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Inteligencia Natural · Jun 27, 2025

Chatgptzación o barbarie

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Zakarías Zafra · Inteligencia Natural

El primer correo electrónico enviado en la historia de la humanidad contenía un mensaje críptico de diez letras: QWERTYUIOP. Su autor, un contratista del Departamento de Defensa de Estados Unidos llamado Ray Tomlinson, había deslizado el dedo medio en una especie de glissando pianístico sobre la fila superior del teclado de su computadora a modo de prueba. No había una intención comunicativa en aquel gesto aparentemente banal (Vilém Flusser podría decir que el dedo de Tomlinson abrió el portal encantado hacia los flujos de las no-cosas), pero aquel día normal de 1971 cambiaría el rumbo de las conexiones humanas al verificar el funcionamiento de un sistema que permitía enviar mensajes entre diferentes usuarios conectados a una red.

Un año después, la BBC de Londres entrevistó al que hoy se considera el creador de la primera newsletter moderna: Claud Cockburn, un comunista inglés de estirpe diplomática y exquisita formación académica que, tras desencuentros ideológicos con el periódico del cual era corresponsal, decidió comprarse una máquina de mimeografía y tirar los primeros 2,000 ejemplares de un diario personal “de aspecto asqueroso” que llamó The Week. A pesar de su corta vida —el periódico circuló entre 1933 y 1941— llegó a tener a Charles Chaplin entre sus suscriptores y vaticinó el golpe militar fascista de España antes que cualquier otro medio tradicional.

Tendrían que pasar unas tres décadas más para que ambos episodios —el QWERTYUIOP y el atrevimiento editorial de Cockburn— se unieran en una sola corriente y dieran a luz lo que hoy conocemos como newsletters entre las fibras más entusiastas del primer internet: cartas digitales enviadas a grupos selectos de lectores, boletines informativos curados “con mística” para una audiencia voluntariamente reunida, correos electrónicos con un cuerpo temático suficientemente sólido para generar intercambios y conexiones entre pares. Una verdadera belleza.

Desde los folletines de noticias de la dinastía Tang, las relaciones de sucesos de la España del siglo XVI y los boletines dirigidos a los gobernadores de Nueva Inglaterra a principios de 1704 (que un librero y oficial de correos compilaría en el primer periódico publicado de manera continua en Estados Unidos: The Boston News-Letter), la necesidad de distribuir noticias, interpretaciones, notas de ocio y descubrimientos de forma regular a una audiencia específica, se integró como un rasgo inseparable del arte de comunicar.

Bajo la premisa elemental de que no a todo el mundo le interesa lo mismo (o en todo caso no le interesa verlo desde el mismo ángulo), se trazaron líneas editoriales, enfoques temáticos, periodicidades y formatos. Una rama del linaje se proyectó hacia la prensa tradicional que conocemos hoy (con la respectiva formación de monopolios mediáticos y clusters corporativos excéntricos que concentran periódicos, equipos deportivos, parques de diversión y cruceros) y otra hacia el ecosistema de medios digitales personales, cuya existencia fue posible gracias a la democratización del internet a principios de este siglo.

Como todo, de alguna forma u otra, regresa a los orígenes para recuperar sus energías creativas, los primeros blogueros se parecían mucho más a Claud Cockburn y John Campbell (el fundador de The Boston News-Letter) que a sus homólogos columnistas de prensa buscando desdoblarse en la digitalización. Con el auge de las plataformas sociales, muchos blogueros migraron a los correos electrónicos para mantener el pulso cercano con sus comunidades y otros dejaron sus predios abandonados por irse tras la promesa de los algoritmos (una imagen exacta de esto son las ruinas de los .blogspot que todavía pueden verse en la interfaz del buscador de Google). Un segundo acto de desdoblamiento, ahora frente a la llegada del absolutismo tecnofeudal, traería las corrientes creativas a las mismas costas del origen: los expulsados de las plataformas entendieron que la única forma de lidiar con la atención secuestrada de los lectores era devolviéndolos a un espacio que tuviera la privacidad del correo electrónico y la disponibilidad en línea de los antiguos blogs.

Y voilá: llegó Substack.

Este paseo por la genealogía del newsletter hace las veces de testificación de un trabajo cognitivo arduo. Yo abandoné mi modesto predio (https://zakariaszafra.blogspot.com/, donde publicaba poemas, artículos y uno que otro relato) por ahí en 2012, no por la promesa de masificación de las redes sociales, sino por el embrujo del ideal vargasllosiano del escritor comprometido de los años 70, que me persiguió hasta hace quince días (exagero): la creencia de que un verdadero escritor tiene que elaborar sus compromisos intelectuales y cívicos en la hoja impresa de un periódico.

Esa obsesión me hizo deambular por El Impulso, luego Tal Cual, luego El Nacional, luego The Washington Post (sin hablar del paso desafortunado por varios pasquines fugaces cuyas pretensiones aplastaban ferozmente sus limitadas capacidades editoriales), para regresar extenuado a ver mis ruinas digitales doce años después y encontrar que un verdadero escritor es una categoría críptica, propiedad de una crítica literaria en gran medida desaparecida, y que yo empecé a escribir en una época bastante diferente a la del caso Padilla.

Lo que sí se mantiene de aquella excursión por los periódicos (no seré tan cretino para negar que fue un viaje fantástico que volvería a repetir, aunque sin tantos ideales y cobrando más dinero) y de la influencia intelectual de Vargas Llosa (me devoré hace un mes Conversación en Princeton y confirmé lo que siempre he sabido: que el maestro peruano me gusta mucho más como intelectual público que como novelista) es que el lenguaje del poder es un dispositivo artificial que acomoda la realidad a sus fines —a veces solo la deforma, a veces incluso la parodia— y que tenemos el deber de imaginarnos formas cada vez más eficaces de oponernos a él. En el Occidente contemporáneo, y especialmente en Estados Unidos y América Latina, oponerse al poder significa resistir a la burbuja especulativa de la vanidad, la autocomplacencia, el delirio consumista y la vergüenza.

Yo no había querido creer demasiado en la naturaleza totalitaria del capitalismo cibernético hasta que vi en el mismo día una propaganda de un consorcio inmobiliario anunciando la Nueva Era del Caribe Mexicano con “cocina multidimensional, junglas energéticas, tragos cuánticos y criaturas estelares” y un reportaje de un enclave criptocolonial glamoroso en una isla de Honduras (de esto voy a hablar en la próxima entrega de Inteligencia Natural, así que opriman el botón de Suscribirse para recibirla cuando toque). Tenía razón Brodsky cuando dijo que los regímenes totalitarios no vendrían con botas lustrosas y uniformes almidonados, sino en forma de lenguaje. Y yo me atrevería a agregar que ese lenguaje no es solamente verbal, sino económico, tecnológico, estético y cultural, y que puede producir la misma desmoralización y erosión simbólica que sus antepasados políticos.

Uno de sus emisarios más fieles es esa partícula de información devenida entidad maligna a partir de la masificación de ChatGPT: el contenido automatizado. Ya desde hace al menos una década se había difuminado la línea entre consumo, activismo, opinión propia, tribuna oficial e interacción ociosa. Aquella pregunta inofensiva de Facebook y Twitter, “¿que estás pensando?”, disparó un estímulo colectivo que luego se convertiría en avalancha: querer saber y hablar de todo. Durante años convivimos precariamente en una infoesfera contaminada con opiniones peregrinas, reacciones emocionales desmedidas y piezas de desinformación diseñadas para alimentar la eficacia de los anuncios publicitarios.

Hasta que llegó la inteligencia artificial —y específicamente la brecha entre las variantes pro y gratuitas de sus modelos de lenguaje— que transformó toda aquella contaminación en un río de mierda verbal automatizada (algo así como los caudales de espuma tóxica que corrieron hace poco por las calles del Estado de México, originados por el contacto del oxígeno con las partículas de detergente esparcidas en las cloacas agitadas por las lluvias, y que generó lo mismo un espectáculo visual que un problema de salud pública). Si ya el paisaje del contenido digital estaba acercándose a la morfología de un páramo, la chatgptzación del lenguaje lo transformó en una estepa.

Verbigracia:

La dignidad comienza por el tono (Y se pierde con cada bullet point con emojis)

Una lustrosa línea de ChatGPT ejecutada —que no escrita— para definirse a sí misma.

Cosas como esta me hicieron mudar mi entusiasmo inicial hacia la IA primero a una incomodidad, luego a una suerte de picazón existencial. He vigilado muchas veces que no sea el fantasma del Marqués de Vargas Llosa el que esté dictando este rechazo, tras alguna nueva treta del verdadero escritor, ahora angustiado frente las máquinas. He procurado, también, no convertirme en un purista deshonesto, pues quisiera seguir apoyándome en la IA para enfrentar la gélida tarea de crear copys de videos cuya única finalidad es congregarlos a ustedes aquí. Pero fue la horrible uniformidad de los contenidos en redes sociales (desde las líneas “brillantes” de ChatGPT en cada carrusel de Instagram hasta las voces sintéticas que acompañan dos de cada tres videos de TikTok) lo que me arrojó un tufo de barbarie.

Esta entrega es pública, así que si algo te hizo pensar, reír o rabiar, siéntete libre de compartirla.

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Tal vez algunos de ustedes recuerden que este boletín comenzó con un diálogo irónico con la inteligencia artificial. Era enero de 2023 y OpenAI no había tomado todavía las riendas de la fábrica de contenido popular. Se me ocurrió en ese entonces crear una columnista robot, llamada Cory Mandefoy, cuya labor sería acompañar todos mis escritos con una postura artificial “propia”, con el único fin de crear contraste entre el humano y la máquina, y estimular el trabajo intelectual.

Tuve que asesinarla al cabo de los meses. Primero, porque advertí cómo el uso indiscriminado y sin mediación irónica de la inteligencia artificial anulaba el aura performática de mi propuesta; y segundo, porque entendí el significado de actividad intelectual en los términos de Umberto Eco: como la actuación de un espíritu crítico que analiza al mismo tiempo nuestro hacer y sus posibilidades inventivas de mejora. Si ya el erudito italiano había señalado que un intelectual es “alguien que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad” y no necesariamente un catedrático de Filosofía que repite la misma clase sobre Heidegger hasta el cansancio, ¿qué podía quedar para un robot que regurgita millones de frases robadas del archivo de la humanidad? ¿Qué podía quedar para mí si no opongo la creatividad orgánica frente a la barbarie artificial?

Mientras (re)escribía esta entrega, vi en uno de esos podcasts de productividad que abundan en los flujos de contenido de las redes sociales el cumplimiento de la profecía del Internet Muerto: un newsletter diario de Substack redactado por un agente de ChatGPT que recopila y resume las cinco noticias más relevantes del día y entrega un texto pulcramente estructurado que, después de publicado, es enviado a otro agente de ChatGPT que lo convierte en un guion de podcast que luego es leído por una voz clonada en ElevenLabs y distribuido automáticamente a las plataformas de contenido.

Robots escuchando a robots para redactar contenidos que leerán otros robots.

Un hallazgo espeluznante que converge, además, con dos tendencias (en cierta medida contradictorias) cuyas ondas expansivas han venido a parar en el apacible ecosistema de los newsletters:

  1. La llegada masiva de exiliados de X, buscando en la sección de microblogging de Substack (llamada convenientemente Notes) una réplica del modelo dopamínico de interacción del viejo Twitter —aunque bañado de un nuevo ideal de caricias orgánicas y rutinas saludables, opuestas a la chatarra tecnolibertaria en la que Elon Musk convirtió al pájaro azul al someterlo a la servidumbre de sus modelos de lenguaje—, generando una oleada gigantesca de devoción cibernética tipo “algoritmo de Substack conéctame con usuarios lindos a los que les guste esto tanto como yo”, estrés de rendimiento típico de la época medieval de Instagram: “Tengo apenas cinco suscriptores en esta plataforma y no sé qué hacer para obtener más”, y soberbia laboral propia de las Marcas Personales con Dedo Índice en la Barbilla posteando un contenido chatgptzado sin alma que busca ocultar entre sintagmas aforísticos una estrategia de email marketing descarnada.

  2. El retorno del fantasma degollado de la infociudadanía de los primeros 2000 al noble terreno de los boletines por suscripción. Se está diciendo mucho que la época dorada de los blogs está tomando vida otra vez en los newsletters gestionados por seres solitarios que son a la vez creadores, editores y relacionistas públicos de su material, y que esto podría significar tanto un renacimiento del periodismo independiente como una oportunidad fantástica para los ciudadanos curiosos con algo valioso que decir a otros, sin pasar por el tamiz de la estimulación narcisista y los protocolos decadentes del “complejo industrial del contenido”. Desde la caída del RSS (aquella maravilla del paleolítico prepandémico que te permitía seguir las actualizaciones de tus blogs favoritos) no se había dado un entusiasmo colectivo tan marcado sobre un formato lento, exigente y hasta vetusto como el newsletter. Esto a mí me parece encantador y hasta terapéutico en estos tiempos donde lo único que interrumpe el automatismo del consumo digital es otro shot de dopamina descontextualizada.

Hago las veces de algoritmo humano de recomendación para decirte que, si eres un nuevo suscriptor de Inteligencia Natural, quizás te gustaría leer algunas de las piezas más populares de este boletín hasta el momento:

Javier Marías decía que escribir es una forma muy activa de pensar y un acto único de reconocimiento: podemos alcanzar una compresión más profunda de lo que nos pasa leyendo a otros y trayendo nuestras propias experiencias a un ejercicio artesanal de redacción. Algo parecido dijo Mark Fisher, uno de los Santos Patronos de este boletín y autor de K-punk, un sitio arquetípico de la época dorada de los blogs que ha logrado lo que cualquier archivo digital de pensamiento podría aspirar al paso de las décadas: leerse como un libro: «No hay nada que te haga tan consciente del público para el que escribes como los blogs». Hay algo que jamás pudieron emular las publicaciones en papel —y, desde luego, tampoco los desalmados agentes de IA— y es esa aventura de estar escribiendo una carta viva, editable, incluso despublicable para alguien que está al otro lado del mar de datos y bits.

Creo que todos, de modos más o menos conscientes, intuimos que el modelo de creación y consumo de contenidos está entrando en una fase decadente, desgastante y literalmente artificial. No hace falta ser un iluminado para advertir que la saturación de la esfera digital ha convertido el contenido en una categoría esquiva, muy difícil de insertar en un hábito consciente de interacción que no termine erosionando la salud mental frente al terrorismo de las métricas ni aniquilando la percepción y sus impulsos interpretativos en la furia algorítmica de las plataformas.

Si ya el despojo simbólico, la pobreza de la imaginación, la parálisis del deseo y el secuestro de la atención se habían sumado al repertorio de batallas feroces que llevábamos tiempo librando en los terrenos de la economía y la política, ahora es posible ver en la automatización del lenguaje a un nuevo enemigo. Después de que Grok (la inteligencia artificial de X) se convirtiera en un residuo robotizado de Hitler, me pregunto si acaso la IA de 2025 no es la materialización de ese “antilenguaje que aniquila la verdad y el significado en un plano trascendente” que George Steiner advirtió en el verbo del nazismo, destinado a colisionar con la palabra y de ahí con el sentido, la cultura, la elocuencia, incluso la fe dialogante con el misterio.

“Nuestro discurso erótico o sexual más íntimo, nuestros balbuceos, tanto los infantiles como los privados, por muy personales que sean, inspirados por fantasmas privados y clandestinos son lamentablemente públicos; millones han dicho exactamente lo mismo antes que nosotros. Los suspiros del éxtasis compartido son como un canto coral”, dice Steiner en Gramáticas de la creación. Se refiere, entre otras cosas, al choque físico que todos los humanos tendremos alguna vez con el lenguaje, al vernos en la terrible necesidad de articular nuestras experiencias y definir nuestros abismos con el uso de una moneda devaluada, “prestada en una inmemorial circulación”: las palabras. ¿Acaso ese canto coral puede pertenecer a las interfaces que reproducen simulacros lingüísticos con cálculos matemáticos? ¿Podríamos decir que la chatgptzación del lenguaje es una nueva arremetida contra el núcleo vital de las entidades biográficas?

La premisa de arranque de Inteligencia Natural, para entonces una canalización editorial de ciertas inquietudes, terminó por convertirse en una extensión de mi credo personal: ahora apuesto más que nunca por la plasticidad del pensamiento humano, por las terminaciones insondables del deseo, por la heterogeneidad barroca que ha querido aplanar la tecnoutopía robotizada y la escalada demencial de la política identitaria. Creo en la singularidad de la escritura “orgánica”, con todas sus torpezas y desvíos, como la herramienta más valiosa que tenemos para adueñarnos de una perspectiva propia y afinar la posición subjetiva frente al infierno de estímulos que nos rodean. Creo, también, en la escritura puesta en acto para publicarse (los newsletters, por ejemplo) como un bello trabajo de poda y arado de un terreno mental generalmente lleno de brotes de ingenio subdesarrollado, prejuicios elegantes y estrecheces de mira con sabor “controversial”.

La primera campaña de mercadeo por email de la historia se envió el 3 de mayo de 1978, cuando Gary Thuerk, empleado de Digital Equipment Corporation (DEC), envió un correo electrónico masivo a 393 destinatarios de ARPANET, la red experimental creada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos durante la Guerra Fría y que precedió al internet que conocemos hoy. Este correo atrevido contenía un mensaje promocional de los nuevos ordenadores DECSYSTEM-20 (una computadora que parece una estantería metálica rescatada del cuarto de archivos de una escuela pública) y es todavía recordado por dos cosas: significó el nacimiento de la disciplina comercial del email marketing y estableció el precedente de los correos electrónicos no deseados (el Libro Guinness de los Récords lo reconoce oficialmente como “el spam más antiguo del mundo”).

Más o menos en esta misma época, en las llanuras tropicales de África Occidental, aparecieron las primeras cartas nigerianas: misivas enviadas por correo postal y firmadas por supuestos funcionarios y príncipes en aprietos que prometían jugosas recompensas a los destinatarios a cambio de ayuda para cubrir gastos legales y fiscales indispensables para expatriar sumas importantes de dinero. Para lograr sus objetivos, aquellos estafadores debían no solo asumir tareas artesanales de falsificación y reproducción, sino pasar una dura prueba literaria: construir un personaje convincente a partir de un lenguaje protocolar, apelar a la compasión del lector con estrategias retóricas clásicas y al mismo tiempo extrañamente atrevidas, inventar una historia con tensiones capaces de explotar emociones universales y encubrir una astucia psicológica de poca monta en un aparato argumental persuasivo y resistente a las demandas de la razón.

Recordemos que no existía nada parecido a una plantilla automática ni a un banco de prompts: el estafador debía hacerse escritor para tener éxito en su trampa. Tampoco había llegado el papel térmico del fax ni el copia/pega de los procesadores de palabras, de modo que cada carta suponía un esfuerzo manual y, si se quiere, un ejercicio iterativo de creatividad. Es probable que la historia de los delitos no vuelva a registrar un diálogo parecido entre delincuencia y creación literaria, y que el phishing, el smishing y el vishing no repliquen jamás el ingenio y la comprensión visceral de la condición humana que tenían aquellos “narradores sospechosos”.

Ya para el año 2000, cuando el correo electrónico aterrizó en los hogares del mundo, una nueva generación de autores de cartas fraudulentas —mayoritariamente jóvenes desempleados de Nigeria— pasaría a colegiarse en una especie de cibermafia con tentáculos globales y cierta celebridad subcultural (recibieron un premio Anti-Nobel de Literatura en 2005), llevando la técnica literaria de la estafa a su nivel culminante: en sus plumas los motivos de los cuentos de hadas se mezclaban con eventos globales y las catástrofes mundiales se extendían en rizomas infinitos de fantasía, dando origen a personajes inolvidables como la viuda enferma buscando a quien donarle su fortuna, el astronauta africano varado en el espacio sideral, el empresario petrolero con una oferta de trabajo millonaria, el filántropo romántico que había por fin encontrado a una persona especial al otro lado del mundo (llegué a ver al papá de un amiguito mío recoger del buzón de su edificio un sobre con un cheque por 500,000 dólares, emitido a su nombre por un supuesto banco australiano, y luego esconderse avergonzado en partidas infinitas de Solitario Spider al darse cuenta de que aquella réplica perfecta de papel bancario le había costado el equivalente a una caja de 12 botellas de Old Parr).

Aquel spam originario de Gary Thuerk (que trajo 12 millones de dólares en ventas a la empresa y una avalancha de quejas de los destinatarios de ARPANET) y aquellas cartas electrónicas cuidadosamente redactadas desde un cibercafé de Nigeria que desestabilizaron más de una economía familiar, podrían devolvernos preguntas éticas y estéticas muy pertinentes en torno a la avalancha de correos no deseados de Kavak, BestDay y Despegar.com (apuesto lo que sea a que son engendros de la ingeniería del prompt) o frente al fraude silencioso de los newsletters artificiales que devalúan la belleza del pensamiento humano con su antilenguaje de precisión fascistoide: ¿cómo establecer alguna comunicación significativa detrás de la gruesa membrana comercial que envuelve todas nuestras interacciones, ahora robotizadas? ¿Será que llegaremos a extrañar aquellos elaborados mensajes de viudas de Sudáfrica, con diez millones de dólares disponibles en herencia a cambio de compañía y cuidados cálidos, solo porque había detrás una persona de carne y hueso tallando con sus dedos una verdadera narrativa?

Una pieza vintage de la Enciclopedia de Kaspersky.

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Read the original on inteligencianatural.substack.com

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