el absurdo del conflicto—quiero decir, de la mayoría de nuestros conflictos.

En tanto experiencia social, el fútbol tiene algo paradójico. Por un lado, parece ayudarnos a canalizar nuestra naturaleza competitiva y a transmutarla en juego. Pero por otro, también muestra hasta qué punto estamos inmersos en—o poseídos por—ese espíritu antagonista. El fútbol saca a la luz tanto el juego como el horror, puede sacar lo peor de nosotros.

Siempre recuerdo la vez que conocí a la escritora Liliana Bodoc en una convención y le pregunté cómo escribir personajes complejos. Su respuesta fue: «Bueno, eso no es algo que vos vayas a hacer; los seres humanos ya somos complejos». Y para explayarse, dio un ejemplo personal: «Yo me considero una persona muy antirracista, pero cuando veo un partido de fútbol me descubro gritándole cosas terriblemente racistas al equipo contrario».

¿Cómo es posible?

Y sabemos que no se trata solo de gritarle al televisor, fácilmente dejamos que la emoción reactiva desborde el marco de la pantalla y el juego. La culpa no es del fútbol, por supuesto, pero sí podemos preguntarnos hasta qué punto los deportes competitivos son saludables o dañinos para la vida social. Probablemente sean ambas cosas. Sacar a la superficie nuestras frustraciones y miedos más profundos puede ser algo bueno, siempre que exista un contexto preparado para contener esa erupción. No estoy en contra de la celebración colectiva, simplemente me pregunto si esos rituales casi carnavalescos también pueden producir daño.

El deporte es solo un juego, sí, la pregunta es: ¿cómo le agregamos sentido al juego? Tal vez de eso trata la película: de cómo transformamos la experienca en un relato.

La sensación de ver la película mientras jugaban la final—Argentina contra España—fue bien extraña. Aunque soy argentino, no estaba particularmente interesado en que Argentina ganara, y creo que eso me permitió percibir otras cosas. Tal vez, al no estar viendo el partido, pude conectar con esa vibra colectiva desde otro lugar; así que me puse a pensar en las distintas maneras en que procesamos las emociones colectivas a través de diferentes medios, como el deporte y el cine. Al final, todo gira alrededor de relatos, pequeños símbolos, apretones de manos, manos que hacen goles—destino y mito.

¿Por qué me pasé toda la película llorando?

Tal vez la película me conmovió tanto porque muestra cómo un partido se convierte en un mito—y hay algo en eso que, por alguna razón, siempre me fascina: ¿cómo encuadramos la experiencia y transformamos la historia en relato?

La película muestra con paciencia cómo se construyó ese mito, como si estuviera más interesada en ese proceso que en la experiencia misma. Igual que yo, el documental parece interesarse menos por la experiencia en sí que por su elaboración.

Así, un partido se reencuadra y se convierte en un Partido, con mayúsculas—es decir, en un relato. ¿Pero qué es un relato? Pensemos en que en el fútbol hay dos relatores, el que describe y el que comenta. El primero describe objetivamente lo que está sucediendo en el campo, mientras que el segundo opina, relaciona, aventura hipótesis, construye narración. Tal vez en ese viaje de la descripción al comentario se pueda leer un fractal de lo que sucedió con este partido histórico. Están los hechos, y luego está lo que hacemos con ellos.

Podríamos decir que relato es juego. El relato es la manera en que jugamos con la experiencia—es lo que hacemos con ella.

Pensemos, por ejemplo, en la famosa «mano de Dios» de Maradona. En aquel momento la tecnología para verificar si realmente había tocado la pelota con la mano no era la que existe hoy. Ese intervalo entre el momento mismo de la experiencia y la aparición pública de las fotografías horas más tarde—esa incertidumbre—permitió que los rumores y los malentendidos pusieran en marcha el proceso del mito.

Es hermoso ver cómo algunos de los jugadores ingleses pasan de la indignación al asombro—o al menos, a la diversión. Como si al final hubieran entendido que era un juego. ¿Cómo se le pudo haber ocurrido? El gesto suena tan insólito, hasta irracional, que desborda el propio marco de la indignación.

Entonces me pregunto si eso es precisamente lo que hace esta película: mostrarnos cómo se fabricó el mito para que entendamos que es solo un relato; es decir, que era solo un juego.

Probablemente de eso trate la escena final, donde los jugadores, argentinos e ingleses, se traban en el duelo del metegol. Era un juego. La guerra, por supuesto, no lo fue. Pero el fútbol sí.

Un juego es un juego. Después le agregamos significado y la experiencia se transforma en un relato. Ese partido se convirtió en la historia a través de la cual un conflicto mucho más antiguo siguió vivo y continuó re-enmarcándose: un nuevo capítulo de una historia todavía más vieja.

Cuarenta años después, el cine desmonta el modo en que aquel juego se convirtió en ese relato, en ese mito. El mito aparece cuando olvidamos que la experiencia fue, antes que nada, una experiencia. En este caso, el partido era solo un partido, pero nosotros, animales narrativos, lo transformamos en una historia.

Y quizá la película, al desmontar cómo ese partido fue transformado en un mito, devuelve al partido, finalmente, su naturaleza de juego. No porque niegue el entrelazamiento entre deporte y política, sino porque nos permite reconocer que pelear y jugar no son la misma cosa.

Cuando peleamos, el otro es un enemigo al que hay que eliminar. Cuando jugamos, necesitamos que el otro siga vivo para poder seguir jugando. Si la guerra no era un juego, el fútbol nunca dejó de serlo, incluso cuando olvidamos—y seguimos olvidando—la diferencia entre pelear y jugar.

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