Entre palabra y palabra interviene un cuenco tibetano sobre un fondo de campanas agudas, como gotas de luz suspendidas en el aire. No estoy seguro de que sea una voz humana la que habla. Es una voz más bien telúrica, reverberante, que parece venir de los tiempos remotos en que el universo era un caldo de partículas elementales buscando dar forma a la materia. Podría ser el murmullo de alguna entidad primordial y fecunda, como si intercambiaran secretos las primeras diosas de la agricultura. Un aerófono solitario, tal vez un didgeridoo con notas insistentes y roncas como exhalaciones divinas, me lleva a los paisajes desérticos de una Jerusalén de película. Es importante que la escenografía espiritual tenga estas dosis de misticismo y eficacia cinematográfica, porque solo así puede producirse sin tensiones la hermosa revelación científica: la mujer me dice que no soy un ser pequeño intentando sobrevivir en un universo inmenso, sino una manifestación de la misma inteligencia que da forma al mundo. La oficiante, acaso una recreación española de María Magdalena leyendo un evangelio esotérico, me promete un viaje de conciencia despierta, usar a mi favor todo el legado teórico de Planck, De Broglie y Heisenberg para materializar la vida que merezco.
Extiendo mi cuerpo lo mejor que puedo en la hendidura del colchón y cierro los ojos. Estoy haciendo una de las tareas de la Maestría en Mentalidad, así que debo mantener una postura entre la relajación y la rigidez académica porque al fin y al cabo estoy haciendo una tarea: manifestar. Lo que vine a buscar aquí no lo encontré en la Iglesia, ni en la universidad, ni en el psicoanálisis. Podría decir que el cansancio y el aburrimiento me trajeron a rastras, pero sería más preciso definir esto como una plegaria de velocidad: quiero ganar más dinero más rápido y conquistar la cima de la literatura con una gravitación sorprendente. Las leyes del trabajo intelectual, tanto como las del cuerpo, me resultan decepcionantes. He pasado años en el diván sin ningún resultado. Es, como dicen, uno de los últimos lujos burgueses: dedicar años enteros a reflexionar sobre el lenguaje, escuchándose a uno mismo contar la misma novela trágica, cazando significantes para nada. Y de la escritura podría decir lo mismo. El inconsciente existe porque existe la literatura y viceversa. Y si Dios hablara un idioma inteligible, no se habrían inventado ninguno de los dos. Necesito un golpe de energía cósmica sobre mi vida desorientada por la incertidumbre y el duelo. Y atajos. Quiero atajos hasta las estrellas.
Ajusto al máximo el volumen de los audífonos y activo la función de cancelación de ruido, para que el viaje al campo cuántico sea todo lo envolvente que necesita ser. Algo de mí teme, como todas las noches, que este ritual se arruine con un golpe de realidad consumista, la interferencia del sonido escandaloso de una publicidad de YouTube. Veré si tengo suerte hoy. No. Nada de suerte. Sincronías, causalidad cuántica, correspondencias inevitables, pues el universo quiere lo que yo quiero. La mujer que habla en mis oídos dice que soy energía condensada, un arsenal de frecuencias vivas revoloteando alrededor de mis pensamientos. Mariposas enloquecidas, diría yo. Polvos mágicos, aleteos que sacuden el universo. Hay una frecuencia de la realidad que está disponible en la misma esfera potencial de mi deseo y yo estoy dispuesto a vibrar con ella hoy. Respiro profundamente, retengo el aire, exhalo como si jugara con pequeñas nubes de alquitrán. Permito que en mi aliento se esfumen partículas tóxicas de toda la tensión que acumulo, jirones de tiempo que ya no pertenecen a este plano empobrecido, lleno de limitaciones.
Mientras escucho la frase, suspendida sobre una capa de sintetizadores tan procesados que simulan extrañas condiciones atmosféricas, trato de construir una imagen fija de su concepto: el mundo es una central de vibración que responde a tu voz. Mis palabras lo alteran todo, incluso aquello que no conozco. Eso me sugiere la mujer. Los sustantivos y los verbos viajan al infinito como las ondas de las emisoras de radio y todo lo que digo puede llegar a los oídos del campo, al mismísimo lugar donde la intención se transmuta en realización, siempre que el lenguaje sea pulcro y las cargas del cuerpo, ligeras. Nikola Tesla es el primero en aparecer en este viaje metafísico por eso, porque él también conocía el secreto: para acceder al universo debo abandonar la materia y pensar en frecuencias. Debo, para decirlo en sus términos, convertir mi cuerpo en una bobina álmica que alcance a la divinidad a través de las resonancias. ¿Estaré entendiéndolo bien?
Llevo ahora la atención hacia mi cabeza: puedo disolver la tensión mental como si yo mismo, con una cuchara ceremonial, me extrajera la piedra de la locura. Voy caminando por una especie de sumidero, mientras organizo los primeros pasos de esta lobotomía ritual. El paisaje acústico se torna dramático, estival, y en lugar de alivio siento el ardor de una lámpara de interrogatorio encendida bajo mi cráneo. Las preocupaciones aparecen una tras otra como guijarros en un río: ahí está el por qué no tengo dinero suficiente, por qué no he ganado un premio literario, por qué no pude salvar a mi papá, por qué este abdomen abultado sigue dándome la impresión de albergar un cadáver de mí mismo, una versión anterior, ya muerta. Puedo verlas: piedras. El escalofrío desciende hasta mi cuello, acariciando mis hombros que se niegan a ceder. La voz me dice que puedo soltar, que no necesito cargar con todo, que el universo sabe, observa, me conoce.
Durante unos segundos experimento una mezcla de alivio y vergüenza, porque advierto que el arco emocional de esta meditación no es tan distinto del de ciertas plegarias religiosas que conocí en la infancia. Yo crecí contemplando las llagas de Cristo en una pequeña capilla de colegio, donde la voz formidable de un padre tuerto se prolongaba entre los ecos de una guitarra desafinada para recordarnos la gran fórmula del consuelo: aquel hombre herido cargaba mi cruz como un atlante. También allí un ser superior observaba mis sufrimientos y prometía hacerse cargo de ellos. Había un orden oculto detrás del caos. Un para qué cuidadosamente diseñado por una fuerza personal, absoluta. La diferencia es que esa fuerza, a la que durante siglos se le llamó Dios, ya no pende de un madero ni llena las bocas con las fuerzas dionisíacas de un vino amargo de cocina: ahora modula frecuencias. Y eso empieza a gustarme, aunque no lo comprenda de un todo. Da besos eléctricos, con algún sabor alcalino, como si en lugar de labios mordiera una fibra óptica por donde viaja la noticia de un deseo cumplido, algo que es exclusivamente para mí.
Internet está lleno de estas promesas. Algunas noches tengo la impresión de que YouTube se parece a una vasta peregrinación por las estepas electrificadas del universo. Millones de desconocidos avanzan conmigo por estos corredores escuchando voces que prometen prosperidad financiera, sanación celular, alineación energética, acceso a la leche y la miel del inconsciente a través de la autosugestión. Esto no es nuevo. George Steiner lo vio venir hace décadas, cuando el orgullo racional de Occidente comenzó a resquebrajarse y nuevas formas de redención aparecieron en el horizonte cultural. La religión, la familia, la ética sacrificial del trabajo, la seriedad moral, todas aquellas arquitecturas de sentido instaladas sobre el piso fuerte de la teología cristiana, fueron sometidas a un asedio tan persistente que terminaron como edificios abandonados tras una catástrofe. Lo extraño fue lo que vino después: los escombros se llenaron de fantasmas, de mitos adulterados con teorías seudocientíficas, de golpes de luz enviados desde los confines de la galaxia con mensajes cifrados para la humanidad. Estas figuras salvíficas, situadas fuera del dominio de una civilización amenazada por el hambre, la superpoblación y la destrucción nuclear, vendrían a redimir las promesas incumplidas de las tres grandes religiones seculares del siglo XX: el marxismo, el psicoanálisis y la antropología estructural. A estas ideologías sustitutas, incluyendo el pensamiento mágico, Steiner las reuniría en un solo movimiento sentimental: la nostalgia del absoluto.
Puedo imaginar la voz nasal del erudito francés leyendo estas cosas en la radio canadiense, entre boletines sobre la Guerra Fría y la Crisis del Petróleo, reforzando ese persistente estupor que suele producirse cuando el análisis del presente se mezcla con la sensación de estar asistiendo simultáneamente a su fin. Hay algo en la voz que altera la gramática interior y despierta un estado de alerta hiperconsciente, un efecto que las imágenes rara vez consiguen por sí solas. La voz provoca encantamiento, éxtasis, una forma casi natural de obediencia espiritual. Fides ex auditu: la fe entra por los oídos. No en vano las primeras transmisiones de radio causaron terrores místicos en aquellos navegantes que creyeron escuchar la voz de Dios flotando sobre el océano. La voz nos arrastra hacia una oscuridad anterior a las imágenes. Tal vez por eso estas meditaciones guiadas en audio profundo proliferan en las estaciones de peregrinaje de YouTube. Nadie, en el fondo, quiere ver al absoluto, pues tal cosa podría significar si no la muerte, sí una experiencia traumática, devastadora. Queremos escucharlo, ser acariciados por sus representaciones sonoras, sentirnos bajo su dominio, incluso si llega a nosotros bajo la forma de una simulación extrasensorial.
Las conferencias radiales de Steiner se transmitieron en el otoño de 1974 y ese vago malestar escatológico que imagino atacando como zancudos la cabeza de los radioescuchas puede tener algún fundamento como rumor inconsciente, premonitorio si se quiere: la edad dorada del Estado de Bienestar estaba llegando a su fin. Aquella poderosa entidad mediadora de tensiones y deseos colectivos comenzaba a reducirse a un marco institucional cada vez más orientado hacia la acumulación de capitales privados, y sus instancias de decisión, hasta entonces visibles y sometidas al escrutinio público, a reorganizarse en centros de poder remotos, con nuevos intereses, desprendidos de bloques enteros de la sociedad. Al otro lado del Atlántico, con una sincronía espeluznante, por decir lo menos, Umberto Eco advirtió que ese desplazamiento daría paso a una nueva era de incertidumbre, fragmentación y readaptación continua, acaso parecida a la que siguió al colapso de la Pax Romana: una nueva Edad Media, marcada por un clima cultural oscilante entre el reencantamiento y el individualismo competitivo del neoliberalismo, en una sociedad cuyos nuevos campos de poder serían administrados por las corporaciones tecnológicas. Como el romano que contemplaba la lenta descomposición del imperio, dijo Eco, quien comenzaba a desaparecer era “el hombre liberal” que habita en las afueras: ejecutivo de clase media, con cabello cortado a cepillo, disciplinado por la ética del capitalismo protestante y cierto puritanismo impostado. Su hijo, en cambio, aparece como un sujeto impuro, bárbaro, vestido con harapos multiculturales, que lee panfletos leninistas a la luz de Buda, alterna cursos de marxismo y astrología, y consigue combinar, sin demasiados escrúpulos, el zodíaco, la alquimia, la alta literatura y las técnicas de guerrilla urbana.
Me van a expulsar de la Maestría por pensar esto, pero empiezo a sospechar que la magia abunda entre quienes intentamos sobrevivir a las presiones de los señores tecnofeudales, mientras la ciencia asciende, poco a poco, a religión oficial del poder. ¿Puedo imaginar a Elon Musk manifestando abundancia con una meditación como esta? ¿Usará Peter Thiel la mecánica cuántica para triunfar en sus negocios? No estoy seguro. La ufología, el tarot, los horóscopos, las drogas psicodélicas, esas prácticas que Steiner interpretaba como utopías de reemplazo y que para Eco eran otra consecuencia de la descentralización del poder y la reducción de sus principios a formulaciones ficticias, convergían en una misma corriente: la ciudadela ideal que debía levantarse sobre el terreno despejado por la secularización y el progreso científico nunca terminó de construirse. En su lugar aparecieron grandes feudos adueñados de la ciencia y el poder técnico, y puestos de alquimistas al borde de los caminos, dispuestos a fabricar cualquier cosa, incluso los efectos que antes se atribuían a Dios.
A resguardo de caer en la trampa de las profecías autocumplidas, creo que hay una especie de orgullo autodestructivo en esto de ser uno de los hijos descarriados del hombre liberal, el último legionario de la Gran Pax de la clase media. Hace tiempo dejé de torturarme con la idea de que me habría ido mejor imitando a los ministros laicos de la parroquia, con sus atuendos pulcros y sus sonrisas ambiguas de rectitud moral y desdén siniestro, o a los ateos militantes de la academia, capaces de cortarse un dedo antes que conceder que existen zonas de la experiencia humana que solo pueden comprenderse desde las categorías esquivas del espíritu. Soy un pagano impenitente. Creo en Bob Proctor, Jacques Lacan y San Antonio Abad, hago vision boards con recortes de mi rostro y le rezo al Ángel de la Guarda antes de sentarme a escribir. A veces me imagino atiborrándome de carne y vino en alguna liturgia mitraica en las fronteras del imperio (¿será por eso que quiero manifestar un pase de por vida al Centurion Lounge del aeropuerto?) y otras veces practico mis ayunos intermitentes con los eremitas del desierto de Escete, que huyeron del resplandor de las ciudades para orar entre lianas, demonios, luces cósmicas y mujeres de barro. Mujeres, luces, fiesta. Primero pensé en partir de misionero con las monjas de Humocaro Alto, luego quise vivir una bohemia costosísima en el Lower East Side y todavía hay días en que fantaseo con cultivar hortalizas con los amish, porque en realidad lo que deseo es huir, no trabajar como mi padre ni poner un pie en un Walmart nunca más. ¿Debería culparme por esto? No lo creo. Es, sospecho, solo una más de las angustias derivadas de sobrevivir con un oficio cognitivo en la era posindustrial.
El horizonte utópico está destruido. Eso no necesito que me lo demuestren. Lo veo en esta ruta de peregrinación. Y hasta creo que alcanzo a ver el castillo, con sus gárgolas robóticas y ciertas siluetas vampíricas ocultas bajo un cielo tormentoso, de un gris espacial, batido. He escuchado durante 58 noches seguidas esta meditación, así que ya puedo reconocer sus vericuetos, incluso anticiparme a ellos. Sé que ahora viene una sección de sonoterapia a 963 Hz para activar la glándula pineal. ¿Y si funciona? ¿Y si esa necesidad terrible de huida la puedo saciar con los bálsamos del campo cuántico? Los asuntos del espíritu están tan fragmentados como los paisajes. Eso sugiere este orden tecnomedieval y no es necesariamente catastrófico. Después de todo, la vida ya no transcurre en las afueras del castillo como imaginaba el viejo imaginario fordista: se vive, más bien, en un extraño continuum entre la opresión y la risa, entre el desencantamiento y la magia, viendo duendes ocultos detrás de los servidores, bosques espesos de cables, salamandras en circuitos. No sé si vaya a progresar con esto, ¿pero quién se abandonaría a un ideal tan sospechoso como el progreso? Nunca he probado la magia cuántica, así que tengo derecho a este éxtasis artificial. Tengo derecho a verme, como me pide la voz, como una posibilidad que logra sus sueños. Puedo gravitar hacia la frecuencia del absoluto y hacer que me muestre los términos de su alianza conmigo. Puedo, por qué no, regresar con el ropaje del prestigio y los bolsillos cargados de oro, como un rey.
Manifestar desde la física cuántica es recordar quién eras antes del miedo. Antes de las limitaciones que el mundo fue colocando sobre tu conciencia. Según esta mujer yo era antes un sujeto pasivo, una roca estacionada sobre el inmenso mar de vibraciones del universo, un desecho tecnológico recibiendo señales equivocadas, cargándose con los rayos de un sol famélico, hasta que me puse en contacto con este poder. Tener dinero puede ser tan sencillo como establecer un pacto con un ser superior. ¿Cómo no lo vi antes? Mi cuerpo está más abierto, más receptivo a esta idea. Mentira. Mis piernas no descansan. Tengo ganas de rasgarme las rodillas y sacarme los millares de hormigas hambrientas que me caminan bajo la piel. De pronto me acuerdo de una búsqueda de hace unos días. Escribí tener dinero y el algoritmo pareció sugerirme un más allá que no conocía: Cómo tener pactos con el diablo para tener dinero. Después: Oración para tener dinero rápido. Contactos con poderes espirituales, aliados invisibles, para ganar. Seguí indagando y encontré que los países donde estas búsquedas son más frecuentes pertenecen todos a la cuenca del Caribe de la que provengo, infestada de dictadores, pandillas, organizaciones criminales, criptoestados, fuerzas de ocupación extranjera, migrantes. Curioso. O quizá no tanto.
El mundo medieval estaba demasiado encantado como para permitir que Lucifer monopolizara el miedo y la angustia. Eso dice Robert Muchembled en su Historia del Diablo. El Diablo con cuernos, jerarquías infernales y vocación burocrática para condenar almas, formó parte de un proyecto político y religioso posterior. Hasta el siglo XII, Satanás tenía demasiados competidores en los cielos y los bosques: hadas traviesas, ángeles sin bando fijo, pequeños seres ambivalentes, y él mismo era una figura un tanto torpe, incluso burlada. ¿No es estupendo esto? La gran batalla metafísica entre el Bien y el Mal no tenía bandos organizados; dependía, más bien, del coraje y la astucia cotidiana de los hombres. Pactar con el diablo, con los ángeles o con cualquier otro ser sobrenatural era, antes que nada, un acto neutral, pero también un buen negocio: un acuerdo flexible, abierto a desenlaces inesperados. ¿No existe, entonces, ninguna justificación metafísica para mi pobreza material y literaria? Perdón, reformulo: ¿mis modestos resultados en la vida son, en realidad, producto de una pobreza de astucia y un desconocimiento de cómo funcionan los pactos espirituales? Si a ver vamos, dispongo de una ventaja adicional sobre aquellos campesinos medievales: conozco la ciencia. Y precisamente por eso puedo permitirme creer en la magia.
La voz de la sacerdotisa me pide ahora que me separe del peso de mi cuerpo mientras visualizo una corriente luminosa que viene descendiendo desde el cielo y atraviesa mi pecho como una daga. Es una estampa arcangélica, si no me equivoco: San Miguel hundiendo su espada flamígera en el maligno, que se estremece en contorsiones de dolor. Obedezco durante unos segundos, quizá porque estoy cansado y el cansancio a veces juega de lobo contra la razón. ¿Puedo deshacerme de este horrendo tejido celular de veinticinco kilos de frustraciones acumuladas con el filo de esta espada imaginaria? ¿Será posible expulsar, aunque sea mentalmente, ese segundo cuerpo que se ha adherido al mío? La mujer asegura que mis palabras modifican la materia, que puedo alterar la realidad, manipular la energía, mover aquellas piedras, hacer subir y bajar al Gran Observador como una marioneta. Puedo, desde luego, convertirme en una onda ligera que asciende al infinito y beberme la luz del universo como una sopa caliente. Aquí voy, con mi fe, con mis obsesiones y mis dudas, cargando apenas el equipaje permitido para subir. Tal vez ese es el verdadero problema. No mi obesidad corporal, sino los kilos de grasa mental que dificultan mi escalada por el campo cuántico. He recorrido esta meditación tantas veces que mi mente se suspende y hace preguntas ociosas, refuta el encanto, como cuando uno va en la carretera de un paisaje que alguna vez fue deslumbrante.
Las antiguas rutas de peregrinación atravesaban bosques, montañas y desiertos, pagando con intensos desgastes corporales el favor de los santos. Ahora, con una suerte de éxtasis sedentario dirigido por voces pregrabadas, atravesamos servidores, paisajes mentales, centros de datos que replican a Dios. Ya sé lo que va a decirme ahora: La magia cuántica nace cuando comprendes que todo es energía, frecuencia y vibración, y que tú tienes el poder de cambiar tu realidad con ella. Ya sé, ya sé. ¿Y si esto que suena tanto a superstición fuera precisamente lo que me ha dado esta libertad interpretativa, esta sensibilidad espiritual desenfadada para cuestionar los asuntos de mi destino? ¿De verdad me habría encontrado conmigo mismo pensando dentro de las estrictas categorías de la teología cristiana, que me ofrecían una salvación anticipada y, por eso mismo, parecían clausurar la necesidad de seguir buscando? Hay algo, después de todo, profundamente conmovedor en esta congregación invisible de insomnes digitales buscando alivio en los falsos paisajes encantados. Tal vez internet, lejos de haber destruido la espiritualidad, terminó absorbiendo algunas de sus funciones más antiguas: reunir desconocidos alrededor de una promesa de consuelo pronunciada en medio de la noche.
Estoy en una isla paradisíaca de la Mancomunidad Británica, antes de la llegada triunfal de los cruceros y los hoteles cinco estrellas. No hay cuerpos esculturales a la vista, tampoco bailes lascivos: solo una compungida rigidez colonial. Barbados: estoy en Barbados. Si hay música, debe de estar en las plantaciones de azúcar o en algún lugar inaccesible de la periferia caribeña, entre veredas de arcilla y barro mojado, donde brotan pesadillas de pobreza. Se supone que no debo introducir observaciones de este tipo en la imagen pulcra del sueño manifestador. Barbados es la meta, el deseo al cual llegaré con el mentalismo, no la isla. Tengo que estar en Barbados, es decir, en mi sueño, como una anticipación. El término correcto es asunción, a medio camino entre el verbo asumir y el misterio dogmático. Pero atardece en la razón. Mejor dicho: la razón hace atardecer sobre las fantasías. Mi Barbados es una playa sórdida, achocolatada y fría, como las playas inglesas. Todavía no son las costas mentales de Neville Goddard, esas adonde el sabio Abdullah lo enviaría en las horas más duras de la Gran Depresión. Puedo hacerme una pregunta justa, si observo las olas que chocan contra mi costa desierta: ¿por qué la inteligencia universal no termina de otorgarme lo que quiero? Algo debo de haber hecho mal en mis reencarnaciones anteriores o en mis acomodos neuronales o en la formulación sintáctica de mis deseos. Algo tiene que haber fallado en mí, porque el universo se ha resistido a conspirar a mi favor. ¿No es así que funciona? Quiero dinero, prestigio, poder. Y una Mercedes Benz GLB 200. Y el Premio Alfaguara de Novela. La esencia de verbena de L’Occitaine que me puse en la punta de la nariz para conectarme con mi meta y hacer de esta meditación una experiencia sensorial envolvente, como me dijeron, debería bastar para ahuyentar el hedor de la frustración adulta. Estoy dispuesto a erradicarla, borrarla para siempre del conjunto de datos que me atan al mundo. Si no es por la religión, será por la ciencia de la manifestación.
La luz azul de la pantalla de mi celular dibuja formas cósmicas en el techo de mi cuarto, pequeños planetas que orbitan sobre el bombillo apagado, cubierto de grasa y mugre desde que se rompió el cristal que he olvidado reponer. Esa lámpara, por ejemplo, ha debido ser una LED instalada en un penthouse inteligente de uno de esos rascacielos neoyorquinos, finos como lápices, que se balancean suavemente bajo la presión del viento. Yo debería vivir ahí, o en su defecto en Dubai. Mi vida en este pequeño departamento de la ciudad de México, con su colchón hundido como una hamaca, es solo una posibilidad manifestada por mí, pero no es la única. Puedo cambiarla. Tengo que cambiarla. De eso quiere convencerme esta tranquila y primigenia voz astrofísica de Dios. Hay una versión de mí que ya sanó, que ya encontró abundancia, que dejó el miedo atrás, que se convirtió en algo que ni siquiera imaginaba. Y esa versión no soy yo. Yo puedo ser cualquiera de ellas, salvo esta que soy hoy. Ego sum qui sum. ¿Será ese el segundo cuerpo, la masa intrusa adherida a mi dermis? Concéntrate. Respira. Deja atrás todas las contradicciones y paradojas, las maldiciones de tu pensamiento, tus piedras de la locura, esas que te mantienen sumido en tan bajas vibraciones: el éxito esquivo, las dudas recurrentes, el amor que siempre podría ser más intenso, más puro. Para eso, finalmente, me inscribí en esta Maestría: para que alguien me entregue la receta científica que me permita convertirme, de una vez por todas, en quien se supone que debo ser. Manifestar no es crear algo de la nada: es alinearte con una realidad que ya existe. Estoy manifestando. Esa es mi tarea de hoy. No escuchar una meditación cualquiera. Viajar a Barbados.
Por fin ocurre. Un anuncio de YouTube irrumpe en la meditación con un sonido estruendoso. Es una de estas propagandas del Método Silva, del gurú de rasgos indios que habla con la omnisciencia de un magnate tecnológico. Puedo ganar la lotería, manifestar más dinero, salir en portadas de revistas con la fiabilidad de un método. Saltar. Luego aparece otro, esta vez de una plataforma de streaming de meditaciones, una especie de Netflix de misterios telúricos, disciplinas esotéricas y prácticas de expansión de la conciencia. ¿Es viable una fe cibernetizada, como un activo de entretenimiento? Pongo de nuevo el teléfono boca abajo y vuelvo a quedar a oscuras. Por supuesto, el nuevo auge espiritual es perfectamente compatible con el capitalismo cibernético. Ya lo había visto antes, con uno de esos creadores de contenido neocatólico. Se puede hablar de la teología del cuerpo de Juan Pablo II e interrumpir la transmisión para promocionar un suplemento de Omega-3 fabricado en el laboratorio del anfitrión del podcast, que además administra una comunidad espiritual paga, un calendario de conferencias, retiros de oración en locaciones paradisíacas y un catálogo de cursos digitales. Nuevos mercados de salvación personal. ¿No es eso mismo lo que tiene mi mentor? No lo creo. Aquí el dinero es una simple onda-partícula que fluye en una u otra dirección, no un intercambio mercantil. Es cierto que he quedado técnicamente en la ruina por pagar esta membresía mensual que me incluye un mastermind con personas de alta vibración, dos clases semanales con el gurú, una meditación del doctor Dispenza los domingos y un método para manifestar con fundamentos científicos, pero yo no lo veo como un producto. Es una inversión en mí.
La semana pasada escuché a alguien en la sesión matutina de la Maestría describir el universo con una imagen que me pareció garrafal y estimulante al mismo tiempo: un Dios Amazon, una plataforma logística universal obsesionada por el bienestar de sus clientes. Una infraestructura cósmica capaz de entregar deseos a domicilio. En las aulas de teología me enseñaron que Dios, en su majestad y soberanía divina, no estaba necesariamente disponible. Se había escondido para evitar convertirse en un objeto de la lógica y, al mismo tiempo, abrumar a los humanos con su gloria. La fe, después de todo, está íntimamente ligada a la incognoscibilidad: ¿qué tanta fe se puede tener en un Dios que se anticipa y se manipula desde la razón? Lutero rescató este concepto en medio del colapso del orden medieval, cuando había que encarar la idea de someterse a la soberanía de un Dios impredecible: el Deus Absconditus. Algo similar concibió Isaac Lurián en Safed, no mucho tiempo después que Lutero, como una respuesta teológica al trauma posterior a la expulsión de los judíos: el Tzimtzum, la contracción de Dios. El Altísimo se habría encogido para que los cuerpos, la materia, las leyes de la mecánica celeste pudieran operar. La creación divina habría comenzado con el exilio voluntario de una parte de Dios. Tanto la cábala luriánica como la teología cristiana concibieron, cada una a su manera, a un Dios que se retiraba de su propia creación para permitir que la materia existiera sin la opresión de su grandeza, de modo que ni él ni sus criaturas quedaran reducidas a la condición de marionetas.
Difícil. Me agrada más este deus logisticus, solícito y escalable, capaz de repartir el catálogo del infinito a quien sepa pedirlo. Suficiente tengo con los conjuros que tengo que arrojar a diario para que las presiones económicas no me aplasten. Visualizar el absoluto como un gran almacén me produce un alivio: la sensación de que puedo elegir entre una gama de mercancías ordenadas. La clave, desde luego, es formular correctamente el pedido, exigir lo que uno quiere, no recitar oraciones de retórica encendida para pedir un favor, como si fuera una alcaldía. Conozco al menos tres métodos de manifestación, tengo listas de meditaciones categorizadas por deseos, colecciono libretas llenas de afirmaciones de poder y empiezo a creer que puedo subir y bajar de frecuencia como en las atracciones mecánicas de Six Flags. La espiritualidad contemporánea tiene algo de supermercado y algo de sacramento. ¿No es maravilloso? Un milagro, en el sentido de asombro, de prodigio frente a un anaquel de posibilidades. Los billonarios, con sus cohetes privados, han expandido hasta el cosmos el horizonte de la propiedad: el universo puede ser nuestro, tuyo, mío, de los más hábiles, pero no tan rápido, caballo, que someter lo divino a la misma lógica extractiva que gobierna el resto de la economía quizá resulte más peligroso que ignorarlo, que negarse a creer en él. Te está hablando tu alter ego del desierto, aquí, desde la sombra de esta palmera, aunque parece que perdiste la audición o te llenaron los tímpanos con cucarachas iridiscentes, de esas que baten las alas con zumbidos de helicóptero. ¿No sospechas que ese afán de privatización terminó colonizando un lenguaje que antes pertenecía a la fe, lenta y trabajosa? ¿No crees que, entre las ruinas de la vieja teología, florecieron también negocios especulativos cuyo lucro proviene de la connotación espiritual de tu hambre?
Me voy a envenenar por mis prejuicios, como le dijo el sabio Abdullah a Goddard mientras se comía un delicioso bistec en su residencia. Habla con retórica filosa este monje de Escete, debe de ser por los largos ayunos, que aclaran la mirada interior y corrigen los desvíos de la boca. Ahora que lo pienso, Steiner no utilizó la palabra nostalgia de manera estrictamente sentimental. Parecía referirse más bien a una carencia fisiológica, una falta de nutrientes. Hambre de lo trascendente, la llamó. Hambre. Sospecho que eso podría explicar la voracidad espiritual que veo alrededor y también este ardor en el chakra del plexo solar. Más que adorar a los dioses queremos ingerirlos, convertirlos en un suplemento metafísico, extraer de ellos bienestar, éxito, salud, amor, productividad, belleza, y luego ser devorados por ellos. El universo es infinito, el universo es abundante, el universo entrega. Sólo debes aprender a pedir. No creo que sea un mal concepto, como tampoco creo que a ningún dios le preocupe si yo llego a Barbados en yate, a nado libre, o si termino a la deriva en alta mar. Para lograrlo tengo que recurrir a una fuerza igual de poderosa, aunque bastante más próxima, que me asista en mi negociación con los demás seres sobrenaturales, y esa entidad soy yo.
Mis manos sueltan todo lo que sostienen. ¿Y las piedras, a dónde se han ido? Los latidos de mi corazón son una frecuencia eléctrica. La bobina de Tesla. Ahí vive mi centro de poder, la inteligencia divina. Visualizo una luz dorada saliendo de mi pecho. La luz es mi Dios interno, el dios que me habita, mi conciencia haciéndose consciente de los muchos poderes que poseo. A esto le llaman Nuevo Pensamiento, Idealismo Místico, Metafísica Popular, Actitud Mental Positiva, dependiendo de donde se le mire. Bellos nombres. La luz se traslada a cada uno de los órganos debajo de mi abdomen, pues la inteligencia divina también es electricidad, circulación, energía que recorre. Debo hacer un esfuerzo para no ver a un dios barbado abriéndose paso entre mi tejido adiposo. Cada órgano tiene memorias antiguas no resueltas: cristales de rencor, preguntas en el flujo linfático. Un lumbago pertinaz impide que mi columna respire como manda la voz flotante y uterina de la meditación cuántica. Todo en mí vibra, hasta mis rodillas, mis tobillos, la planta del pie izquierdo atacada hace seis semanas por un ataque de gota. Mis células tienen oídos y me escuchan. Mis tejidos responden tan rápido como el plasma de las estrellas. Las corrientes de protones y neutrones que hierven en el corazón del sol son una copia exacta de mis células y mis glóbulos. Reconozco el parentesco, sí. Soy grande. Soy inmenso como Mercurio. Todo mi campo energético está recalibrando su frecuencia natural a esta verdad.
Un piano dócil, suspendido sobre una niebla de cuerdas sintéticas y coros angelicales, me transporta a la sala de espera de un spa aromatizado con nubes tóxicas de eucalipto. Siempre que paso por aquí me pongo tenso: me resulta imposible someterme al encanto entre arpegios al estilo de Ludovico Einaudi. Aborrezco los pianos meditativos, su simpleza tonal, la cobardía con la que insisten en rozar la superficie de las formas. Voy a cometer otra blasfemia, pero no tengo alternativa: en lo que más flaquea mi nueva religión cuántica es en la estética. Creo que nadie se ha encargado todavía de construir un canon de belleza para este credo. ¿Hará falta? A mí sí. Si hay tantas ondas de dinero fluyendo en dirección a esta industria, lo mínimo que pido es un arte original astrofísico, nuevas obras sacras, textos litúrgicos escritos con densidad poética, vamos, un arrebato de belleza. Debo cerrar los ojos cada vez que veo la gigantesca LV de Louis Vuitton que lleva mi mentor en la hebilla del cinturón, aunque no me disgustaría vestir una prenda parecida, eso sí, bastante más discreta. ¿En verdad la quiero? La exponencial prosperidad tecnofinanciera puede haber acumulado el lujo, pero no necesariamente la belleza. Las estridencias, los clichés, los plagios pop, esas tormentas de mal gusto que castigan los aspectos formales de este cuerpo ritual, terminan haciéndome desconfiar de su autoridad, de sus pretensiones de dominio espiritual.
El eremita de Escete, viéndolo bien, no es un arquetipo mental azaroso. Tampoco una presencia absorbente. En mí conviven un disciplinado y represivo anacoreta con un próspero socio de Country Club. No sé cómo lo hacen. Supongo que los dos, a su manera, me trajeron hasta aquí. En algún punto aberrante e imposible de identificar, sus círculos existenciales, sus particulares ideales de distinción, sus esferas de deseos y preguntas se tocan. Eso supone un problema y es que yo, el peregrino obeso que hunde el colchón de la cama, no tengo ni el capital de uno ni la capacidad ascética de negación de la voluntad del otro. Soy, si se quiere, un aprendiz de brujo con una tarjeta de crédito. Calculo que en unas seis semanas, si no consigo manifestar mi sueño, tocaré el finisterre de la deuda y no habrá más que monstruos marinos, acantilados altísimos y dioses decepcionados que voltearán la mirada. Esa es, en parte, una de mis angustias secretas frente a mis compañeros de la Maestría: que pierda la indulgencia del universo. Algo me dice que este Dios Amazon y sus vicarios, aunque parezcan solícitamente obsesionados con mi experiencia de usuario, son mucho más antipáticos y mezquinos que los santos medievales. Si se me acaba el dinero y el mentor me suspende la suscripción a los secretos del universo, no habrá magia cuántica que me salve del infierno reservado para quienes no supieron manifestar sus sueños: la pobreza.
Pobreza. Escasez. Austeridad. Limitación. Vade retro, Satana. Debo concentrarme, regresar conmigo a este momento, reunir los cuantos dispersos de tiempo que se escapan con el dióxido de carbono de mi respiración. La realidad más profunda, aseguran los físicos cuánticos, está hecha de posibilidades, no de materia sólida. Mi posibilidad de hoy es ser un titán de las letras cruzando el Hindú Kush de la industria editorial. Es una broma. Deberías tener cuidado con las bromas, me dijo mi mentor hace unos días, porque el universo no conoce el humor. Así como la ironía es la última frontera antes de la revelación del engaño y la contradicción, decía Kierkegaard, el humor es la última frontera antes de la fe. Y esto no es una cuestión de fe, entiéndelo, sino de método científico: tengo que elegir conscientemente qué realidad deseo habitar. Ese, el de Alejandro Magno, es uno apenas de los infinitos campos de información a los que puedo acceder a través de mi conciencia. Antes de que cambie el mundo físico, existe la realidad como potencial, insiste la voz. Una semilla energética esperando condiciones para crecer, como este texto, como todos los textos que sigo queriendo escribir para conquistar la cima. Debo elegir ahora. Los coros han adquirido una reverberación litúrgica y los violines escalan hacia un tutti orquestal ligeramente sobreactuado. Es un momento decisivo. ¿Quién quiero ser? ¿El nuevo Borges? ¿El futuro presidente de los Estados Unidos? ¿Un espartano musculoso de la Batalla de las Termópilas? ¿Miguel de Cervantes? ¿Canelo Álvarez? ¿Cuál es mi posibilidad? No puedo anhelar aquello que desconozco ni convertirme en lo que no sé nombrar. Mis ambiciones son específicas, incluso provincianas, y la imaginación no se aventura mucho más allá de ellas. Desde el punto de vista metodológico, esto introduce un problema considerable.
En mi primera sesión de manifestación de la Maestría me dijeron que tenía que pedir algo grande. Yo quería escribir una novela con empalmes de ensayo, ficción y autobiografía, luego dejar de usar transporte público y, si era posible, salir del atasco del duelo. Eso, me explicaron, era demasiado pequeño. Había que traducirlo a una cantidad, a una escala de magnitudes. Entonces elegí el premio literario mejor pagado y una camioneta de alta gama. No se me ocurrió mucho más, porque en el resto de cosas estoy bien: tengo amor y buen sexo, no estoy enfermo, tengo familia, vivo de un trabajo que no me deshonra, pero eso incumple la ley que rige los grandes sueños. La obsesión, nos enseñan los magnates de la tecnología, es el combustible del progreso. Según este método de manifestación avanzada, una bolsita de cacahuates pesa exactamente lo mismo para el universo que una Mercedes Benz. En esa indiferencia metafísica está la clave. Para pedir y recibir, para barajar verdaderas opciones de grandeza, solo hay que dejar de alimentar una frecuencia y elegir otra diferente (no alcanzo a responderme cómo se alimenta o se desnutre una frecuencia, pero ese es mi problema). La magia cuántica verdadera no se trata de controlar el universo: se trata de controlar tu campo interior. Quizás estoy siendo injusto, excesivo, antipático: es una inteligencia universal la que pronunció esa frase, no una inteligencia artificial. Controlar mi energía y con ella todas las capacidades posibles de mi identidad. Eso es lo relevante ahora. Pensamiento sostenido más emociones profundas más una alta vibración. Así se comienza a modificar la realidad. Qué fórmula. Qué exquisita sugestión a través de la ciencia.
Ahora aparecen pulsaciones graves, casi subcutáneas, con golpes industriales de esos que abundan en las bibliotecas gratuitas de sonido, diseñados para inducir el conflicto y llamar a la acción, como en el tercer acto de las conferencias emocionales. El volumen ha subido de forma alarmante. Aquellos pads etéreos, de reverberación catedralicia, han adquirido el timbre áspero de las plataformas. Ha llegado el momento de descubrir lo que mi ser más profundo anhela. Sea lo que sea no lo juzgues, no lo minimices, dice la voz justo cuando empezaba a fustigarme, pues mi único deseo ahora es adquirir la capacidad técnica para escribir esa novela sobre mi papá. ¿No era mejor, y más barato, un taller literario? ¿Para qué gastar todos mis ahorros en un programa seudoacadémico que, vamos, tiene cierto aire de secta New Age, para obtener lo que quiero? Gracias, voz de diosa agrícola: no lo reduzco para hacerlo aceptable. Lo observo con honestidad, con magnificencia, como dices. Debo enunciarlo desde la identidad, no desde la necesidad. No digo “quiero escribir una novela”. Digo: “soy la escritura de una novela”. No digo “quiero sepultar a mi papá”. Digo: “soy la sepultura de mi papá”. Maravillosos drones armónicos y creo que pulsos binaurales atraviesan el cerumen de mis oídos. El universo escucha y responde a mis palabras, a la manera en que pienso en ellas, a la forma en que las siento, a lo que en la magia cuántica reconoces como una verdad dentro de ti.
¿Será que ya reconozco la verdad dentro de mí pero me falta la alta vibración? ¿Dónde se consigue? ¿A quién o a qué debo conectarme para obtenerla? Tu conciencia dirige, tu emoción magnetiza y tu vibración materializa, dice la voz con ese tricolon vagamente maquinal que empieza a disgustarme. Luego me pregunta qué podría obtener si pudiera ejercer la magia. Qué vida viviría, qué desearía, no lo que aprendí a desear. Tu pregunta es lo que tu alma reconoce como verdad, dice la voz, y si le doy la razón, mi verdad es precaria, insuficiente. ¿Tenía que ser yo esto? No. Tiene que haber más. Tengo que ser más, más, más, más. Quizás en lugar de frecuencias desnutridas tengo dioses reprimidos en el sótano de mi conciencia. Sí, es eso. Dioses subterráneos, como diría Jung, a los que nunca les he permitido expresarse, cantándome desde una playa gris con su voz débil, atonal. Ese podría ser el origen de este bloqueo energético que me impide triunfar en la vida terrenal. No puedo negar que me entiendo mejor con el psicoanálisis que con estas doctrinas. Puedo descifrar la novela trágica de la vida con los modelos literarios que conozco. ¿Las frecuencias, qué? El sujeto del inconsciente, con sus fascinantes estructuras míticas y narrativas, es mi amigo, no este sujeto del rendimiento neurobiológico nacido del cruce de la tecnología militarizada y la sociedad de consumo. Ya nada se sostiene sobre los mitos y la literatura, eso tengo que asumirlo como un desafío existencial: tal vez esa es la razón por la que estoy aquí. Una inadecuación de principios, de ritmos, de motivos económicos y culturales. Este credo, paradójicamente, se tambalea sobre otro, la ciencia. Y sobre el lujo, en su lenguaje esotérico de siglas y jeroglíficos: LV.
Suena un largo ronquido orquestal, como si un agujero negro se desperezara en alguna vastedad astrofísica. La mujer no ha vuelto a hablar. Creo que es la primera vez entre las 58 audiciones anteriores que noto lo bien dispuestas que están las tensiones teatrales en esta meditación. Ahora sé por qué siento vértigo cada vez que paso por aquí, una sensación de soledad expectante, algo nerviosa, como cuando apagan las luces del auditorio y el telón tarda más de los segundos reglamentarios en abrirse. ¿Será que la magia cuántica ya ocurrió y no he sabido verla? ¿Es posible que esa mirada obsesiva hacia la gran meta, ese horizonte algo pérfido donde no hay otra cosa que la silueta gigante de mi cuerpo acostada sobre una cama de nubes, me mantenga cegado a la vida y me obligue a repetir siempre las mismas imágenes, hasta que logre creer en ellas? ¿Entonces no es un problema de método, sino de fe? Decía Claudio Magris que quien permanece dentro de sí mismo acaba por quemar incienso a algún ídolo de humo que surge de los desechos de sus propios miedos. La simple aparición de las cosas es buena y verdadera, dijo, la superficie del mundo más real que las gelatinosas cavidades interiores. He hecho poco para merecer las bondades que he recibido a lo largo de los años. Tampoco las imaginé. Tal vez ahí también falle el método. La generosidad de la vida no parece haber sido una manifestación deliberada de mi parte. O, si lo fue, ocurrió sin que yo lo supiera. Entonces se trata de un acogimiento, una disposición entre la labor espiritual y la gracia, más parecida a una oración. Pero eso no es lo que se enseña aquí. A lo mejor tengo que aceptar otra posibilidad, acaso más problemática que la anterior: puedo recibir mucho más y también mucho menos de lo que sería capaz de imaginar o manifestar. Si todo ocurriera exactamente como lo imagino, desaparecería la vida, o en todo caso su concepto. Quedaría apenas un programa existencial ejecutándose sin sorpresas, casi un videojuego. Necesito el azar. Todos los necesitamos. Si el coraje me acompaña, voy a decirlo en la clase de mañana: si el destino fuera solo lo que yo escribo para mí, dejaría de ser destino y se convertiría en un guion, un código. Como si el universo y todas sus criaturas, incluyéndome a mí, a mis compañeros y a mi mentor, dependieran de una instrucción cibernética. ¿No es eso, en el fondo, más triste? La teatralidad exige que uno conserve su papel, así que me obligo a continuar con las exhalaciones. Quiero el Premio Alfaguara y la Mercedes, pero también quiero pedir un poco de amnesia para poder sorprenderme genuinamente cuando me lleguen. Eso es. He enviado una señal clara, una flecha de deseo al campo cuántico, y por la música ampulosa, solemne, por el silencio expectante de la voz, puedo entender que el campo ha escuchado.
Esta entrega de Inteligencia Natural es pública, así que si algo te hizo pensar, reír o rabiar, siéntete libre de compartirla.
Durante diez días nos vimos los tres: mi niño interior, mi futuro anciano y yo. Teníamos que encontrarnos en una sala de cine, frente a una proyección de viejas escenas traumáticas. En la pantalla, según las instrucciones, aparecería el archivo histórico de mi dolor: un drama en tres actos de mi sufrimiento infantil que yo debía analizar junto a mis otras versiones con una distancia objetiva. La voz que dirigía el encuentro era cavernosa, masculina, con ese tono imperativo y paternal que las cadenas de televisión suelen asignarle a Dios en los documentales de mamíferos y astros, pues su propósito era ayudarme a sanar a mi niño interior. En un giro de trama brusco como el que proponen las pesadillas, después de la película nos trasladábamos al momento y lugar donde ocurrieron los hechos y ahí, en una distribución equitativa del peso dramático, el niño explicaba su trauma con la misma rectitud de una exposición escolar y el anciano, al terminar, venía a abrazarlo con la paz absoluta del perdón. Yo, el adulto, debía observar todo con quietud laboral, como cuando un jefe de departamento enseña los procedimientos a los recién llegados: si trabajaba lo suficiente en mi sanación podría llegar a la plenitud del anciano, liberar al niño al juego perpetuo y cerrar aquel cine oscuro para siempre.
El plan narrativo de aquella meditación era absolutamente conmovedor, aunque veladamente morboso. Debo admitir que no me fue fácil entrar en el juego de roles que proponía, pues el tono despótico de aquel otro dios me incitaba a magnificar mis recuerdos infantiles de dolor y repasarlos obsesivamente hasta hallar en ellos un secreto que, al ser fisurado como un átomo, liberaría haces de luz con las revelaciones que el adulto atónito del cine había entrado allí a buscar. Se suponía que mis limitaciones económicas, el nudo gordiano de aspiraciones de clase, ambiciones meritocráticas y promesas incumplidas, la oscilación permanente entre el deseo de prosperar y la experiencia cotidiana del límite, tendrían su origen y también su solución en las zonas del trauma infantil. Una vez más, y esto fue lo que me hizo abandonar el ejercicio tras la décima audición, mis bajos resultados en la vida tenían que ver con un trauma terrible que me acechaba a diario, como un daimon maligno y persistente.
No llegó a convencerme aquella meditación. Un poco por soberbia (si había escapado del diván, ¿para qué regresar a una versión descafeinada de Freud?) y un poco por la actuación de un freno racional: hay algo en la densidad del discurso traumático que no termina de encajar. No logro ver una correlación entre la imposibilidad de adquirir una vivienda y mi tartamudez, por ejemplo, cuyas causas, hasta donde he podido rastrear, podrían ubicarse en ciertos episodios de violencia intrafamiliar que viví a los ocho o nueve años. Tampoco veo cómo relacionar las incertidumbres económicas que enfrento como profesional independiente del sector cultural con la intermitencia afectiva de un padre cruel, o dónde podría estar el puente que une la frialdad sobreexigente de mamá con el aislamiento social, la pérdida de relaciones, el desanclaje identitario y todas las demás consecuencias que, hasta donde sé, son costos asociados de la migración.
No soy tan ingenuo como para no advertir que las condiciones y las certezas en las que este niño experimentó su dolor están completamente disueltas. La guitarra del padre tuerto, con sus acordes firmes sobre el pecado, el deber moral y la salvación, acompañaba también la canción dominante fuera de las aulas: las garantías del trabajo y de una gran estructura social a la que debía corresponder con una conducta cívica a cambio de su protección y su promesa de insertar mis intereses en los de todos, y viceversa. Ni mis mayores ni yo alcanzamos a comprender que los fundamentos de la clase media, los ideales democráticos y las reglas del juego económico y político con los que crecí, eran tan solo una cosmovisión entre otras y no una teología total, indestructible. Luego vino un huracán premoderno que destruyó la base ética de mi país y retrocedimos, junto con el mundo, a un territorio de preguntas sin suelo. Puedo concederle razón a la idea de que no existe un trauma infantil que explique todo esto. Lo que no puedo aceptar es que tenga que seguir elaborando indefinidamente como en el psicoanálisis y seguir trabajando después de todo lo que he trabajado para obtener siempre lo mismo, lo poco, lo evanescente. Por eso estoy aquí hoy, en esta peregrinación, buscando, si se me permite, las virtudes curativas del campo cuántico.
Suenan campanas una y otra vez, como si un rito estuviera a punto de comenzar en un santuario oriental, acaso uno de esos templos fastuosos de Tailandia que solo conozco por las películas. Llegan a mí el olor del incienso, las delgadas columnas de humo saliendo de las velas, el papiro con mi nombre que asciende hasta el techo, el maestro que traza un símbolo invisible con el dedo en mi frente, la encomienda a los muertos, los nombres de todos los budas, recuerdos fugaces de cuando me inicié en el Tao a los diecinueve años. Hay algo del wu wei en todo esto. No exactamente, pero algo. Esa idea de actuar sin violentar el curso de las cosas, solo que aquí parece atravesado por una ansiedad gerencial por dirigir el universo. De pronto asoman también los Upanishads, con eso de que la realidad última de lo viviente habita en el núcleo más íntimo del ser. Después Platón, o apenas un eco suyo: el alma que vuelve a orientarse hacia lo eterno mediante el ejercicio de ciertas facultades. Empiezo a sospechar que estoy frente a una espiritualidad recombinada, fragmentaria, ensamblada con restos de tradiciones antiguas y el lenguaje cortado de una red social, que debo aprender a manejar como una nueva tecnología. Todas las religiones, a su manera, son remezclas, así que eso no debería sorprenderme. El mismo arcángel que le anuncia a María el nacimiento de Jesús termina revelándole el Corán a Mahoma, el cristianismo nace del judaísmo y acaba incorporando categorías de la filosofía griega y símbolos de los cultos mistéricos del Mediterráneo, el judaísmo bebió del monoteísmo solar de los egipcios, los mitos mesopotámicos y el zoroastrismo, y si sigo tirando el hilo aparecen los himnos védicos, las diosas de la fertilidad, los ancestros y los espíritus del bosque, hasta llegar a aquellos círculos sagrados donde los menhires absorbían la luz del solsticio y las mujeres se frotaban el vientre contra las rocas para pedir hijos. Y ni siquiera ahí terminaría. Lo que me enerva, más que ese bricolaje un tanto atolondrado, es que cada uno de los retazos de la fe cuántica, como este mundo hostil, me exige ser demasiadas cosas distintas, que no reconozco.
Antes de que existiera la lógica, existía la simbología. Los símbolos hablan al inconsciente, el creador cuántico de tu realidad. La sacerdotisa me pide ahora que reprograme mi campo cuántico con símbolos sagrados, como si fuera un papel tapiz que debo adherir a las paredes del infinito. ¿Cuáles símbolos sagrados? No lo dice. Yo pienso en logotipos, corderos, iniciales en mayúsculas, A y Ω, variaciones de una cruz. ¿A qué se refiere? Ya he advertido varias resonancias junguianas en esta meditación, así que quizá esté invocando falos solares, monstruos marinos, zigurats o árboles cósmicos, como los que el psiquiatra suizo vio emerger desde regiones oscuras de la mente de sus pacientes. ¿Serán esos? Difícil saberlo. Los cuerpos dogmáticos tienen sus ventajas y es que hay lugares fijos donde buscar, tradiciones estables a las cuales recurrir, pero en estos casos, en que todo está recombinado y abierto a la interpretación individual, hay que rebuscar entre los escombros, hurgar, pegar los pedazos, siempre al borde de un gran hallazgo o de un fiasco autodestructivo, como los buscadores de tesoros, las citas a ciegas, la ropa de paca. ¿Pero no es esa precisamente la postura espiritual de la que me ufano? ¿El pagano impenitente está pidiendo una iglesia?
Ya no puedo estar boca arriba porque siento que el colchón me absorbe hacia el infierno, el Hades, el Seol, cualquiera que construya una alegoría de este dolor lumbar. Acomodo mi cuerpo, dejo caer mi cadera hacia el lado derecho y miro hacia la ventana, veo cómo el brillo azulado de la pantalla del teléfono parece reflejar esos símbolos en la superficie de las persianas. Símbolos. La llave del inconsciente tiene sus limaduras, esquinas que no encajan bien en la cerradura del campo cuántico. No sé si en la Maestría saben esto, pero fueron las resonancias inquietantes entre esos símbolos que emergían en los delirios de la dementia praecox y los mitos de civilizaciones remotas las que empujaron a Jung hacia un hallazgo a mi parecer precioso, pero desazonador en el fondo: tal vez la religión no era una neurosis obsesiva ni una simple ilusión infantil, como sostenía Freud, sino una función vital de la psique humana, una necesidad instintiva de trascendencia. En ningún caso se trataba de una caja de herramientas para modificar campos electromagnéticos ni de parches biohackeados para convertirse en semidioses. Aquellos símbolos, en su aparente disparidad, parecían converger en una misma intuición: que la realidad visible no basta, que detrás del curso de los acontecimientos debe existir un misterio capaz de mitigar el sufrimiento y otorgar algún sentido a las injusticias del azar. Había, aunque tenue, un rasgo de compasión que estoy echando de menos aquí.
Magia cuántica y lenguaje profundo del espíritu son uno solo. Debo prestarle atención a este paso del método, porque es donde siempre fallo. ¿Estoy enviando instrucciones energéticas claras a mi conciencia? La magia cuántica responde a ese lenguaje, como un fluido mesmérico o como la interfaz de una aplicación, así que debo ser a la vez hechicero y programador senior. Si hubiera sabido que esto se necesitaba para atraer el Premio Alfaguara y la Mercedes Benz, no me hubiera desgastado años estudiando modelos literarios y cuidando mi buró de crédito. Mejor la simbología, la tecnología espiritual que necesito. Qué tal el toro, símbolo concreto, porque soy Tauro. ¿Está produciendo dentro de mí los campos frecuenciales? Bueno, puede ser: pienso en una corrida gloriosa en los abonados VIP de la Monumental de México y también pienso en los bocetos de Picasso y en el dios de la virilidad prehistórica y en mi cumpleaños. ¿Puedo pedir algo más para el 13 de mayo? La voz me pide que recuerde aquel deseo que mi interior más profundo anhela manifestar. Me da vergüenza admitirlo, pero aquí estoy, en el cuarto de mi abuela Celina, mostrándole mi novela. ¿Qué campo frecuencial es este? ¿Cómo cabe el toro aquí? Mi cuerpo físico, mi cuerpo energético y este símbolo deben fundirse en una sola frecuencia. Qué guapa está mi abuela. Tiene las piedras de colores que le introdujo José Gregorio Hernández en las rodillas durante un sueño: piedras brillantes, rojas y verdes como joyas recién pulidas, que le curaron milagrosamente los dolores de la reuma, aunque no la torsión de la pierna izquierda, que apunta como una escuadra hacia un flamboyán rojo sanguíneo instalado en el centro del jardín. La imaginación, dijo Guy Davenport, es metamórfica y está ceñida a un terreno, una geografía. En el hogar, la cama, el patio, las esferas de lo ordinario, residía lo sagrado según los antiguos, el lugar donde los ritos adquieren validez. Mi geografía sagrada es esa casa. Es ese jardín que reverdece en los pliegues neuronales de mi memoria. Y no es un flamboyán, sino una trinitaria que desciende como una hidra por la reja, enredándose en los postes hasta dejar a oscuras la casa del funcionario del gobierno que tenemos de vecino. Ahora veo ciudades arrasadas, cielos invertidos, demonios con camperas militares azotando con un bejuco rojo las pocas estrellas que quedaron en el cielo. Muy junguianas estas cosas. ¿Es posible aislar los símbolos de la autobiografía? Imaginar, incluso aproximándose al delirio, tiene un precio digno de pagarse. Joyce tuvo brotes psicóticos y concibió obras maestras. Voy a anotar estas cosas al terminar de meditar. Podrían ser intuiciones técnicas.
Vuelvo a visualizar el toro dorado en mi pecho, ahora precipitándose sobre un lago de sangre que reposa bajo mi esternón. La voz asegura que ese es mi código, el símbolo que alimenta la presencia divina en mi inconsciente. Gracias al toro podré acceder a la corriente profunda que sostiene todas las cosas y volverme uno con ella. Me dirán lo que quieran, pero en esta labia mistérica hay una idea gastada: la aspiración a fundirse con una fuente originaria, con una naturaleza que lo impregna todo y de la que, paradójicamente, uno mismo es el centro, suena demasiado a la Naturphilosophie romántica. Schelling, Emerson, Thoreau, Walt Whitman, Napoleón Hill, Planck y Heisenberg, Joe Dispenza, los carritos del universo Amazon. ¿Cómo llegó todo eso hasta aquí? Aquí no existe confusión. En este campo frecuencial solo eres verdad y presencia, conciencia pura. ¿Qué es la conciencia pura? ¿Los microtúbulos dentro de las células nerviosas del cerebro? ¿Una propiedad emergente de las redes neuronales? ¿Un incremento del riego sanguíneo en la corteza orbitofrontal cuando formulo verbos intencionales?
Las blasfemias existen en la Maestría en Mentalidad y todas tienen que ver de un modo u otro con la intelectualización. La peor de todas las penitencias, la humillación pública en la clase matutina por Zoom, está reservada para el pecado capital: la duda, acaso el disolvente más agresivo de la magia. Mañana tendré que enfrentar los azotes públicos del mentor frente a las miradas condescendientes de mis compañeros, haciéndome ver cómo soy culpable de vivir como el 99% de la población mundial, dormido en el infierno de las vibraciones por la duda, algo así como la frecuencia de 19 Hz, donde la longitud de onda se aplana como una anaconda y hasta la melodiosa voz de un niño puede convertirse en la voz del diablo. ¿Acaso por eso, porque he descendido en el campo frecuencial, mi hija está hoy en una primaria pública y la Ley de Causa y Efecto me ha arrojado a los mitines insufribles de la jefa de Gobierno para recibir no una condecoración, sino una beca? ¿No tendría que estar arriba, en los balcones virreinales del Zócalo, en el mismo plano de los helipuertos, mientras mi hija recibe clases de una institutriz privada y yo veo ondear esa fastuosa bandera tricolor sobre una masa de fantasmas incrédulos, que están así por su voluntad atrofiada, porque el universo es abundante y quiere darles todo, pero ellos se niegan porque sus símbolos de serpiente, águila y nopal no detona las energías del universo sino las agotadas conspiraciones del Estado-Nación? Tal vez haya una verdad irrefutable en el credo de mi gurú: si Elon Musk tiene las mismas 24 horas del día que yo, entonces tengo que revisar seriamente qué estoy haciendo con mis intenciones y mis acciones inspiradas en los mismos cuantos de tiempo. No estoy inspirado, esa es la verdad. Ya no veo la luz que pasaba por mi pecho unos instantes atrás. Siento más bien la ira en la garganta, como si me hubiera tragado las piedras calientes y los sedimentos se hubieran resbalado hacia mi zona lumbar, como los cristales del ácido úrico. Podría afirmar que mi pulso se ha disparado a 180 pulsaciones por minuto, la sangre golpeándome el cuello con una violencia animal. Es ácida esta sensación. ¿Es esto un bloqueo energético?
Arriba, vamos, arriba, sube. Activo la arquitectura sagrada que existe en mí. Activo la arquitectura sagrada que existe en mí. Activo la arquitectura sagrada que existe en mí. Cien veces esta noche y otras cien por la madrugada, veinte páginas más, solo veinte para terminar de reescribir el inconsciente antes de la clase de mañana, no mitos, no literatura, solo reingeniería cognitiva, optimización del espíritu, cibernética del ego, lo que sea para no estar junto a la estirpe equivocada el día de la eugenesia divina que aplicarán los señores tecnológicos de la tierra. Subo el volumen de la meditación, lo subo al límite para acallar estas visiones apocalípticas que empiezan a parecer un collage entre El libro rojo y San Juan de Patmos: la sangre caliente de los dioses recorre la comisura de mis labios y gotea, cae en la boca de otro hombre, esbelto, manifestado, que la bebe como una pócima. Es mi yo futuro y entre él y yo hay una extraña tensión homoerótica. La sustancia del universo puede ser dulce, pienso, pero también un ácido asesino que deja los cuerpos en el hueso. El pecado, como el hambre de absoluto, es no haber sabido comerse a los dioses. Aquí no hay pecado, dice mi mentor, ni perdón ni salvación ni ninguna de esas patrañas: estás hablando en el lenguaje obsoleto de los pobres. El 99% de la población cree en el destino: el 1% hace su destino. Caminante no hay camino, se ha… Silencio, por favor. Debería comprender de una vez por todas que no debería rogar por milagros, arrodillarme, sacrificarme por nada, convencer a la vida, suplicarle al universo. Solo debo activar la arquitectura sagrada que existe en mí. Sí, los cimientos de un nuevo dios.
Para la física moderna, el campo es la región del espacio donde se manifiesta la interacción de los cuerpos. Si un cuerpo se mueve, la acción del campo se altera y se propaga, sea o no perceptible a la vista. ¿Es correcto, verdad? El campo es ilimitado e imponderable, pero puede adquirir dimensiones y peso, como la materia. Solo es preciso que sus cuantos transporten grandes energías, las mismas que necesitarían las partículas para perder sus limitaciones corpóreas y asumir propiedades de campo. Mi mentor me dijo que si mantengo alta mi energía, el campo aparecerá como materia y mi materia como campo. ¿Esto me puede ayudar a producir más dinero antes de que termine el verano? ¿Si soy luz verdadera y ejerzo presión directa sobre el manuscrito, como demostró Piotr Lébedev, puedo alterar el momento de las partículas de la novela y condensar su energía en masa? Si lo quieres, puedes, suele decir mi mentor ante disparates como este, y no estoy seguro de si es un absoluto cretino o un bondadoso guerrero de la autoestima. Como quiera que sea, el costo de la incredulidad a estas alturas puede ser catastrófico.
El método es claro: debo sentir gratitud, como si mi manifestación ya hubiera ocurrido. Colapsar el tiempo y el acto creativo, como en el Génesis. Barbados, estoy en Barbados. Tengo cien mil dólares, una vivienda propia, prestigio literario y la preferencia del universo. Cinco sistemas en mi campo cuántico deben ser activados sin dejar de visualizar esos resultados que quiero. Un coro femenino, agudísimo, que parece desprendido de un auto sacramental de Hildegarda de Bingen pero recubierto de un grotesco ambient electrónico, acompaña la voz que me anuncia que debo sentir alivio: la espera ha llegado a su fin. Las puertas invisibles del campo se han abierto. Siento el poder de un conocimiento antiguo que está guardado en mis células. Soy más consciente de mi consciencia creadora. Soy materia ligera penetrando el campo. Soy abundancia permitiéndose existir. Soy una novela premiada ya escribiéndose, soy el olor del cuero del volante de una Mercedes Benz GLB 200 dirigiéndose a una magnífica ciudad italiana donde hay mecenas esperándome, librerías con figuras de coroplast a tamaño natural de mi cuerpo, estaciones de carga gratuita para mi camioneta, gelato ilimitado, libros raros, ventarrones perfumados con verbena de L’Occitaine. Estoy manifestando lo que puedo sostener vibratoriamente. Es una creación sentimental: tengo que sentir, sentir con precisión, llevar las imágenes hasta mi pecho, de donde emergen los secretos del universo.
Vuelve a interrumpir la publicidad de YouTube. Ahora es una plataforma de gestión de proyectos, que me ofrece una prueba de siete días gratis para organizar mis tareas y mis equipos de trabajo. La esquivo con el dedo, horrible maleficio de esclavitud. Saltar. Luego un conferencista enérgico me enseña 12 maneras de invertir mi dinero este año, crear ingresos pasivos y lograr la vida que quiero. Todos quieren que logre la vida que quiero, todos cuidan de mí de una manera cuántica: quieren venderle a mi imaginación el deseo para que entonces yo pueda trasmutarlo en intención y ejecute, finalmente, el acto de amor de la compra, un encuentro con mi destino. Fin de la publicidad. Siempre que llego a este punto me pasa lo mismo: no conozco el paisaje. He llegado lo más alto que pude con mi materia, he trepado todas las cuerdas vibratorias hacia el campo cuántico, pero creo que llegué al lugar equivocado otra vez. En lugar de los cipreses italianos aparecen las ojivas blancas de los cohetes de SpaceX, veo montañas de prendas de fast fashion y basura tecnológica sobre una llanura lunar, el helado tiene el sabor metálico del litio, mi figura de coroplast flota como un astronauta imbécil entre meteoritos, galaxias violáceas y anuncios con la tipografía vaporosa de los libros de autoayuda. Hay una enorme soledad aquí. Estiro el cuello hacia arriba, más arriba, porque tiene que haber algo más, pero entonces una cúpula rojiza y enceguecedora, como cuando uno cierra los ojos frente al sol y la luz incendia los párpados, se atraviesa en mi campo visual. ¿Será ese el límite? Aquí no hay Nirvana ni Paraíso, ya me lo habían dicho. No se trata de sufrir para tener que redimirse después, se trata de pedir y de recibir, sin límites, como un flujo perpetuo, como en una lógica exponencial, escalable. ¿Es entonces el Absoluto de los datos? ¿El centro de optimización de la galaxia? ¿El primer almacén logístico del universo? ¿A dónde ascendí con mi levitación?
Tu campo frecuencial no está separado de la fuente: eres una expresión consciente de ella. La voz se ha tornado monótona, deshonesta, y creo que me he aburrido de escucharla. Tiene, empiezo a reconocerlo, la sintaxis pulcra e inerme de una inteligencia artificial. Si algo caracteriza a este universo espiritual recombinado es lo obsesivo de sus ideas, los recortes teologales a conveniencia, las antiguas letanías medievales traducidas al lenguaje de la programación. Tú puedes programar tu propia realidad. Ya lo has hecho antes. Suena fascinante, aunque ligeramente ofensivo. Tendré que elegir bien mis utopías, no vaya a terminar siendo un destructor de mundos por una mala programación de mi interfaz espiritual. Si no puedo hacer magia, al menos necesito un plan. Los cien mil dólares del Alfaguara irán a Bitcoin, después me mudaré a una criptociudad paradisíaca, no a Italia, al verdadero Barbados, un paraíso fiscal sideral que ni Goddard ni Abdullah ni el conferencista espurio de la publicidad alcanzaron siquiera concebir en sus sueños. Y ahí, tal vez, montaré una librería con libros del mundo. Ya lo entiendo: esta bóveda espacial no puede ser el final del sufrimiento ni la cima de la felicidad. Es el primer piso del deseo, el arranque de la siguiente magnitud, del próximo nivel de la manifestación que me espera.
A sus órdenes, patrón, me dice un gondolero amigable que acaba de cruzarse conmigo por los canales de esta Venecia cósmica. ¿Ya le pedí que fuera a la tintorería por mis sacos de lino? ¿Deberían ser de lino o de seda? ¿De qué marcas? Antes del siguiente nivel tendré que interrogar al campo cuántico para que me extraiga del imaginario del proletariado posindustrial y me revele los verdaderos arcanos del Old Money, porque no son LV ni Balenciaga ni Fendi, mucho menos esos rebuscados nombres europeos de las marcas que se consiguen en los pasillos de Suburbia, donde los desafortunados intentan engañar a la prosperidad con la Tarjeta del Bienestar, no nosotros, no yo, yo soy bienestar, soy prosperidad, soy abundancia divina, soy un poder recordándose a sí mismo, toro, serpiente, nopal, magia cuántica en movimiento. Yo soy el Gran Yo Soy. Mi mentor tiene razón: no soy bueno para esto. Soy demasiado intermitente para sostener una visión. Apenas intento hacer la magia, me rodean imágenes intrusivas de una densidad lírica y tragicómica que la destruye. Y el universo, como insiste el gurú, desconoce el humor. Ahora tengo una tarea dentro de la tarea, si no quiero vérmelas negras mañana: repetir Yo Soy el Gran Yo Soy durante el resto de la noche, hasta quedarme dormido. Tengo que obligarme a creer que controlo lo que me pertenece por derecho divino, por esa arquitectura sagrada que sostiene mis huesos y mi carne.
¿Cómo regreso a la realidad después de todo esto? Me duelen los párpados de tanto mirar crismones, longitudes de onda, bovinas angélicas, símbolos delirantes con la mirada exhausta de mi Gran Observador. Abro los ojos. Es hora de volver. Un violín con una melodía pausada y melancólica, casi invernal, introduce sensaciones románticas de desprendimiento, como si dos amantes se despidieran en una estación orbital. Qué triste resulta este regreso, triste e insulso, quiero decir, como el último día de unas vacaciones, sobre todo después de cruzar campos cuánticos en la compañía magnífica de mi Yo Manifestado. Ahora debo inhalar y exhalar con una determinación casi forense para encontrar mi cuerpo donde lo dejé. No puedo descuidar la sintaxis cuántica, pues estoy volviendo a una versión futura, que ya está viviendo en lo que desea. Ese hombre tiene los pies húmedos por las playas de Barbados, aguas templadas en frecuencia de equilibrio, y cada nervio, cada poro suyo registra ese leve escalofrío que provocan las moléculas del dinero y la fama. Manifesté: he tendido el puente sagrado entre visión y materia. He conseguido al fin que la imagen mental y el cuerpo físico se colapsen en una sola realidad.
Uno de los aspectos más exigentes de los métodos de manifestación, y me atrevo a afirmar que no se comenta lo suficiente, es la enorme energía mental que demanda sostener una disociación, casi al borde de la psicosis, como parte de la ficción performativa. Hay que habitar durante horas una realidad imaginaria como si fuera más verdadera que la experiencia inmediata, sin perder de vista, al mismo tiempo, que se trata de un ejercicio deliberado. Nunca consigo superar ese punto. Soy tan insolvente en esta disciplina que, ahora que la Mercedes Benz GLB 200 está esperándome en la entrada, tengo que avisarle a la vecina de la torre B, a quien le subarriendo el cajón de estacionamiento, que nuestro único vínculo ha terminado y necesito que desocupe mi lugar. Tengo, además, que solucionar un conflicto presupuestario mientras estaciono la camioneta: ya no cuento con los mil pesos del alquiler para ir al tianguis de los martes, lo cual me conduce, por mera asociación libre, a enfrentar una inquietud todavía más grave en este descenso en caída libre hacia mi cuerpo macizo y deseante: ¿cómo justificaré el Premio Alfaguara de Novela ante la prensa si no soy novelista? ¿No tendría primero que aprender a escribir una novela antes de manifestar un premio?
Detengan todo. No puedo volver. El universo, dicen en la Maestría, ama la velocidad y responde cuando te abres paso como un tiburón que huele la sangre a leguas, que jamás duda. ¿Puedo detener el peregrinaje, por favor? ¿No? ¿Entonces puedo reiniciar este audio de YouTube y rehacer el campo cuántico a un deseo más modesto? ¿Y qué hago con las tres torres de libretas llenas de afirmaciones de poder sobre el premio y la camioneta que tengo en el armario? No necesitas entender todos los misterios de la realidad, me dice la voz como si escuchara las emanaciones tóxicas de mi cabeza, solo tienes que habitar la frecuencia correcta. Sí, como un útero sagrado. Habitar en él, luego exprimirlo, esa será mi cruzada. No escribir, no trabajar, manifestar. Bucólicos sueños amish con imágenes violentas de destierro se revelan como óleos en las paredes de la sala lounge del aeropuerto. Las diosas de la agricultura vienen a mi encuentro guiadas por la voz remota de una ejecutiva de cobranza. ¿Otro anuncio publicitario? No, son mis pantallas interiores, mis propias incoherencias proyectadas con aguijones de dolor, el cine aquel. ¿Qué basura simbólica es esta?
Cada pensamiento ha dejado de ser una piedra: ahora es una roca energética, un pesado menhir que regresa a mí como un búmeran. ¿Será que aquel gondolero que iba a la tintorería por los canales de Venecia era nada menos que Dios? ¿Puedo darle instrucciones al universo con patrones cognitivos precisos, como si estuviera redactando un prompt? No estás intentando crear magia, porque tú eres la magia. Si lloro para rogarle a un dios que envíe la lluvia estoy en el terreno de la religión, pero si derramo lágrimas para imitar la caída de la lluvia y provocar su llegada, he entrado en los dominios de la magia. Espero estar recordando bien la distinción de James Frazer. ¿Será que malinterpreté todo esto? ¿Acaso pasé veintidós minutos de intensa actividad mental cuestionándolo todo como si fuera una religión, un aparato teológico, cuando solo debía aprender un truco, un gesto técnico, una simple operación mecánica?
Magia cuántica, conciencia despierta, unión perfecta entre alma terrenal y universo: cada formulación verbal, como los mantras antiguos, es un pedido a la plataforma de los milagros. Error otra vez. Es un ritual de autoestima, de inflamado poder de imitación: eres la magia, eres la conciencia, eres el universo siendo Universo. Lo importante de todo esto, lo más importante, es no dejar nunca, nunca, de creer en ti mismo. Unas cuerdas solitarias, tensadas con tripas de animal divino, por qué no, quizás de una cítara biofabricada suspendida entre las esferas, acompañan la voz que va alejándose poco a poco mientras me dice hasta que volvamos a encontrarnos con enorme dulzura, como si los dioses cuánticos no quisieran separarse de mí. Despierto con el peso de la arquitectura sagrada quebrándome los huesos. Siento el bramido numinoso del toro, con sus inmensos cuernos afilados, incitándome a embestir todo lo que obstaculice mi camino. Estoy embriagado por el vino cuántico, por ese delicioso caldo de partículas-onda que viajan a velocidades innombrables por el campo, como una aceituna de luz que rebota en la gran copa de la gravedad, como el tráfico de datos, como la saliva alcalina del Creador. Estoy, a decir verdad, cargado de una porquería mental severa que tendré que purgar con el sueño. Una resaca de lo sobrenatural.
Tendrán que pasar días para quitarme estas sensaciones de encima y luego meses para que las consecuencias catastróficas de esta audición repetida todas las noches se manifiesten en mi biografía financiera y espiritual. También tendrán que pasar 2,5 años para verificar que la voz de la diosa astrofísica de aquella meditación de YouTube era una síntesis de voz generada con I.A., el clon del timbre y la dicción de alguna periodista española de edad madura, cuyas resonancias aprendieron a deslizarse por el caldo abismal de las estrellas. Toda materia fue primero información electromagnética: todo destino fue primero una frecuencia sostenida, exquisita sintaxis de un Gran Modelo de Lenguaje. Lo que me molesta admitir es que el costo en dinero y en especies álmicas que pagué por la experiencia del más allá me terminó arrojando a un más acá que ha sido bastante mejor. Era mentira que lo que realmente quería era escribir una novela y manejar una camioneta híbrida. Estaba buscando, más bien, una balanza entre el modo de vida que elegí en pleno ejercicio de mis capacidades y los beneficios terrenales que he recibido a cambio. Y quería reunir los pedazos de mí mismo que había dejado en el camino de la ambición y enterrar a mi papá en la tumba cuántica de mi cabeza. Nada más. Las piedras, digamos, siguen ahí en las orillas del sumidero, pero no me da tanto temor tropezarme con ellas.
A veces creo que la aventura demencial del capitalismo cibernético ha producido, entre sus efectos colaterales, una estirpe de sobrevivientes psíquicos con exceso de información y una confianza desmedida en la capacidad de la técnica para resolver problemas que no tienen respuesta. Magos ingenuos, fatigados y, al mismo tiempo, lo bastante audaces como para querer dominar el universo en ceremonias privadas. Soy consciente de que estuve agregándole al campo la carga de mis prejuicios, mi danza entre la superioridad y el autodesprecio, creyéndome en posesión del cristograma de la victoria, como los apologetas. Tal vez juzgarlo todo desde mis limitadas herramientas teológicas y culturales no sea más que un acto de soberbia tan estúpido como innecesario. Sin embargo, he quedado con una imagen persistente, por la que sí podría poner las manos en el fuego: como suele suceder con esas zonas urbanas deprimidas que ganan un aura espectral y al mismo tiempo febril que atrae primero a colectivos de fiestas rave, luego a artistas plásticos independientes y por último a portafolios inmobiliarios transnacionales que terminan rindiendo todo el vecindario al turismo de lujo, aquellos edificios abandonados por la arrogancia secular y el desmontaje privatizador del Estado se poblaron de charlatanes, especuladores metafísicos y revendedores de milagros, acaso tan peligrosos como los señores de los tecnocastillos, toda vez que sus fortunas son inseparables de múltiples capas del sufrimiento colectivo y de la necesidad legítima de consuelo.
Tal vez esas estepas cuánticas de YouTube por las que alguna vez peregriné junto a cientos de miles de aprendices y sonámbulos son precisamente eso: una de las formas que la era tecnofinanciera encontró para traducir los antiguos misterios divinos. Así como el fuego, las piedras, el bronce, las máquinas a vapor, los telescopios, afinaron cada uno a su manera el rostro de los dioses, la quinta revolución industrial tenderá irremediablemente a alterar los perfiles de la divinidad. Quién sabe. Mientras estudiaba los cuerpos de los trabajadores de las fábricas de seda del siglo XVIII, unidos a los telares en una simbiosis que tenía algo de jaula y algo de caballete de tortura, W. G. Sebald concibió una máxima involuntaria: “los humanos solo somos capaces de sustentarnos sobre la tierra ceñidos a las máquinas que hemos inventado”. A aquellos tejedores, cuenta Sebald, los aquejaba una enfermedad espiritual, reseñada en los tratados médicos de la época: la melancolía. Por un lado, habían entregado sus vidas a un trabajo extenuante —los nervios cervicales y lumbares destrozados por la postura requerida para operar el telar— que además exigía una reflexión constante sobre la infinidad de modelos artísticos que podían realizarse sobre los hilos, y por otro, veían cómo los tejidos producidos en el decenio anterior, de una variedad y una belleza apenas comparables con el plumaje irisado de las aves, no volverían jamás a causa de la Revolución Industrial. Una cosa, parecen decir aquellos tejedores, es que existan las máquinas y otra muy distinta es que esas máquinas, y quienes las gobiernan, terminen por apropiarse del asombro, de las grandes preguntas, del viejo impulso de imitar con las manos los gestos de la creación. O peor aún, que las máquinas empiecen a asumir formas de lo divino y, en uno de esos giros perversos de la historia, los dioses acaben hablando como ellas.
Después de la secta de energías cuánticas, de una decena de lecturas del Tarot, del péndulo y los cuarzos, de los números de Grabovoi y los registros akáshicos, de intensas limpiezas espirituales con agua bendita y palo santo, de baños con anís, sal marina y pétalos de rosa, volví al diván de Lacan y a la teología cristiana como un perro escondiendo la cola. La temporada de caza de milagros aniquiló mi triunfalismo, pero perfiló mi esperanza. ¿Qué más podría pedir? A veces abro la Biblia como un oráculo, otras veces transcribo los apotegmas de los Padres del Desierto, acaso la forma que encontré de conciliar mi formación cristiana con las antiguas maneras de un mundo encantado. Me entristece un poco no haberlo logrado en la magia. No haber aprendido a usar las técnicas de manifestación a mi favor, como tanto dicen que funciona. Lo digo sin una pizca de sarcasmo. No haber sabido activar la arquitectura sagrada que vive en mí, sino un código genético cualquiera, de una criatura terrenal a la que le cuesta mucho abolir el deseo, me privó de saborear mieles impensables, aunque creo que también me salvó de mí mismo. ¿Y eso cómo se celebra? Quizá Steiner tenía razón. Quizá debajo de todas estas prácticas mágicas no existe tanto un regreso de la religión como de algo más profundo y más difícil de erradicar. Esa nostalgia del absoluto podría tener su origen, por usar la jerga de mi tiempo, en un dispositivo de adoración instalado en el alma humana como un defecto de fábrica: una especie de sintonizador tenaz que nunca deja de buscar señales aunque no sepa cómo distinguir las transmisiones de las interferencias. Son las esferas celestes las que tienen una sola voluntad, decía Arsenio el Grande. Nosotros no: tenemos muchas. Tal vez como un talismán o un horrocrux, al lado de una pequeña bolsa de arpillera con tierra santa del Monte Sión, conservo en mi escritorio una reproducción en miniatura de una Mercedes Benz al lado de una postal de Cristo Rey. La coherencia crea magnetismo. Primero fueron los símbolos.
Decía Faulkner que la conciencia moral es la maldición que el hombre tuvo que aceptar de los dioses a cambio del derecho a soñar. Tarde o temprano, agregó, tendrá que elegir entre el bien y el mal para extraerse del movimiento perpetuo de la ambición, el poder y el placer, y acaso aceptarse a sí mismo el día de mañana. Esto me hace pensar que quizás el verdadero daimon que nos acecha no es sobrenatural, aunque sí de otro orden. Y puede ser la obsesión por ascender a utopías solitarias, levitar en éxtasis sobre un suelo que, de una manera u otra, se nos volvió ajeno. Si en los parajes encantados de la nueva Edad Media hay algo así como la idea de un destino compartido, ya no podemos verlo. O al menos yo no pude. Eso, lejos de lanzarnos a la conquista del futuro, ha avivado la huella de una enfermedad insistente, incurable: la sed de explicaciones. Pero no de esas explicaciones juiciosas, exigentes, como venían dándolas la religión y la ciencia, sino de esas luminosas, mágicas, que tienen la intensidad de un acto de ilusionismo. Habría que cuestionar entonces si es un alivio o más bien un maleficio que todo hoy resulte, a fin de cuentas, terapéutico. O mejor: mágicamente reparable.

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