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STUDIO INSIDERS® Newsletter by invade · Feb 23, 2026

9 años de invade: Diseño hecho por un cerebro colectivo

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Mat · STUDIO INSIDERS® Newsletter by invade

De izquierda a derecha: Mat, Charlie, Agus, Irene, David, Juli y Tom. Foto por Yohan López
Por Mateo Ríos.

Hace nueve años, en marzo de 2017, dimos el primer paso como estudio: alquilar una oficina pequeña y comenzar a ofrecer servicios de diseño. Incluso antes de que el proyecto existiera formalmente, había algo que teníamos claro: necesitábamos un espacio físico, un lugar que funcionara como punto de encuentro donde pasan cositas.

Aunque, si soy honesto, más que una decisión pensada, tener una oficina era una fantasía que venía creciendo desde mucho antes (por lo menos para mí), desde que empezamos a referenciar estudios de diseño en otras partes del mundo y a imaginar que algún día tendríamos un espacio propio, decorado con pósters, libros y toda esa parafernalia que uno asocia con los diseñadores.

Y a medida que distintas personas fueron pasando por las diferentes oficinas que tuvimos, la fantasía inicial empezó a transformarse. El sueño del estudio propio dejó de ser una imagen aspiracional para convertirse en algo mucho más cotidiano: un entorno donde pudiera existir el ocio, el chisme, las historias del otro; un espacio para colisionar ideas, para cuestionarnos, para preguntar sin miedo y para ser cuestionados. Un lugar para triunfar y para fallar también, donde el trabajo no fuera únicamente ejecución, sino conversación y aprendizaje constante y sobre todo: compartido.

Los puestos de trabajo siempre los organizamos intuitivamente y de una forma muy sencilla: una isla, todos mezclados; fundadores, diseñadores, practicantes, amigos… sin jerarquías espaciales.

Isla de diseño

Fue en esa cotidianidad —en el desorden creativo, en las filosofadas eternas de Agus y María, en el perfeccionismo de Tom, en los cuestionamientos de David, en las miradas externas de Juli y en tantas otras pequeñas obsesiones de quienes hacen parte y han pasado por el estudio— donde comenzó a tomar forma algo que hoy nos define. Un concepto que no inventamos, pero que hicimos propio: el Cerebro Colectivo.

Sabemos que la calidad de nuestro trabajo es innegociable, pero también entendimos que el buen trabajo no es el resultado del talento individual aislado, sino de la sinergia entre distintas miradas, experiencias y formas de entender el mundo. En invade no existen los “design heroes”; existe una red de talento organizado y preparado para cuestionar, pensar y diseñar. Como fundador, creo que esa debería ser la misión de todo el que quiera emprender en este negocio y tener equipo: mantener esa red de pensamiento aceitada, hambrienta y motivada.

Así es como funciona nuestro cerebro colectivo: no como una metodología rígida, sino como una costumbre arraigada. Cada proyecto se socializa, se expone, se cuestiona y se enriquece con el talento del equipo. Las ideas pasan por más de una mente, se contaminan, se ajustan y evolucionan hasta convertirse en algo más sólido de lo que habría sido en solitario.

Cerebro Colectivo: pensando, opinando, ayudando.

Obvio que, para que el cerebro colectivo funcione, no basta con sentar a varias personas en una misma mesa. Requiere intención, requiere confianza, requiere un entorno donde opinar no sea un riesgo y cuestionar no se interprete como confrontar. Requiere una cultura fuerte y, claro, una oficina.

Una de las claves para mí ha sido construir un equipo diverso, no solo en habilidades profesionales, sino en historias de vida, porque cuando todos miran el mundo desde el mismo lugar, las ideas tienden a parecerse. La diversidad amplía el ángulo. Introduce fricción sana. Obliga a explicar mejor, a argumentar, a escuchar. Esto, evidentemente, nos ayuda a prepararnos mejor para presentar ideas a los clientes.

Otra de las claves, quizá más tangible, ha sido mantener y cuidar el espacio físico como si se tratara de un órgano vivo. Nunca olvidaré una conversación difícil que tuvimos en pandemia; en conclusión: la oficina sería el último de los gastos que íbamos a recortar. Así permaneciera vacía por cuatro meses, la oficina era el proyecto, el espacio común.

Gracias a esas vivencias hemos entendido que el espacio físico no es un accesorio: es una herramienta. Pensar en oficinas que favorezcan la conversación, la cercanía y la mezcla constante no es casualidad; es parte del resultado y debería ser la prioridad no solo para estudios de diseño, sino para cualquier tipo de equipo. Si creemos en la inteligencia colectiva, entonces necesitamos un entorno que facilite las relaciones humanas. Que permita el chiste espontáneo, la pregunta rápida, la duda compartida.

En mi opinión, los proyectos exitosos no nacen únicamente de una buena comunicación con el cliente —que es fundamental—, sino también de la calidad de las dinámicas internas. De cómo nos hablamos, cómo nos escuchamos y cómo nos retamos.

invade: design driven by the power of human relationships.
La ofi

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Read the original on invadedesign.substack.com

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