Mi amigo JM está en cama hace varios días. No está asustado, pero tiene que trabajar. Como le sucede a Gregorio en La metamorfosis, lo terrible no es ser una cucaracha, sino faltar a la oficina. Entre un mensaje y otro, se me cae un hinojo detrás del lava-ropas. Como con JM somos muy de los chistes, sé que aun estando al borde del deceso tiene, o podría tener, la capacidad de recibir un comentario como el siguiente:
—Se me cayó el hinojo detrás del lava-ropas.
Con la velocidad verbal que lo caracteriza, responde:
—Es una metáfora, tenés que lavar tus enojos.
Le mando una sonrisa y una foto del hinojo, que ahora flota dentro de una olla sucia. Mientras mi amigo JM se va a la guardia, yo me quedo pensando en cómo sería el mundo si cada cosa fuera metáfora de otra.
¿Adónde nos llevaría la cadena asociativa?
“Puedo obedecer todas tus reglas Björk,
Y seguir siendo…”
Es 2026, Jota se fanatiza con el Hombre Araña. Lee un libro sobre la historia de los comics y en el apartado dedicado a Arthur Conan Doyle recuerda de pronto sus lecturas de Sherlock Holmes—reconoce, digamos en el cuerpo, lo que significaron esas lecturas de niño, inconscientemente, no tanto las aventuras del detective, inteligente y diestro como un superhéroe, sino los momentos más quietos, las escenas previas a la entrada del conflicto, el caso a resolver, Holmes y Watson en la casa del 221 B de Baker Street, conversando de alguna cosa, fumando pipa, esa relación, una amistad; el momento previo a la tormenta, que hoy, con las películas del Hombre Araña, Jota reconoce como su momento predilecto—el momento previo, antes de que se dispare la historia.
Conan Doyle.
Jota prepara su mudanza y por alguna razón se pone a cantar un tema de Björk: Unison. Como un rayo, el recuerdo de la primera vez que lo escuchó. Es 2001. Jota y sus amigos se fueron a pasar unos días al campo, un lugar llamado, justamente, Doyle. Como Conan. Después de un día alucinógeno en un campo de girasoles secos—solo un girasol en pie en medio de un campo cosechado—, hacen un fuego, y es ahí, junto a las llamas, que su amiga P, de pronto, de la nada, se acerca a Jota y, con un gesto que puede leerse como “hacéme caso, vas a ver”, le pone unos enormes auriculares en las orejas—en medio de la noche, en medio de un campo de girasoles cosechados, junto a las llamas, por primera vez—por única vez por primera vez—Unison.
Jota lleva sus gatos a la casa de alguien que los cuidará por unos meses mientras él se termina de mudar. En la biblioteca, encuentra un libro de Stan Lee, uno de los creadores de Spider-Man—es un libro para aprender a dibujar comics. Recuerdo fugaz, por no decir violento, de los años en que los comics eran, para Jota, una posibilidad.
Asterix, Tintin, el Eternauta, el Cazador, incluso Mafalda, ¿qué hay entre una viñeta y la siguiente? ¿Qué es esa manera de procesar la experiencia a través de dibujos y palabras, encuadradas, en viñetas?
Mientras los gatos se aclimatan, Jota observa la biblioteca. Hay unos libros que no se pueden sacar, trabados contra el estante de arriba. La dueña de la biblioteca explica que el estante se rompió y los libros más grandes lo están sosteniendo. A Jota le parece divertido y dice que es una buena idea para un cuento.
—Imaginé un cuento —dice— en que los estantes de una biblioteca se van rompiendo. Cada vez es necesario usar más libros para sostenerla, para sostener la biblioteca, por lo que los libros van quedando cancelados… Hasta que todos los libros sostienen su propia biblioteca y así, entonces, ya no se puede leer.
Un mundo en que los libros, por no decir la literatura, por no decir las palabras, son usados para que la vida no se caiga. Un mundo en el que se ha vuelto imposible leer. Un mundo en que la supervivencia ha aniquilado finalmente a la poesía.
En las últimas horas antes de dejar su casa de 14 años, enroscado en las pequeñas cosas—las más difícil de empacar, las que nunca sabemos por qué se siguen llevando, cargando, o si son ellas que nos cargan, o si tenemos una conversación, con las cosas, un diálogo, o si es el karma, o un abrazo—, en esa micro neurosis de las últimas horas, y las últimas cosas, mientras espera al flete que se llevará a las grandes cosas, mientras intenta decidir dónde encastrar esas minucias—el rompecabezas de una vida—, a Jota se le cae este pequeño juguete:
Una suerte de juego de naipes, pero hecho de piezas de madera, un punto medio entre un mazo de cartas y un dominó. Era de sus abuelos, su abuelo viajaba mucho, lo habrá traído desde lo Remoto. China tal vez, Rusia, México, quién sabe. Desde hace once años, Jota lleva el juguete consigo, de mudanza en mudanza, porque le parece hermoso y porqie cree—de verdad lo cree—que un día lo usará, en alguna película.
—Un día lo usaré —se dice, como el leit motiv de un acumulador compulsivo que necesita justificarse.
Hoy se cae, la caja se abre y las fichas se desparraman. Jota se queda con la tapa en la mano, tonto, torpe; observa las fichas, desparramadas en este piso de maderas de pino que pronto no será más su territorio—un piso que tal vez no pise nunca más, nunca más.
Jota observa las fichas y, sin pensar nada, sus manos ya sacaron una foto, y otra y otra, y piensa, claro, ¿qué sería de mi arte si las cosas no se cayeran?
—Deberías seguir empacando —dice una voz—, no es momento para la poesía.
—Dejáme en paz.
—Okay.
Jota se toma todo el tiempo que quiere para las fotos, y después, para escribir.
Muchas historias nacen cuando algo se cae. Recuerdo fugaz del inicio de Amelie, una película de hace más de veinte años sobre una joven que inicia una aventura santa tras la muerte de Lady Di y la caída de algo—¿qué era?—en su departamento, algo que rodaba por el suelo y que le hacía ver…
¿Qué era?
También hay historias que empiezan cuando alguien se da cuenta de que algo está por caer. No la caída, sino su inminencia. Léase: las mil películas sobre meteoritos que se acercan a la Tierra.
¿Es la caída de una manzana el comienzo de la física moderna?
Por lo pronto, hablando de manzanas, claro, la gran Caída, la inicial, la del pecado que, ay maldita Eva, nos metió en el laberinto.
Hermoso laberinto.
De las del Hombre Araña, lo que más me gusta, como en las de Sherlock, es el momento previo. La previa, como se dice antes de salir a romper la noche.
—Romper la noche.
Romper la noche, literalmente.
Me gusta ese clima anterior, justo cuando la electricidad del cielo, acumulada, deseante, no se ha descargado aun. Justo antes de que el trauma del adolescente huérfano se materialice en un nuevo villano extravagante. Ay, Peter, ese amor obsesivo por MJ, ¿de dónde viene?
Antes de la muerte del tío Ben, cuando Peter todavía no se ha decidido por el camino del super héroe, hay algo muy atractivo.
Antes que caiga la historia, como un mandato, como el llamado del deber, algo vibra.
Hay algo en la inminencia de una revelación que, como decía Borges, no termina de llegar.
Esa hora de la tarde en que la llanura está por decir algo…
Voy a dar un taller de 12 encuentros para cerrar el año. Empieza el 12 de septiembre. Leeremos y escribiremos y nos preguntaremos qué cuernos es esto de usar palabras para narrar la vida. Es para cualquier persona con interés, no importa el nivel de experiencia.
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