Para que una relación de amor sea soportable para ambas partes hay que renunciar a ese impulso controlador de querer cambiar al otro para hacer de él lo que nosotros quisiéramos que fuese. El único amor que merece la pena es aquel que acepta que el otro es exactamente como es. Y cuando uno ya no fuerza al otro a cambiar, es cuando aparece la posibilidad de pequeños cambios positivos, que son fruto del reconocimiento mutuo y la voluntad de perpetuar ese amor.
Eso es exactamente lo que me pasa a mí con mi adorado Lekeitio. Me gustaría que borraran todas esas pintadas combativas que acaparan un espacio natural como la playa y lo saturan de polución visual y consignas políticas machaconas (siempre de los mismos); me gustaría, también, que la gente celebrara y dejara celebrar con alegría y naturalidad algo tan excepcional como volver a ganar un Mundial; y me gustaría que muchas otras cosas no hubieran pasado nunca. Pero llega un momento en que uno dice: «Eres así y t…

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